Parte 9: Sebastián descubre que es un duplicado sintético atrapado en un experimento cruento justo antes de que la verdadera chica del bob irumpa para salvarlo y advertirle sobre el despertar del Sujeto Uno

Parte 9: Sebastián descubre que es un duplicado sintético atrapado en un experimento cruento justo antes de que la verdadera chica del bob irumpa para salvarlo y advertirle sobre el despertar del Sujeto Uno

 Parte 9: Sebastián descubre que es un duplicado sintético atrapado en un experimento cruento justo antes de que la verdadera chica del bob irumpa para salvarlo y advertirle sobre el despertar del Sujeto Uno

La piel de la chica a su lado se maleaba como cera caliente, desprendiéndose en tiras viscosas que caían al suelo con un chasquido húmedo. En cuestión de segundos, la fisonomía que Sebastián había aprendido a proteger se desvaneció, dejando al descubierto el rostro pálido y los ojos carentes de pestañas de una criatura sintética.

—Monitoreo de respuesta empática completado —pronunció el ser, con una voz mecánica que simulaba a la perfección la entonación de la joven—. El sujeto demuestra una fuerte inclinación al autosacrificio. Fase tres validada.

El soldado herido a sus pies soltó un estertor ahogado, pero cuando Sebastián intentó agacharse para auxiliarlo, el cuerpo del veterano se desarticuló por completo, revelando una estructura ósea compuesta por cables de fibra óptica y pistones hidráulicos. Nunca habían sido humanos. Ninguno de los dos.

Un impacto sordo resonó a sus espaldas. La pesada puerta esférica de acero se selló de golpe, atrancando la única vía de retorno al túnel. El aire en la sala médica olió de inmediato a ozono y antiséptico concentrado.

Desde el centro de la habitación, la versión real de la chica del bob —la mujer de la bata blanca— dejó el bisturí sobre una bandeja metálica. El sonido del metal contra metal retumbó en las paredes de cristal blindado.

—No pongas esa cara, Sebastián —dijo ella, ajustándose unos guantes de látex con un chasquido seco—. No eres el primero que cree que ha logrado escapar. De hecho, esta es la séptima vez este mes que tu modelo llega a esta misma puerta.

Sebastián dio un paso atrás, apretando los puños. La luz azul de sus venas pulsó con violencia, pero al intentar invocar la fuerza sobrehumana que lo había salvado en la pasarela, un dolor punzante le atravesó la nuca. Cayó de rodillas, sujetándose la cabeza mientras el suelo helado le quemaba la piel.

—No intentes usar la enzima —continuó la científica, caminando despacio hacia la camilla donde el cuerpo comatoso yacía inmóvil—. La puerta esférica contiene un emisor de pulso electromagnético diseñado específicamente para neutralizar tu respuesta motora. Todo lo que viviste allá abajo… la persecución, el ácido, la supuesta revelación del Sujeto Cero… no fue más que un protocolo de prueba para medir el rendimiento de tu tejido cerebral bajo estrés extremo.

—¿Y el abuelo…? —articuló Sebastián, sintiendo que la boca se le llenaba de un sabor metálico y amargo.

La mujer dejó escapar una leve risa desprovista de emoción. Se acercó a la mesa de soporte vital y presionó un botón en la interfaz táctil. El líquido transparente dentro de los tubos conectados al cuerpo sumido en coma comenzó a tornarse de un azul brillante y denso.

—El hombre que viste arriba no es tu abuelo, ni el científico original —explicó ella, señalando con el bisturí al Sebastián inconsciente de la camilla—. Ese hombre es la mente maestra que financia este proyecto. Y el cuerpo que ves en esta cama tampoco es el tuyo. Es el original. El verdadero Sebastián murió hace diez años en un accidente automovilístico. Lo que está sobre esta mesa es solo una masa biológica mantenida con vida para cultivar el sistema nervioso que ustedes, los duplicados, heredan.

Sebastián levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre. Su reflejo en el cristal de los monitores le devolvió una imagen espantosa: su rostro comenzaba a agrietarse en las mejillas, dejando entrever la misma luz dorada que había emanado del reloj de bolsillo.

—Si todo era una prueba… —susurró él, levantándose a duras penas mientras sus articulaciones crujían por la resistencia al pulso magnético—… ¿por qué me diste esto?

Sebastián sacó del bolsillo el reloj ensangrentado. Las agujas, que antes giraban sin control, se habían detenido por completo. En la esfera de metal no había números, sino una pequeña pantalla digital incrustada que mostraba una cuenta regresiva: 00:00:15.

La sonrisa de la científica se congeló al instante. Pasó la mirada del reloj al rostro de Sebastián, y por primera vez, una chispa de terror genuino cruzó sus ojos.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó ella, dando un paso atrás y buscando a tientas el panel de alarma en la pared—. Ese no es el artefacto del protocolo…

—El Sujeto Cero no se tiró al pozo para morir —dijo Sebastián, sintiendo cómo el dolor de su nuca se transformaba en una descarga de energía pura que sobrepasaba el bloqueo magnético—. Se tiró para entregarme el detonador real.

El indicador digital marcó 00:00:05.

Antes de que la mujer pudiera presionar el botón de emergencia, un estallido ensordecedor destrozó la pared lateral de la sala médica. Una densa marea de humo negro y chispas inundó el recinto, acompañada por el sonido de disparos de alto calibre. De entre la humareda emergió una figura alta, cubierta con una armadura táctica desgastada y el rostro oculto tras una máscara de gas.

La figura no apuntó a la científica ni a Sebastián. Caminó directamente hacia la camilla central, alzó un hacha pesada de combate y la descargó con fuerza brutal sobre el pecho del cuerpo en coma, destruyendo el contenedor biológico y los monitores en un solo golpe devastador.

Un alarido inhumano retumbó por los altavoces del complejo, como si el edificio entero estuviera sufriendo.

El atacante enmascarado se giró hacia Sebastián, se quitó la máscara de un tirón y reveló su rostro. Sebastián dio un paso atrás, con la respiración cortada.

Era la chica del bob. La verdadera. Tenía una cicatriz profunda que le cruzaba la cara desde la ceja hasta la mandíbula y sus ojos brillaban con la misma luz azul e intensa que la de él.

—Casi no llego —dijo ella, arrojándole un fusil de asalto a los brazos—. Sal de la habitación ahora. Tu abuelo acaba de despertar al Sujeto Uno.

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