Parte 9: Elena descubre que es un clon tras enfrentarse a su doble en un vagón en caída libre y hallar una instalación subterránea oculta donde su hermano dado por muerto revela una conspiración global
El sonido del viento rabiando entre las paredes del desfiladero pareció apagarse por completo. Elena sintió cómo la sangre se le acumulaba en los oídos en una pulsación sorda, rápida y violenta. Contempló aquel rostro que era el suyo propio, pero despojado de toda duda, surcado por la dureza de quien jamás había tenido que reconstruir su identidad a partir de pesadillas y fragmentos inconexos.
«No… esto no es posible», balbuceó Elena, dando un paso atrás mientras sus botas resbalaban en la escarcha mezclada con el aceite del vagón. «Marcos dijo que…»
«Marcos no sabía nada», la interrumpió la mujer con una calma helada, bajando el subfusil pero sin soltar la empuñadura. «Marcos era solo un peón con recuerdos implantados, diseñado para llevarte exactamente hasta esta vía. ¿De verdad creías que el Consejo dejaría la clave estratégica en manos de una amnésica cualquiera? Tu dolor, tu instinto de supervivencia, tus dudas… todo fue programado para guiarte hasta el niño».
El pequeño, a espaldas de Elena, no emitió un solo sonido. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó la huida, su mano menuda y fría buscó los dedos de Elena y los apretó con una fuerza casi sobrehumana. Elena sintió un escalofrío al notar que la piel del niño comenzaba a emitir un pulso térmico anómalo, un calor abrasador que contrastaba con la temperatura bajo cero del vagón.
«Él te reconoce», dijo la otra Elena, entornando los ojos con una mezcla de fascinación y desprecio. «La combinación bioeléctrica está funcionando. Entrega al niño, dos. Tu tiempo de ejecución ha terminado».
«Si soy una copia… si soy un experimento… ¿por qué me duele todo?», contestó Elena, con la voz temblando por la rabia y el aire gélido que le quemaba los pulmones. «¿Por qué siento que tengo que protegerlo de ti?».
«Porque te diseñaron para ser empática. Era el único modo de que el activo no entrara en colapso neuroquímico durante el trayecto», respondió la mujer, dando un paso firme hacia adelante. El cable de acero del helicóptero crujió sobre sus cabezas, amenazando con ceder en cualquier momento bajo el peso de la estructura metálica. «Pero la empatía es un defecto de fábrica. Y las piezas defectuosas se destruyen».
La otra Elena alzó la pistola con un movimiento fluido y calculadamente perfecto.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, el niño soltó la mano de Elena y dio un pisotón contra el suelo metálico del vagón. Un chispazo de luz azulada recorrió los cables de alta tensión que aún colgaban del techo roto. La descarga se propagó a través de la carrocería con un chasquido ensordecedor, cegando a la intrusa durante una fracción de segundo y haciendo que su disparo se desviara, impactando a escasos milímetros de la oreja de Elena.
El dolor agudo del tímpano perforado hizo reaccionar a Elena. Se abalanzó sobre su doble con todo el peso de su cuerpo, tomándola por la muñeca que sostenía el arma. Ambas cayeron violentamente contra la pared lateral del vagón, rodando entre el metal retorcido y la nieve que entraba a sacudidas por las grietas.
La fuerza de la otra mujer era descomunal, precisa y mecánica. Agarró a Elena por el cuello con una sola mano, apretando la tráquea con una firmeza que comenzó a nublarle la vista.
«Eres solo el borrador de un proyecto superior», le susurró al oído, ahogándola con frialdad. «La verdadera Directora soy yo».
Elena, con los pulmones ardiendo y la visión llenándose de manchas negras, buscó a ciegas con la mano libre a su alrededor. Sus dedos tropezaron con el mango de la navaja táctica que Marcos había dejado caer al morir. Sin pensarlo, con el último aliento de fuerza que le quedaba, clavó la hoja profundamente en el hombro desprotegido de su agresora.
La mujer lanzó un alarido humano y gutural, perdiendo el control de su agarre. Elena se la quitó de encima de un empujón desesperado y rodó hacia un lado, tosiendo y bocanando aire frenéticamente.
Pero no hubo tiempo para tregua. Con un chasquido seco y ensordecedor, el arpón neumático que sostenía el vagón al helicóptero cedió finalmente bajo el estrés del combate. El cable de acero saltó como un látigo mortal, cortando el aire y destrozando la mitad superior de la estructura.
El vagón volvió a entrar en caída libre hacia el abismo.
El impacto inicial no fue contra el fondo del desfiladero, sino contra una cornisa secundaria, un antiguo túnel ferroviario abandonado que penetraba en las entrañas de la montaña. La estructura de metal rodó sobre sí misma con un ruido atronador de hierros retorcidos, expulsando a Elena y al niño hacia la oscuridad del túnel justo un segundo antes de que los restos del vagón terminaran de despeñarse por el precipicio definitivo, explotando en una bola de fuego muchos metros más abajo.
Elena impactó contra la grava húmeda del túnel, rodando varios metros hasta quedar tendida de espaldas, con el cuerpo destrozado por los golpes y el rostro cubierto de hollín y sangre.
El silencio volvió a ser aplastante, roto solo por el crepitar lejano del incendio y el sonido de sus propias respiraciones agitadas. A unos metros de ella, el niño se puso de pie despacio. No tenía un solo rasguño. Se acercó a Elena y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
Elena aceptó la ayuda, incorporándose con un gemido de dolor. Miró hacia la boca del túnel: el helicóptero volaba en círculos sobre las llamas del fondo del barranco, asumiendo que nadie había sobrevivido a la caída. Su doble había desaparecido con los restos del vagón… o eso quería creer.
«Estamos a salvo…», murmuró Elena, intentando convencerse a sí misma mientras se limpiaba la sangre del labio. «Tenemos que salir de este túnel antes de que envíen un equipo de reconocimiento».
El niño negó lentamente con la cabeza. Señaló hacia la profundidad de la galería a oscuras, donde una serie de luces rojas de emergencia comenzaban a parpadear de forma intermitente, revelando una instalación subterránea oculta que se extendía bajo la montaña.
De entre las sombras de la instalación surgió una figura solitaria que caminaba hacia ellos con pasos lentos y rítmicos.
Elena buscó la navaja a su alrededor, pero la había perdido en la caída. Se colocó instintivamente delante del niño, apretando los puños a la espera de un nuevo ataque.
Cuando la figura cruzó el haz de luz de una de las alarmas rojas, Elena sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
El hombre que avanzaba hacia ellos llevaba el uniforme de alta graduación del Consejo, con el rostro parcialmente cubierto por quemaduras antiguas. Pero lo que congeló la sangre de Elena no fue su uniforme, sino el medallón plateado que colgaba de su cuello: el mismo medallón que su padre le había regalado a su hermano gemelo el día en que fue asesinado hace diez años.
El hombre se detuvo a tres metros de distancia, miró al niño con una mezcla de devoción y temor, y luego clavó la mirada en Elena.
«Has tardado mucho en volver a casa, hermana», dijo el hombre con una sonrisa amarga. «El resto de tus clones ya han tomado el control de las capitales».