Parte 2: Un joven destruye el yeso de su abuelo y desata una aterradora plaga de escorpiones ocultos en su interior

Parte 2: Un joven destruye el yeso de su abuelo y desata una aterradora plaga de escorpiones ocultos en su interior

 Parte 2: Un joven destruye el yeso de su abuelo y desata una aterradora plaga de escorpiones ocultos en su interior

El eco de las olas rompiendo contra los acantilados de la brutalista costa parecía el latido sordo de una bestia herida. Afuera, la tormenta filtraba una luz de neón a través de los tragaluces mojados, tiñendo el aire de un verde esmeralda fantasmal. Adentro, en el atrio del penthouse de lujo, el silencio se rompió con la violencia de un trueno.

—¡¿Qué demonios haces, loco?! —rugió el anciano, incorporándose a medias sobre el sofá de cuero azul medianoche, con su larga coleta plateada temblando y los pesados yesos de fibra de carbono oscura aprisionando sus piernas.

El chico de cabello cobrizo no escuchó. Con los ojos inyectados en sangre y el pecho agitado bajo su chaqueta de mezclilla azul cobalto, alzó la pesada llave de acero con ambas manos y descargó un golpe brutal contra el yeso izquierdo.

—¡Miren la verdad de una maldita vez! —gritó con furia desatada.

El impacto resonó como un disparo seco. El compuesto negro se astilló, revelando una grieta profunda en la estructura.

Antes de que pudiera golpear de nuevo, el médico principal, impecable en su traje de tres piezas color ciruela con un mechón blanco cruzando su cabello raven, se precipitó hacia adelante con el rostro descompuesto por el pánico.

—¡Inmovilícenlo ahora mismo! —ordenó a gritos a los jóvenes asistentes en batas médicas color pizarra, que retrocedían despavoridos.

Un par de brazos fuertes apresaron al muchacho por la espalda, tirando de él con brusquedad antes de que pudiera descargar otro golpe.

—¡Vean lo que escondieron aquí! —chilló el chico, forcejeando con desesperación, mientras un estruendo sordo sacudía la mesita de centro de cristal.

En el centro del caos, el abuelo hiperventilaba, aferrándose al cuero del sofá con nudillos blancos, con la mirada clavada en la fractura de su propia pierna.

—¡Siento que me carcome por dentro! —gimió, con el bigote poblado empapado en sudor frío.

El hombre de la chaqueta bomber de ante verde oliva logró derribar los brazos del chico, despojándolo de la llave de acero con un movimiento seco, mientras un asistente médico trataba de tomarle el pulso al anciano y el médico principal se inclinaba con cautela sobre el sofá.

—¡Ríndete ya, te volviste loco! —le espetó el hombre al muchacho, mientras los murmullos de la sala se apagaban en un zumbido bajo y opresivo.

Entonces, la luz de neón centelleó sobre la grieta recién abierta. Del interior del yeso roto, brotando directamente de la oscura herida, una marea de escorpiones negros y brillantes estalló en un frenesí de pinzas y aguijones, desparramándose velozmente por el cuero azul y el suelo de obsidiana con un sonido seco y repulsivo.

La mujer de corte bob azabache, ataviada con una gabardina negra y una blusa mostaza, retrocedió tambaleándose, con la piel convertida en papel de lija y los ojos abiertos de par en par.

—¡Eso es una pesadilla viviente! —exclamó con un hilo de voz que apenas atravesó el aire cargado de ozono y terror.

Desde las alturas, el plano cenital capturaba la geometría perfecta del atrio convertido en un manicomio: los médicos acorralados contra las vitrinas de acero, el chico retenido a la fuerza, y el anciano retorciéndose mientras la masa negra de arácnidos cubría el suelo pulido.

—¡Les dije que no inventaba nada! —gritó el muchacho, señalando el yeso destrozado con un dedo tembloroso, exigiéndoles que miraran lo que él había sabido desde el principio.

La mujer se llevó las manos a la boca, ahogando una arcada de pura náusea mientras se apartaba del borde del sillón.

El médico principal tropezó hacia atrás, pálido como un cadáver, y extendió los brazos hacia el personal con desesperación.

—¡Evacuen a todos inmediatamente! —vociferó.

El caos alcanzó su punto crítico cuando cientos de escorpiones cubrieron por completo el cojín, escalando hacia las rodillas del anciano. La cámara se cerró de golpe sobre el rostro del abuelo, bañado en sudor bajo el neón moribundo, mientras lanzaba un alarido desgarrador.

—¡Sáquenme estas alimañas de encima! —suplicó antes de que un impacto seco y sordo cortara el grito de golpe, dejando la pantalla en una oscuridad total y absoluta.

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