Parte 4։ Elena enfrenta revelaciones devastadoras sobre su pasado manipulado mientras intenta rescatar a su hijo secuestrado a bordo de un tren en marcha
El impacto de aquellas palabras resonó en la mente de Elena con la violencia de una detonación. ¿Clara? ¿Verdadera familia? La conmoción la dejó paralizada durante un instante eterno mientras el todoterreno aceleraba con un rugido ensordecedor, quemando caucho sobre la calzada y desapareciendo tras la curva de la carretera litoral antes de que nadie pudiera reaccionar. Elena se incorporó como pudo, ignorando el dolor agudo en la muñeca y el escozor de la piel lacerada. Miró a su alrededor: la terraza estaba arrasada, los dos agentes yacían inconscientes sobre el suelo y el murmullo de las sirenas lejanas comenzaba a rasgar el aire de la ciudad. Agarró el teléfono con dedos temblorosos y volvió a leer el mensaje. El número de origen no mostraba dígitos, solo una cadena de símbolos encriptados. Se llevó la mano al pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón mientras el peso de un pasado fragmentado amenazaba con aplastarla. No había tiempo para procesar el nombre con el que el anciano la había llamado, ni para cuestionar los recuerdos que comenzaban a agitarse en el fondo de su memoria como sombras amenazantes. Tenía que llegar a esa estación.
Corrió sin mirar atrás, esquivando a los transeúntes que comenzaban a arremolinarse en torno a la escena del ataque. Cada zancada le dolía, pero la imagen de su hijo siendo arrastrado hacia aquel vehículo funcionaba como un motor implacable que sofocaba cualquier rastro de fatiga. Cruzó la avenida principal a toda prisa y se adentró en el laberinto de callejuelas que conducía a la terminal de trenes. Al cruzar el umbral del vestíbulo de la estación, el eco de los altavoces anunciando las salidas retumbó bajo la enorme bóveda de cristal y hierro. Consultó la pantalla gigante de información: el expreso transfronterizo partía en apenas dos minutos desde el ANDÉN 4. Aceleró el paso, esquivando a los viajeros con maletas, cuando de pronto una figura alta y envuelta en una gabardina oscura se interpuso bruscamente en su camino, agarrándola del brazo con una fuerza sobrehumana antes de que pudiera cruzar los torniquetes de acceso.
Elena ahogó un grito y se revolvió instintivamente, lista para luchar por su vida, pero el desconocido tiró de ella hacia el hueco de una columna de piedra, ocultándolos de la vista del público. «Tranquilízate si quieres salir viva de aquí», siseó el hombre con un acento cerrado y profundo. Llevaba el sombrero calado hasta las cejas, pero al levantarse levemente el ala, Elena reconoció los ojos grises y penetrantes que la habían perseguido en sus peores pesadillas durante los últimos cinco años: Marcos, el hombre que ella creía muerto en la explosión del laboratorio de Zúrich. «No deberías haber venido», murmuró él, mirando compulsivamente por encima del hombro hacia la multitud. «Te tendieron una trampa desde el principio. El mensaje no era para ayudarte, era para atraerte al vagón de cola. Están a punto de cerrar el cerco».
Elena se soltó de su agarre con un movimiento brusco, con la mirada ardiendo en rabia y desconfianza. «¡Te vi morir! ¡Vi cómo explotaba todo!», le espetó en un susurro lleno de veneno, mientras las lágrimas volvían a agolparse en sus ojos. «¡Se han llevado a mi hijo, Marcos! ¡El anciano me llamó Clara! ¿De qué demonios estáis hablando? ¡Dime la verdad de una vez!». Marcos se pasó una mano temblorosa por la cara y soltó un suspiro amargo, mostrando por primera vez una grieta en su fachada de acero. «Ese niño no es quien tú crees, Elena… o Clara, o como quieras llamarte ahora», dijo acercándose a su oído para que nadie más escuchara. «La memoria que te implantaron hace cinco años comenzó a fallar el mes pasado. El anciano no quiere al niño para chantajearte; ese niño es el único contenedor compatible con el suero original que tú misma creaste antes de traicionarnos a todos».
Un escalofrío helado recorrió la columna vertebral de Elena, dejándola sin aliento. Los cimientos de su realidad se desmoronaron en un solo segundo; cada recuerdo de la infancia de su hijo, las noches en vela, los primeros pasos, los abrazos… ¿todo había sido una construcción artificial? ¿Un montaje diseñado para proteger un secreto biológico? Rechazó la idea con ferocidad, negándose a aceptar que su amor maternal fuera fruto de una manipulación. El pitido sordo que anunciaba el cierre inminente de las puertas del tren resonó en la estación. Marcos la tomó del hombro con firmeza. «Si subes a ese tren, no hay marcha atrás. Descubrirás lo que le hiciste a tu verdadera familia para salvar tu propia piel, pero te garantizo que desearás no haber despertado nunca». Sin esperar respuesta, Marcos echó a andar hacia la barrera de control, mostrándole un billete doble.
Elena permaneció inmóvil un segundo, viendo cómo las puertas del exprés comenzaban a deslizarse para cerrarse. El dilema la desgarraba por dentro: confiar en el hombre que la había engañado durante años para llegar hasta su hijo, o huir y preservar la única identidad que le garantizaba la cordura. Pero el rostro aterrorizado del pequeño al ser introducido en el todoterreno se impuso sobre cualquier duda. Corrió tras Marcos, cruzó el control en el último instante y saltó al estribo del vagón justo cuando el convoy iniciaba su marcha, dejando atrás la plataforma. El tren aceleró rápidamente al salir del túnel, adentrándose en el paisaje montañoso que conducía a la frontera.
Marcos la guió en silencio por el pasillo estrecho entre los asientos, avanzando hacia la parte trasera del convoy. El traqueteo de las vías era el único sonido que llenaba el ambiente tenso. Al llegar al último vagón, la puerta corredera estaba entreabierta. Marcos sacó una pistola con silenciador del interior de su chaqueta y le hizo una señal a Elena para que se mantuviera detrás de él. Entraron despacio. El vagón estaba sumido en una penumbra pesada, con las cortinas echadas. En el centro del compartimento, sentado en uno de los sillones de cuero, no estaba el anciano ni el hombre de la cicatriz.
En su lugar, una mujer de unos cincuenta años, elegantemente vestida y con un parecido físico escalofriante con la propia Elena, se giró lentamente hacia ellos sostenida por dos hombres armados. En su regazo descasaba el pequeño, profundamente dormido bajo los efectos de un sedante. La mujer sonrió con una amargura infinita y miró directamente a Elena a los ojos. «Llegas tarde, hermana», dijo la mujer con una voz idéntica a la suya. «Lástima que no recuerdes que fuiste tú misma quien me ordenó matar a este niño si alguna vez despertabas»: