Part 5: Una misteriosa mujer idéntica a Elena le revela una oscura verdad sobre su pasado y su hijo justo antes de que el tren descarrile en un mortífero enfrentamiento
El impacto de aquellas palabras dejó a Elena sin aliento, como si el aire del vagón se hubiera vuelto veneno puro. Miró fijamente a la mujer que tenía enfrente, buscando desesperadamente en sus rasgos un rastro de falsedad, una grieta en aquella afirmación descabellada. Sin embargo, los pómulos marcados, la curva del labio superior y la forma de sus ojos eran un reflejo impecable y terrorífico de los suyos. A su lado, Marcos no se movió; la pistola en su mano permanecía firme, apuntando al pecho de la desconocida, pero su silencio resultaba cómplice, helado, confirmando la pesadilla. El niño respiraba de forma pausada sobre las rodillas de la mujer, ajeno al abismo que acababa de abrirse a sus pies.
«No… eso es imposible», murmuró Elena, dando un paso atrás hasta que su espalda chocó contra el marco metálico de la puerta. «¡Yo lo crié! Sé quién soy, conozco cada día de su vida… ¡es mi hijo!». La mujer dejó escapar una risa corta, desprovista de emoción, y acarició el cabello del pequeño con una ternura artificial que hizo que a Elena se le erizara la piel. «Le diste cinco años de tu vida a una mentira perfecta, Clara», replicó la mujer, enfatizando aquel nombre que resonaba como un latigazo. «No lo criaste por amor; lo ocultaste aquí porque era el único lugar del mundo donde la corporación no buscaría la muestra biológica. Y cuando te diste cuenta de que la policía internacional nos pisaba los talones, fuiste tú quien redactó el protocolo de eliminación. Tú misma firmaste esa orden antes de borrarte la memoria para sobrevivir al interrogatorio».
Antes de que Elena pudiera articular otra palabra, el sonido sordo de un disparo con silenciador rasgó la penumbra del vagón. El hombre armado a la izquierda de la mujer cayó desplomado sobre el moqueteado del suelo. Elena ahogó un grito y se cubrió la cabeza mientras Marcos avanzaba dos pasos rápidos, manteniendo el arma alineada con la cabeza del segundo escolta. Sin embargo, la mujer ni siquiera se inmutó por la muerte de su guardia; se limitó a cruzar las piernas con elegancia, sin apartar los ojos de Elena. «Siempre tan impulsivo, Marcos», susurró ella con desdén. «Pero sabes muy bien que si presionas ese gatillo una vez más, el sensor cardíaco que llevo en la muñeca activará la carga explosiva colocada en los ejes de este vagón. Volaremos todos en pedazos antes de cruzar el próximo viaducto».
Marcos detuvo el dedo en el disparador, apretando la mandíbula hasta que las venas de su cuello se marcaron con fuerza. La tensión en el habitáculo se volvió insoportable, dominada únicamente por el traqueteo rítmico y acelerado del tren cortando el viento de la montaña. Elena miró a Marcos y luego a la mujer que decía ser su hermana. Los recuerdos fragmentados comenzaron a arder en su mente: un laboratorio esterilizado, la luz blanca fluorescente, tubos de ensayo marcados con una cifra roja y la voz de esa misma mujer gritándole al otro lado de un cristal reforzado. La cabeza le dolía horriblemente, como si mil agujas le taladraran el cráneo.
«Demuéstralo», exigió Elena con la voz quebrada, dando un paso hacia adelante a pesar del peligro. «Si dices la verdad, si fui yo quien ideó todo esto… demuéstramelo ahora mismo». La mujer sonrió de nuevo, inclinándose levemente hacia la pequeña mesa auxiliar que tenía a su costado. Con un movimiento deliberado, apartó un paño de terciopelo y dejó al descubierto un maletín de metal blindado. Al presionar el panel digital, una pantalla holográfica proyectó un archivo de vídeo fechado cinco años atrás. En la imagen aparecía la propia Elena, con el rostro pálido y la mirada fría, vistiendo una bata de laboratorio y hablando directamente a la cámara sin un solo rasgo de piedad.
«Si estás viendo esto, significa que el bloqueo neural ha fallado y has vuelto a recordar», decía la Elena del vídeo con una voz calculadora que la Elena del presente jamás reconoció como propia. «No intentes salvar al sujeto. El niño no es humano; es el huésped del patógeno sintético. Si permites que llegue a la frontera, la infección acabará con millones. Mata al objetivo y destruye el laboratorio antes de que ellos te encuentren». El vídeo se cortó en seco, dejando el vagón en un silencio sepulcral. Elena sintió que las piernas le fallaban; se sujetó del asiento adyacente mientras las lágrimas quemaban sus mejillas. Todo su instinto materno, cada recuerdo de afecto, se tambaleaba al borde de una revelación monstruosa.
«¿Lo ves ahora?», dijo la mujer, levantándose despacio con el niño inconsciente en brazos. «Nunca fuiste una víctima, hermana. Fuiste el monstruo que diseñó este infierno». Pero cuando la mujer se dispuso a entregarle el pequeño a su único guardia superviviente, el tren dio un bandazo violento al entrar en un túnel oscuro. Los frenos de emergencia chirriaron con un estruendo ensordecedor que lanzó a todos contra las paredes. En medio de la negrura casi absoluta, destellos de chispas iluminaron el compartimento mientras el convoy comenzaba a descarrilar.
Elena salió despedida hacia adelante, impactando duramente contra el suelo. En el caos de metal retorcido y gritos, logró arrastrarse hacia el cuerpo del niño, agarrándolo por la chaqueta justo cuando la puerta lateral del vagón saltaba por el impacto. Marcos disparó en la oscuridad, y el destello de la detonación reveló la figura del anciano que la había abordado en la terraza, parado en el umbral del vagón en llamas, flanqueado por tres hombres armados. El anciano no miraba a la hermana de Elena ni a Marcos; su mirada fija y obsesiva estaba clavada directamente en Elena.
«Llegó el momento de regresar a casa, Clara», exclamó el anciano por encima del estruendo del metal despedazándose. «Tu hermana te mintió sobre el vídeo, pero Marcos te mintió sobre todo lo demás. El niño no lleva el virus… tú eres el virus, y este tren nunca llevó pasajeros». En ese instante, el suelo del vagón se fracturó por la mitad, dejando ver el abismo del precipicio sobre el que cruzaba el viaducto. Elena quedó colgada de una viga de hierro con una sola mano, sosteniendo al niño con la otra, mientras vio cómo el anciano sacaba un detona-dor de su bolsillo y la miraba con una sonrisa gélida.