Part 4: Elena y su padre huyen hacia un laboratorio subterráneo tras recibir una oscura amenaza y descubren que el accidente del pasado oculta clones y secretos mortales sobre su verdadera identidad
—Tienes diez minutos para llegar al faro abandonado, o el verdadero secreto sobre el accidente saldrá a la luz pública —continuó la voz al otro lado del teléfono, cortándose abruptamente con un chasquido seco que dejó el ambiente envuelto en un zumbido ensordecedor.
Elena contempló a su padre mientras este apretaba el dispositivo con tanta fuerza que las nudillos se le tornaron completamente blancos. La respiración del hombre era rápida y entrecortada, y en sus ojos se reflejaba un pánico que la joven nunca antes había presenciado en él. Sin emitir una sola palabra, Alejandro la tomó del brazo con una brusquedad desesperada y la arrastró hacia las puertas traseras del invernadero, esquivando a los invitados que permanecían inmóviles, paralizados en posturas grotescas como estatuas de sal.
Al salir a la explanada exterior, el viento helado del acantilado les azotó el rostro. La niebla descendía velozmente desde las colinas, tragándose los jardines y cubriendo los vehículos estacionados con un manto espeso y grisáceo. Elena sintió que sus piernas, milagrosamente recuperadas apenas unos minutos atrás, respondían con una precisión sobrehumana, corriendo al ritmo de su padre sin mostrar el más mínimo signo de fatiga o debilidad.
—Papá, ¿de quién era esa voz? ¿Qué tiene que ver esa llave con lo que me pasó? —exigió Elena, deteniéndose en seco junto al todoterreno negro aparcado en el acceso de servicio.
Alejandro no respondió de inmediato. Abrió la puerta del conductor con mano temblorosa y sacó del compartimento secreto de la consola central un cuaderno de cuero ajado, envuelto en una fina cinta de seda dorada idéntica a la que sujetaba la llave. Al abrirlo, Elena ahogó un grito: las páginas estaban llenas de anotaciones detalladas sobre su propia anatomía, diagramas del sistema nervioso y fechas que se remontaban a tres años antes del supuesto accidente de coche.
—No fue un accidente, Elena —susurró Alejandro, mirando fijamente la niebla que se cerraba violentamente sobre ellos—. Tú nunca quedaste paralítica por una caída. La cirugía que te salvó la vida no la realicé yo… y las personas que te reconstruyeron han venido a cobrar su deuda.
Un crujido metálico resonó justo encima de sus cabezas. Elena alzó la vista y vio cómo el gran ventanal superior de la residencia principal se fracturaba en mil pedazos, proyectando una lluvia de cristales sobre el patio. Desde la penumbra de la estancia superior, una figura alta y delgada revestida con un uniforme quirúrgico impecable sostenía un detonador remoto. Antes de que pudieran reaccionar, una explosión ensordecedora retumbó en la base del acantilado, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies y provocando que el terreno donde pisaban comenzara a ceder hacia el vacío del mar.
—¡Sube al coche ahora mismo! —gritó Alejandro, empujándola hacia el asiento del copiloto mientras el motor rugía con fuerza.
El vehículo aceleró a toda velocidad por el camino de grava, esquivando las rocas que comenzaban a desprenderse de la ladera. Elena apretó la llave de hierro contra su pecho, sintiendo cómo el metal emitía un calor progresivo que comenzaba a quemarle la palma de la mano. Al mirar por el espejo retrovisor, vio cómo la niebla cobraba una forma densa y casi sólida, persiguiendo al todoterreno a una velocidad imposible, devorando la carretera a su paso.
Apenas dos kilómetros más adelante, las luces del viejo faro surgieron entre la penumbra como un ojo rojo y parpadeante. Alejandro derrapó sobre la hierba húmeda y detuvo el coche a escasos metros de la entrada de madera podrida. Sin dudarlo, descendieron y se precipitaron hacia el interior del edificio, atrancando la pesada puerta justo cuando una fuerza descomunal impactaba contra el exterior, haciendo estremecer toda la estructura de piedra.
En el centro de la rotonda inferior del faro no había una escalera para subir a la torre, sino un ascensor industrial moderno, construido con acero pulido y paneles digitales que contrastaban grotescamente con los muros decrépitos del lugar. Sobre el panel de control no había botones de pisos, sino una única cerradura rectangular que coincidía exactamente con el diseño de la llave que Elena llevaba en la mano.
—No podemos volver atrás —dijo Alejandro, limpiándose la sangre que brotaba de un corte en su frente—. Pon la llave.
Elena introdujo el metal en la ranura. Un mecanismo hidráulico resonó profundamente en las entrañas de la tierra y las puertas correderas del ascensor se cerraron de golpe, sumiéndolos en una penumbra absoluta mientras la cabina comenzaba a descender a una velocidad vertiginosa hacia las profundidades del acantilado.
Tras varios segundos de caída libre, la plataforma se detuvo bruscamente. Las puertas se abrieron para revelar un vasto laboratorio subterráneo iluminado por luces fluorescentes parpadeantes. A lo largo de la pared principal, alineadas en perfecta simetría, se encontraban doce cápsulas de cristal llenas de un líquido verdoso.
Elena avanzó instintivamente hacia la cápsula más cercana, con el corazón batiendo desbocado contra sus costillas. Al limpiar el vapor acumulado en la superficie del cristal, la joven retrocedió horrorizada, dejando escapar un alarido de puro terror: dentro del contenedor yacía un cuerpo idéntico al suyo, sumergido y conectado a decenas de mangueras, luciendo exactamente la misma cicatriz en la columna vertebral que ella acababa de sentir desaparecer.
Antes de que Alejandro pudiera alcanzarla, una compuerta blindada al fondo del laboratorio se abrió de par en par. Desde la penumbra emergió una mujer vestida con un elegante traje blanco, cuyos pasos taconados resonaban fríamente sobre el suelo de hormigón. Tenía el mismo rostro que la madre de Elena, la misma mujer que Alejandro había enterrado hacía más de una década.
—Llegas tarde a la prueba final, Elena —dijo la mujer con una sonrisa helada, mostrando un dispositivo táctil donde una cuenta atrás marcaba apenas diez segundos—. Es hora de que descubras cuál de las dos es la versión original.