Parte 5: Caos, mutaciones y un oscuro secreto sobre clones desencadenan un colapso mortal que arroja a los supervivientes a un foso sumergido

Parte 5: Caos, mutaciones y un oscuro secreto sobre clones desencadenan un colapso mortal que arroja a los supervivientes a un foso sumergido

 Parte 5: Caos, mutaciones y un oscuro secreto sobre clones desencadenan un colapso mortal que arroja a los supervivientes a un foso sumergido

El grito del médico se ahogó en un borboteo espeso antes de que su cuerpo fuera arrojado violentamente contra la pantalla de control, fracturando el cristal en mil pedazos luminosos. La criatura que hasta hacía unos segundos yacía moribunda se erigió con una agilidad inhumana, expandiendo su tórax en un ángulo antinatural mientras las venas fosforescentes de su cuello estallaban en chispas de luz dorada. El chico de la mezclilla no esperó al disparo; se arrojó hacia un lado justo cuando el silenciador de la mujer dejó escapar un chasquido ahogado que perforó la chapa metálica a centímetros de su oído.

—¡A la salida! —bramó el hombre de la verde oliva, lanzando la llave de acero directamente a la cabeza de la supervisora para obligarla a cubrirse.

La chica del corte bob agarró la mochila del médico caído y corrió hacia la puerta metálica que terminaba de alzarse, pero al cruzar el umbral la luz de un relámpago ilumino la cara del hombre bajo la lluvia. No solo tenía la misma cara del abuelo: llevaba colgado al cuello el mismo reloj de bolsillo con el grabado familiar que el muchacho guardaba en su propio bolsillo interior. El impostor bajo la lluvia presionó el botón del detonador con una calma aterradora, y una serie de explosiones subterráneas retumbaron bajo sus pies, colapsando el suelo del atrio en un abismo de cascotes y cables incandescentes.

El suelo cedió. La mujer de la gabardina perdió el equilibrio y cayó de espaldas hacia el vacío, pero antes de precipitarse disparó dos veces a ciegas; uno de los proyectiles rasgó el brazo del chico de la mezclilla, obligándolo a soltarse del borde del suelo fracturado. El muchacho rodó por el plano inclinado de hormigón hasta quedar colgado de un entramado de varillas de hierro a diez metros de altura, sobre un foso lleno de líquido azulado donde flotaban docenas de cápsulas de incubación idénticas.

A su lado, jadeando entre las sombras de la estructura colapsada, la chica del bob intentaba detener la hemorragia de su propio muslo con un fragmento de tela desgarrada.

—Ese hombre fuera… —susurró ella con voz temblorosa, mirando hacia la grieta por donde caía la lluvia—. Lo conozco. Aparecía en las fotos del expediente de 1988 junto a mi madre. Se supone que murió en el incendio de la instalación central.

—No murió —respondió el joven apretando los dientes mientras usaba su cinto para torniquetearse el brazo—. Y la cosa que nos atacó arriba tampoco era un simple monstruo. Tenía el mismo mapa genético que yo… vi las marcas en su muñeca antes de que me atacara.

Un crujido de metal doblado resonó por encima de ellos. La criatura de obsidiana no había caído al foso; descendía verticalmente por la pared de hormigón usando sus extremidades alargadas como garfios, dejando un rastro de sustancia corrosiva a su paso. Pero lo que congeló la sangre del chico no fue la monstruosidad que los perseguía, sino el sonido que comenzó a emitir la criatura desde su garganta destrozada: era una melodía de cuna, la misma que su abuelo le cantaba cada noche durante su infancia.

—¿S-Sebastián? —articuló el monstruo con una voz gutural, distorsionada pero inconfundible, mientras se detuvo a tres metros de distancia.

La chica del bob ahogó un chillido y levantó una linterna táctica, iluminando el rostro de la bestia. La piel sintética se había desprendido parcialmente, dejando al descubierto no solo circuitos y fibra muscular artificial, sino también una placa de titanio incrustada en el cráneo con un número de serie pulido: PROTOTIPO 01 — PROYECTO LINAJE.

—No nos está cazando —dijo el chico de la mezclilla en un susurro cargado de horror, dando un paso cauteloso hacia el borde del abismo—. Nos está reconociendo. La orden de matar no venía de él.

Antes de que la chica pudiera responder, una ráfaga de disparos automáticos resonó desde la pasarela superior. El hombre de la verde oliva apareció en lo alto, sosteniendo el fusil de uno de los guardias caídos, descargando el cargador completo contra la espalda de la criatura. El monstruo emitió un alarido ensordecedor y cayó al vacío, impactando contra una de las cápsulas de vidrio del fondo, la cual se rompió liberando un denso vapor carmesí que comenzó a ascender rápidamente por el pozo.

—¡Suban ahora mismo! —gritó el hombre de la verde oliva desde arriba, arrojando una cuerda de rescate—. ¡Ese gas no es neurotóxico, es un acelerador metabólico! ¡Si respiran una sola bocanada, sus cuerpos empezarás a mutar en minutos!

El chico ayudó a la chica a engancharse primero al arnés improvisado. Mientras la vio ascender, el joven echó un vistazo hacia el líquido rojo que se expandía en el fondo. A través del cristal roto de la cápsula destruida, la sustancia carmesí no estaba matando a la criatura; al contrario, sus heridas se cerraban a una velocidad grotesca mientras su tamaño aumentaba. Pero lo que hizo que al chico se le detuviera el corazón fue ver lo que había dentro de las otras treinta cápsulas sumergidas: decenas de cuerpos idénticos al suyo, flotando en estado de estasis, todos portando la misma cicatriz en forma de cruz sobre el pecho.

Un chasquido metálico resonó justo a su espalda.

El chico se giró despacio para encontrarse con la mujer de la gabardina, ensangrentada pero viva, apoyada contra una columna de soporte. En su mano izquierda sostenía una jeringa con un líquido dorado brillante, y en la derecha, una grabadora de cinta que comenzó a reproducir la voz del abuelo grabada años atrás: «Si estás escuchando esto, Sebastián, significa que has descubierto la verdad sobre los clones. Pero para cuando leas esto, ya habrás ingerido el catalizador.»

La mujer sonrió con una mueca macabra y clavó la jeringa directamente en su propio cuello, vaciando el contenido dorado antes de que el chico pudiera reaccionar. Sus ojos se volvieron instantáneamente de un blanco cegador y sus huesos comenzaron a chasquear mientras se reconfiguraban a una velocidad espeluznante.

—Tú no eres el heredero, Sebastián —dijo la mujer con una voz doble, resonante, mientras su cuerpo comenzaba a rasgar la gabardina—. Tú solo eras el recipiente para transportar la muestra hasta aquí.

La pasarela donde estaban de pie cedió por completo bajo el repentino aumento de peso de la mujer mutada, arrojándolos a ambos al fondo del foso carmesí.

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