Parte 9: Rodrigo descubre que su huida era una simulación de laboratorio tras ser traicionado por Mateo y enfrentarse a la falsa Dra Valenzuela
El zumbido azul de los implantes iluminaba los rostros idénticos que emergían del túnel como un enjambre de fantasmas. Rodrigo, paralizado en el asiento del copiloto, sentía la descarga eléctrica paralizando cada músculo de su cuerpo, mientras Mateo insertaba el cilindro metálico en una ranura del tablero. La pantalla central del todoterreno empezó a desplegar líneas de código en cascada verde, sincronizándose con la señal de los cincuenta clones que flanqueaban el vehículo.
—Cinco años esperé este momento —murmuró Mateo, ajustando los parámetros en la consola central—. Papá creía que estaba creando una guardia personal, pero olvidó que los sistemas operativos siempre responden a quien posee la clave maestra. Y tu cerebro, Rodrigo, es el servidor central.
Un chasquido mecánico resonó en la base del cuello de Rodrigo. La parálisis cedió levemente, permitiéndole recuperar la movilidad en los dedos de la mano izquierda. El monitor del dispositivo arrojó un destello rojo indicando un error de lectura: Acceso denegado: Firma genética corrupta.
Mateo borró la sonrisa de su rostro y golpeó el volante con frustración.
—¿Qué hiciste? —exigió Mateo, sujetando a Rodrigo por el cuello de la chaqueta y sacudiéndolo con furia—. ¡Tu secuencia de ADN debería haber desbloqueado la red!
—No… soy la tercera unidad —logró articular Rodrigo, con la voz desgarrada por el esfuerzo mientras apoyaba su mano recuperada sobre el freno de mano del vehículo—. Valenzuela… te mintió.
Antes de que Mateo pudiera reaccionar, Rodrigo tiró con fuerza del freno de mano y aplastó el acelerador con su pie entumecido. El motor rugió violentamente y el todoterreno se proyectó marcha atrás, embistiendo a tres de las figuras sintéticas que bloqueaban el paso. El impacto resonó en el túnel como un trueno de metal contra carne reforzada, fracturando el parabrisas trasero y sumiendo el interior del vehículo en un caos de alarmas.
Mateo intentó recuperar el control del volante, pero Rodrigo le propinó un codazo seco en la garganta. Mateo se ahogó en un jadeo, soltando el cilindro metálico, que rodó hacia la zona de los pedales. Rodrigo se lanzó sobre la consola para recuperar el objeto, pero el coche colisionó de lado contra la pared del túnel, volcando sobre su costado derecho con un estruendo ensordecedor.
El cristal del lado del conductor saltó hecho añicos. El calor del motor y el olor a gasolina inundaron de inmediato la cabina. Rodrigo, atrapado contra el techo invertido del vehículo, abrió los ojos entre la humareda. A pocos centímetros de él, Mateo yacía inconsciente, con un hilo de sangre manándole de la sien.
Soportando un dolor agudo en las costillas, Rodrigo se arrastró hacia la ventanilla rota para escapar. Justo cuando estiraba la mano hacia la salida, un par de botas tácticas aparecieron en su campo de visión. Rodrigo levantó la cabeza: la mujer de la gabardina empapada estaba de pie sobre el chasis destrozado, apuntándole directamente a la cabeza con su arma silenciada.
—Te dije que no podías confiar en Mateo —dijo la falsa Dra. Valenzuela, con la voz desprovista de cualquier matiz emocional—. Él solo quería la clave para vender la red al mejor postor. Pero tú y yo sabemos la verdad, ¿no es así, Rodrigo?
Rodrigo apretó los dientes, sintiendo que la sangre caliente le corría por el cuello desde el puerto de conexión detrás de su oreja.
—Tú eres la primera unidad… la que escapó —musitó él, buscando a ciegas con la mano algún trozo de cristal o metal entre los escombros del habitáculo.
—Yo no escapé. A mí me enviaron a destruirlos a todos cuando el proyecto fue cancelado —reveló ella, inclinándose lentamente hacia la abertura del coche—. Y no hay cincuenta unidades en este túnel. Observa bien.
Rodrigo dirigió la mirada hacia las figuras que se aproximaban entre las sombras. Al ser alcanzadas por la luz del fuego del motor, las siluetas no mostraban rostros humanos ni implantes cibernéticos; eran simples maniquíes de pruebas balísticas equipados con transmisores de holograma y luces LED. Todo había sido una simulación orquestada para forzar la respuesta de su sistema nervioso.
—Mateo usó una frecuencia de ilusión neuronal cargada en tu chip —continuó la mujer, sujetando el cilindro metálico que yacía a pocos centímetros de la mano de Rodrigo—. Nunca estuviste en peligro de derretimiento cerebral. Él solo necesitaba que tu mente generara el estrés suficiente para producir el código de acceso real.
—¿Y dónde está el verdadero laboratorio? —preguntó Rodrigo, congelándose al notar que el dispositivo metálico comenzaba a emitir un pitido intermitente a alta frecuencia.
La mujer sonrió por primera vez, una muesca fría y mecánica.
—Nunca saliste de él, Rodrigo. Esta carretera, este túnel, este vehículo… todo es parte de la cámara de pruebas número cuatro.
La mujer presionó un interruptor en el cilindro metálico. De inmediato, las paredes de concreto del túnel comenzaron a pixelarse y desvanecerse en patrones digitales azules, revelando la estructura de una gigantesca sala circular de cristal reforzado. Fuera del perímetro, decenas de científicos vestidos con trajes de protección biológica observaban la escena mientras tomaban notas en sus pantallas.
Entre la multitud de observadores, un hombre mayor con bastón de empuñadura de plata se acercó al cristal frontal. Era su padre.
—Fase tres completada —declaró la voz resonante de su padre a través de los altavoces de la sala—. La unidad Rodrigo ha mostrado capacidad de traición y autoconservación avanzada. Inicien el reinicio del sistema para la prueba número cinco.
Rodrigo sintió que la fuerza se le escapaba de los brazos mientras una parálisis absoluta volvía a apoderarse de sus extremidades. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales no respondieron. En la pantalla del holograma que flotaba sobre la sala, un nuevo indicador comenzó a parpadear en color rojo: Sujeto con conciencia propia detectado. Eliminación de archivo de personalidad en progreso.