Parte 3: El misterioso niño que curó a Elena se desvanece en cenizas doradas dejando atrás una llave y una aterradora llamada del pasado

Parte 3: El misterioso niño que curó a Elena se desvanece en cenizas doradas dejando atrás una llave y una aterradora llamada del pasado

 Parte 3: El misterioso niño que curó a Elena se desvanece en cenizas doradas dejando atrás una llave y una aterradora llamada del pasado

Un segundo de silencio absoluto pareció congelar el tiempo bajo la cúpula de cristal del invernadero, un vacío tan denso que el mundo exterior dejó de existir. Elena, todavía temblando sobre sus piernas renacidas, sintió que el calor que había recorrido su cuerpo se convertía de repente en una escarcha helada. Alejandro, aferrado al cuerpo inmóvil del niño con los nudillos blancos, contuvo la respiración mientras la frágil estructura de los hombros del pequeño se sentía extrañamente rígida, como madera seca y vieja. Al apartarse bruscamente, el hombre dejó escapar un grito ahogado que quedó atrapado en su garganta: el niño no respiraba, sus párpados permanecían abiertos y fijos, y su piel había adoptado el tono pálido del marfil pulido.

—No… no puede ser —balbuceó Alejandro, retrocediendo a tropezones sobre el mármol hasta chocar contra una jardinera de orquídeas que volcó con estrépito.

Antes de que los invitados pudieran acercarse atraídos por el alboroto, el cuerpo del pequeño comenzó a desvanecerse en el aire como si estuviera hecho de ceniza y humo dorado, disolviéndose sin dejar rastro antes de tocar el suelo. Lo único que quedó sobre las baldosas blancas fue un objeto metálico, pequeño y pesado, que rodó hasta detenerse junto al zapato de Elena: una vieja llave de hierro forjado, grabada con unas iniciales desconocidas que destellaban con un brillo metálico imposible. Sin pensarlo dos veces, la joven se agachó con total naturalidad y la recogió, experimentando una punzada de vértigo tan intensa que el suelo pareció inclinarse bajo sus pies.

Al levantar la vista, el ambiente del invernadero se había transformado por completo; la luz cálida de la tarde dio paso a un crepúsculo plomizo y antinatural, y los rostros de los invitados que corrían hacia ellos ya no reflejaban asombro, sino una mueca de terror idéntica y congelada. Alejandro, con el rostro descompuesto por el pánico, le arrebató la llave de las manos con una brusquedad violenta.

—Esto es una trampa. Nos están vigilando desde el accidente —exclamó su padre, con la voz temblando de rabia y miedo mientras escrutaba las sombras de la vegetación que ahora parecían alargarse y cobrar vida propia.

Antes de que Elena pudiera articular una sola palabra para calmarlo, el teléfono móvil en el bolsillo del esmoquin de Alejandro comenzó a vibrar con una insistencia frenética. Al sacarlo y mirar la pantalla, el color abandonó por completo el rostro del empresario: el identificador de llamadas mostraba un número de diez dígitos que él mismo había guardado bajo llave en su caja fuerte privada hacía exactamente dos años, la noche en que el coche de su hija se había precipitado por el acantilado. Con manos trémulas, Alejandro deslizó el dedo para responder y activó el altavoz, permitiendo que una voz metálica, distorsionada y cargada de una fría burla llenara el silencio del salón.

—El milagro tiene un precio, Alejandro. Y la llave que tienes en la mano solo abre la puerta que conduce al lugar donde empezó todo.

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