Parte 5։ Elena descubre oscuros experimentos de clonación y secretos familiares en un laboratorio subterráneo antes de arrojarse al mar para huir de sus captores
El aire en el laboratorio subterráneo se volvió denso y helado en cuestión de instantes. Elena sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas mientras miraba fijamente el rostro de la mujer que tenía enfrente: era la misma fisonomía, el mismo lunar junto a la comisura de los labios y la misma mirada penetrante que había visto durante años en el retrato familiar colgado sobre la chimenea de su casa.
—Mamá… —susurró Elena, dando un paso vacilante hacia atrás mientras sus dedos rozaban el cristal del contenedor donde reposaba su propio doble.
—No te acerques a ella, Elena —advirtió Alejandro con un hilo de voz, colocándose bruscamente delante de la joven y extendiendo los brazos como un escudo humano—. Ella no es tu madre. Valeria murió en el hospital central hace doce años. Yo mismo firmé su acta de defunción.
La mujer del traje blanco dejó escapar una risa suave y melódica que envió un escalofrío por la espina dorsal de Elena. Levantó el dispositivo táctil, en cuya pantalla los dígitos rojos marcaban únicamente tres segundos.
—Qué ingenuo has sido siempre, Alejandro —dijo ella, presionando un botón central justo cuando la cuenta atrás llegó a cero.
Un zumbido de alta frecuencia retumbó en las paredes de hormigón. De inmediato, el líquido verdoso de la cápsula junto a Elena comenzó a ser succionado por unos conductos inferiores a una velocidad aterradora. El cuerpo sumergido dentro del cristal abrió los ojos de golpe; unas pupilas enteramente doradas y sin iris se fijaron directamente en los ojos de Elena. La criatura comenzó a golpear el vidrio reforzado con una fuerza descomunal, agrietando la superficie con nudillos sangrientos.
—¡Tenemos que salir de aquí ya! —gritó Alejandro, sujetando a Elena del hombro y empujándola hacia el pasillo lateral que bordeaba las demás cápsulas.
Elena echó a correr, sintiendo cómo los impactos del cristal rompiéndose resonaban a sus espaldas junto con el sonido implacable de los taconazos de aquella mujer, quien los seguía a un paso pausado pero constante. A medida que avanzaban por el corredor iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban en un tono rojizo, Elena advirtió que cada una de las doce cápsulas albergaba un cuerpo. Pero no eran copias de ella: eran duplicados exactos de su padre, de diferentes edades, alineados sistemáticamente desde la juventud hasta la vejez.
—Papá, ¿qué es este lugar? ¡Míralos! —exclamó Elena, deteniéndose bruscamente frente a un contenedor donde un hombre idéntico a Alejandro, pero de no más de treinta años, permanecía inmóvil.
Alejandro se quedó paralizado, contemplando la cápsula con los ojos desorbitados por la incredulidad y el horror. Se llevó las manos a la cabeza, presionándose las sienes como si un dolor insoportable lo estuviera atenazando por dentro.
—No… no es posible —balbuceó Alejandro, retrocediendo tropezando con sus propios pies—. Mis recuerdos… el accidente de auto… la clínica donde trabajaba… todo era…
—Todo fue programado, mi querido Alejandro —interrumpió la voz de la mujer, que ahora resonaba a través de los altavoces instalados en el techo del laboratorio—. Nunca fuiste un neurocirujano eminente. Fuiste el sujeto de pruebas número cuatro, diseñado específicamente para mantener viva y estabilizada a la verdadera heredera del proyecto.
Un chasquido metálico resonó al final del pasillo. Las puertas blindadas de la salida de emergencia se sellaron de golpe con un estruendo pesado, dejando a padre e hija atrapados en el estrecho pasillo entre los contenedores. A escasos metros de ellos, el cristal de la primera cápsula terminó de destrozarse por completo, proyectando fragmentos afilados por el suelo mientras la figura idéntica a Elena salía de su encierro, arrastrándose con movimientos desarticulados y violentos sobre el hormigón mojado.
