Parte 4: Revelación mortal en el atrio cuando la manipulación de una supervisora encubierta y la activación accidental de un peligroso prototipo desatan el pánico ante una inminente amenaza bajo la tormenta

Parte 4: Revelación mortal en el atrio cuando la manipulación de una supervisora encubierta y la activación accidental de un peligroso prototipo desatan el pánico ante una inminente amenaza bajo la tormenta

 Parte 4: Revelación mortal en el atrio cuando la manipulación de una supervisora encubierta y la activación accidental de un peligroso prototipo desatan el pánico ante una inminente amenaza bajo la tormenta

El chispazo de la placa al chocar contra la obsidiana pareció congelar el aire. El chico de la chaqueta de mezclilla se abalanzó sobre el metal antes de que la marea oscura lo cubriera, atrapándolo a escasos milímetros de los aguijones levantados. Al alzar la mirada, sus ojos se cruzaron con los de la mujer de la gabardina, descubriendo una sombra de alivio calculador en su cara antes de que ella fingiera pánico.

—No eres una víctima —masculló el joven, poniéndose en pie de un salto mientras la pantalla marcaba sesenta segundos—. Eres la supervisora del proyecto.

El hombre de la bomber verde oliva dio dos pasos rápidos hacia ella, levantando la pesada llave de acero con el rostro desencajado por la rabia. La mujer ni siquiera pestañeo; en lugar de retroceder, deslizó la mano en el reverso de su solapa y presionó un punto ciego. Un chasquido seco resonó en el techo y cuatro compuertas hidráulicas se abrieron arriba, liberando una ráfaga de nitrógeno líquido que congeló al instante a decenas de arácnidos, pero bloqueó la única escalera de evacuación con una pared de hielo denso.

—Si me tocas, morirás ahogado en gas neurotóxico antes de que el contador llegue a cero —dijo ella con una frialdad glacial, mostrando un pequeño cilindro que apretaba entre las falanges.

El médico principal cayó de rodillas junto al anciano, cuyas venas ahora sobresalían en un tono azul verdoso casi fosforescente. Con manos temblorosas, el doctor rasgó la camisa del viejo para aplicar presión, pero lo que encontró debajo lo hizo ahogar un grito: el tórax del abuelo no latía al ritmo de un corazón humano, sino con un pulso triple, síncrono con el parpadeo numérico de la pantalla de la pared.

—Su organismo no está rechazando la infección… la está dirigiendo —susurró el médico, mirando a la mujer con horror—. No nos encerraste para protegernos. Nos encerraste para alimentar la crisálida.

La cuenta regresiva entró en los últimos treinta segundos. La luz roja de emergencia comenzó a girar, bañando el atrio en un carmesí sangriento mientras las paredes de obsidiana crujían bajo una presión neumática invisible. La mujer del corte bob azabache se lanzó hacia el panel de control, golpeando desesperadamente el teclado con una barra de hierro, intentando forzar una anulación manual mientras el llanto le ahogaba la garganta.

—¡El código de la placa no funciona! —gritó la chica entre jadeos—. ¡Pide una firma biométrica de nivel cinco!

El chico de la mezclilla miró la placa, luego la herida del abuelo y finalmente los ojos sin vida del anciano. Un pensamiento cruento cruzó su mente. Agarró la mano inerte del abuelo, cuyas uñas se habían vuelto negras y afiladas como navajas, y corrió hacia la consola de mando justo cuando el temporizador marcaba diez segundos.

—¡Apártate! —ordenó el joven, estampando la palma mutada del anciano directamente sobre el escáner óptico del panel.

El contador se detuvo en tres segundos. Un zumbido ensordecedor recorrió la estructura del edificio, seguido por el sonido de cadenas de acero liberándose en las profundidades de la pared. La puerta metálica principal comenzó a levantarse con lentitud, revelando la tormenta nocturna al otro lado, pero también una figura humana de pie en medio del aguacero, sosteniendo un detonador en la mano derecha.

—Demasiado tarde, sobrino —resonó una voz idéntica a la del abuelo desde la penumbra de la tormenta.

El chico dio un paso atrás, con la garganta seca, mirando de la figura bajo la lluvia al cuerpo que yacía en el sofá. La mujer de la gabardina sonrió con amargura mientras sacaba una pequeña pistola con silenciador de su bolsillo y apuntaba directamente al pecho del muchacho.

—El hombre del sofá nunca fue tu abuelo —susurró ella con el dedo en el disparador—. Era el prototipo. Y tú acabas de activar su secuencia de reinicio.

A sus espaldas, la criatura del sofá abrió los ojos, completamente negros, y una garra de obsidiana atravesó la espalda del médico principal de lado a lado.

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