Parte 9: Elena descubre la verdad sobre su origen sintético mientras huye hacia un búnker subterráneo solo para presenciar la traición de Gabriel

Parte 9: Elena descubre la verdad sobre su origen sintético mientras huye hacia un búnker subterráneo solo para presenciar la traición de Gabriel

 Parte 9: Elena descubre la verdad sobre su origen sintético mientras huye hacia un búnker subterráneo solo para presenciar la traición de Gabriel

El aire se le congeló a Elena en los pulmones. El pulso del órgano dentro de la cápsula coincidía de forma precisa con el latido de su propio corazón, retumbando como un eco sordo en el interior de su cabeza. Retrocedió torpemente sobre el asfalto mojado, arrastrando las palmas de las manos contra los cristales rotos sin sentir el dolor de los cortes.

—Eso… eso no es posible —consiguió articular Elena, apretando ambas mitades de la llave de hierro contra su pecho.

—El cuerpo en el que habitas es solo un contenedor sintético de reemplazo —dijo la entidad, cuya voz resonaba con una claridad aterradora directamente en la corteza auditiva de Elena—. Tu cerebro original fue fragmentado tras el colapso del sector Alfa. La mitad permanece aquí, manteniendo vivo el núcleo de procesamiento. La otra mitad… te fue implantada a ti junto con recuerdos diseñados para mantenerte dócil.

Un destello de luz roja parpadeó en la base del cuello de Elena. Una oleada de náuseas y migraña punzante la dobló hacia adelante. En su mente florecieron imágenes que jamás había vivido: científicos con trajes de aislamiento biológico, el sonido de una sierra quirúrgica, y la cara de Alejandro mirándola no con afecto paterno, sino con la fría fascinación de un ingeniero examinando un prototipo fallido.

Desde los restos del automóvil volcado, un chirrido de metal interrumpió el trance. Gabriel, con el rostro cubierto de sangre y la respiración agónica, había recuperado el conocimiento. Extendió un brazo tembloroso por la ventana rota, apuntando una pistola pesada de pulso magnético directamente a la cápsula expuesta de la mujer.

—¡Elena, entra en la frecuencia de bloqueo! —gritó Gabriel con voz ronca, antes de presionar el gatillo.

Una ráfaga de energía azulina brotó del cañón, iluminando la noche con un chispazo cegador. Pero antes de que el proyectil impactara, la mujer movió el brazo con una velocidad inhumana. La descarga fue desviada por un campo de fuerza electromagnético que emergió de su palma, dispersando la energía en decenas de arcos eléctricos que perforaron el asfalto.

El impacto expansivo arrojó a Elena hacia atrás, haciéndola rodar hasta el borde del terraplén. Las dos mitades del metal salieron despedidas de sus dedos y cayeron entre los matorrales oscuros de la pendiente.

—Un intento inútil, Gabriel —dijo la criatura sin volverse hacia él, avanzando con pasos lentos y calculados hacia Elena—. El protocolo no se puede detener con armas convencionales.

Elena intentó ponerse de pie, pero la vibración en su cuello se volvió insoportable. Sintió cómo una fuerza invisible comenzaba a tirar de sus recuerdos, borrando nombres, rostros y lugares a una velocidad vertiginosa. El nombre de Alejandro comenzó a disiparse; la imagen de la cueva se volvió borrosa como una fotografía expuesta al fuego. Se dio cuenta de que la proximidad con la matriz estaba iniciando la descarga de datos automáticos: su mente estaba siendo absorbeda.

Desesperada, metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y palpó la pequeña cápsula con el microfilme. Si el microfilme contenía el código fuente original, romperlo podría generar una interferencia destructiva en el canal de sincronización.

Sin dudarlo un segundo, apretó la cápsula metálica con todas sus fuerzas contra una piedra afilada del suelo hasta destruirla.

Un pulso térmico instantáneo brotó de la cápsula rota. Una cortina de humo denso y amarillento envolvió el camino, acompañada por un chirrido ensordecedor que hizo que la mujer de rostro mecánico retrocediera dos pasos, llevándose las manos a la cabeza mientras la cápsula de fluido dentro de su cráneo comenzaba a burbujear violentamente.

—¡Elena! —la voz de Gabriel sonó ahogada entre la niebla—. ¡El abismo! ¡Abajo está el acceso secundario!

Elena no miró atrás. A pesar del dolor lacerante en su pierna, se arrojó a ciegas por la pendiente del terraplén, rodando por la tierra mojada y la hierba alta mientras las descargas eléctricas seguían cruzando el aire sobre su cabeza.

Rodó decenas de metros hasta impactar contra una estructura de concreto oculta por la vegetación costera. Era una escotilla pesada de acero industrial, marcada con el símbolo de riesgo biológico del sector Alfa y entornada apenas unos centímetros. Una luz blanca e intermitente salía de su interior.

Apoyándose contra el marco helado, Elena se deslizó hacia las profundidades del túnel, empujando la escotilla hasta sellarla con un golpe seco. El silencio del búnker subterráneo la envolvió de golpe, interrumpiendo las interferencias en su cuello.

El pasillo era estrecho, iluminado solo por tubos de neón moribundos que parpadeaban en el techo. En las paredes de concreto desnudo había marcas de garras de metal y manchas de sangre seca ya oscurecida por el tiempo. Al fondo del pasillo, una sola consola holográfica permanecía encendida.

Elena se acercó con pasos débiles, limpiándose la sangre de la frente. Sobre la pantalla de la consola parpadeaba un mensaje de texto en verde, transmitido en tiempo real:

«Bienvenida de vuelta, Elena. Hemos estado esperando que completaras la transferencia del cerebro primario. Presiona confirmar para iniciar la fusión final de conciencia.»

Debajo del mensaje, una cámara térmica integrada en la consola se activó automáticamente, escaneando el rostro de Elena. Una voz sintética y limpia resonó desde los altavoces de la pared:

—Sujeto identificado: Elena Alejandro. Estado: Huésped secundario. Advertencia: La unidad biológica original en la superficie acaba de ser destruida. Usted es ahora la única mente restante.

Elena sintió un frío helado recorrerle la espalda. Antes de que pudiera procesar las palabras del sistema, las pantallas a su alrededor mostraron las cámaras de seguridad del exterior.

En la pantalla, el cuerpo deformado de la mujer yacía inmóvil en la carretera. Pero junto a ella, emergiendo tranquilamente de la niebla y caminando hacia la escotilla del búnker con una pistola en la mano, no estaba ningún rastreador ni ningún robot.

Era Gabriel. Y en su rostro no había una sola gota de sangre ni muestra de dolor.

Related articles

Recommended Video

Video