Elena buscó desesperadamente una vía de escape, cuando sus ojos se fijaron en la parte posterior de la llave de hierro que aún apretaba en su mano. Al recibir la luz roja de emergencia, el metal comenzó a transparentarse, revelando un diminuto chip de cristal integrado en el centro del eje. Instintivamente, dirigió la mirada hacia el panel de mantenimiento situado en el muro a su derecha, donde una ranura delgada emitía un tenue parpadeo azul.
—¡Cubreme, papá! —gritó Elena, lanzándose hacia el panel sin esperar respuesta.
Alejandro, reaccionando por puro instinto paterno, se abalanzó sobre la copia desorientada que se aproximaba a gran velocidad, derribándola contra el suelo en una lucha feroz. Elena introdujo el extremo transparente de la llave en la pequeña ranura azul. El panel emitió un tono agudo y una pequeña compuerta secreta se abrió en la pared de piedra, revelando un túnel de ventilación estrecho y oscuro por el que fluía una corriente de aire con olor a salitre y mar.
—¡Entra, Elena! ¡Ahora! —ordenó Alejandro mientras intentaba mantener inmovilizada a la criatura que rugía con una voz distorsionada e inhumana.
Elena se arrastró rápidamente por el conducto de metal, mirando hacia atrás para extenderle la mano a su padre. Alejandro logró soltarse del agarre de la criatura y se introdujo en el túnel justo cuando la mujer del traje blanco alcanzaba la entrada, sosteniendo una pequeña arma de aire comprimido. Un dardo metálico se impactó con fuerza en el muslo derecho de Alejandro justo antes de que Elena jalara la palanca interna que cerró la escotilla de acero con un golpe seco.
A oscuras y guiados únicamente por la inclinación ascendente del conducto, avanzaron a rastras durante lo que parecieron minutos eternos. El aire se volvía cada vez más frío y el sonido del oleaje romper contra las rocas crecía en intensidad. Finalmente, el túnel desembocó en una cueva natural abierta al acantilado, a solo un par de metros sobre el nivel del embravecido océano.
Elena ayudó a su padre a salir a la cornisa de piedra. Alejandro respiraba con extrema dificultad; la piel alrededor de la herida del dardo había comenzado a tornarse de un color violáceo oscuro y sus pupilas se dilataban a un ritmo alarmante.
—Papá, aguanta, por favor —suplicó Elena con lágrimas en los ojos, arrancando un pedazo de su propia tela para presionar la herida.
—Escúchame… Elena… —articuló Alejandro con la voz rasposa, sujetándole la muñeca con una fuerza agonizante—. En mi bolsillo interior… hay un microfilme… La mujer que vimos… no busca destruirte… busca recuperar lo que introduje en tu espina dorsal durante la operación…
Alejandro no pudo terminar la frase. Un temblor violento sacudió la pared de la cueva y la entrada por la que habían salido saltó en pedazos por una carga explosiva. Entre la nube de polvo y escombros, no apareció la mujer de traje blanco, sino un grupo de tres hombres armados con trajes tácticos negros y visores nocturnos.
—Sujeto principal localizado —dijo el líder del grupo a través de un comunicador en su casco, apuntando directamente al pecho de Elena con un rifle de asalto—. Procedan a la extracción inmediata. El doctor ya no es necesario.
Uno de los soldados presionó el gatillo de su arma secundaria. Un proyectil elétrico impactó de lleno en el pecho de Alejandro, lanzando su cuerpo inerte por encima del borde de la cornisa directo hacia las rocas y el mar embravecido que rugía decenas de metros más abajo.
—¡NO! —gritó Elena en un alarido desgarrador.
Antes de que los hombres pudieran sujetarla, Elena miró la llave de hierro que aún sostenía, sintiendo una vibración súbita en la base de su cuello. Una descarga de adrenalina y un calor ardiente recorrieron nuevamente sus piernas, otorgándole una fuerza que jamás había experimentado. Sin dudarlo un solo segundo, se dio la vuelta y se arrojó al vacío detrás de su padre, cayendo en la oscuridad de la noche hacia las aguas heladas.