Parte 7: Elena enfrenta traiciones, la activación de sus recuerdos reprimidos y el colapso del vagón mientras intenta salvar al niño en medio del desfiladero

Parte 7: Elena enfrenta traiciones, la activación de sus recuerdos reprimidos y el colapso del vagón mientras intenta salvar al niño en medio del desfiladero

 Parte 7: Elena enfrenta traiciones, la activación de sus recuerdos reprimidos y el colapso del vagón mientras intenta salvar al niño en medio del desfiladero

El viento helado de la montaña se filtró con violencia por la brecha del vagón suspendido, cortando la piel de Elena mientras el vacío rugía varios cientos de metros más abajo. Su brazo izquierdo crujía bajo el peso del niño, que continuaba profundamente dormido, ajeno al abismo. A pocos metros, sobre la sección del suelo que aún no se había desprendido, Marcos yacía de rodillas, sangrando copiosamente por una herida en la sien, mientras la mujer que decía ser su hermana permanecía atrapada bajo una pesada estructura de hierro fracturada.

«¡Agrarrate, Elena!», gritó Marcos con la voz ahogada por el dolor, extendiendo un brazo hacia ella en un intento desesperado por alcanzarla. Pero el anciano dio un paso al frente, pisando con fuerza la mano de Marcos hasta hacer crujir sus nudillos. El grito de dolor de Marcos se perdió en el rugido del vendaval.

«No te muevas, agente», sentenció el anciano con frialdad, apuntándole a la cabeza con una pequeña pistola de aleación ligera. Luego volvió sus ojos amarillentos hacia Elena. «Si sueltas a ese pequeño, Clara, nunca sabrás por qué mataste a tu verdadera familia el día que nació».

Elena apretó los dientes, sintiendo cómo los dedos de su mano derecha perdían sensibilidad sobre la superficie resbaladiza del metal cubierto de escarcha. «¡Mi nombre es Elena!», bramó con las pocas fuerzas que le quedaban, impulsando el torso hacia arriba con una agonía que le desgarró el hombro hasta lograr enganchar una pierna en el travesaño superior. Logró izar al niño sobre la plataforma inestable antes de rodar sobre el suelo de metal inclinado.

Respirando con dificultad, se puso en pie de un salto, interponiéndose entre el anciano y el pequeño. La mujer atrapada bajo el hierro soltó una risa ahogada y escupió sangre. «No le creas… nada de lo que dice…», jadeó la hermana de Elena. «El anciano es el verdadero diseñador de la red… Marcos trabaja para él desde el principio…».

Elena miró de reojo a Marcos. Él levantó la vista, con el rostro bañado en sangre, y la miró no con la rabia de un enemigo, sino con un terror genuino que la congeló. «No es verdad, Elena. Te prometí que te sacaría de esto. El dispositivo que lleva el anciano no es un detonador para la estructura… es el activador de tu protocolo neural».

Antes de que Elena pudiera procesar aquellas palabras, el anciano presionó el botón rojo en el centro del pequeño aparato.

Un estallido de dolor insoportable perforó el tímpano de Elena. No fue una explosión física, sino una frecuencia ultrasónica que resonó directamente en la base de su cráneo. Cayo de rodillas, sujetándose la cabeza mientras una cascada de imágenes desconocidas inundaba sus ojos: un despacho elegante en Ginebra, un documento firmado con su propia caligrafía, un coche ardiendo en una cuneta y la cara de aquel mismo anciano suplicando por su vida ante ella años atrás.

«El bloqueo ha terminado», susurró el anciano con una calma escalofriante. «Recuerda quién es el verdugo y quién la víctima».

De pronto, las luces de emergencia del tramo superviviente del tren parpadearon y se tornaron de un color rojo intenso. El niño abrió los ojos de golpe. No lloró ni mostró confusión; sus pupilas, completamente dilatadas, reflejaron la luz roja del vagón mientras se ponía en pie con una rigidez impropia de un menor. El pequeño extendió la mano hacia el anciano y, sin pronunciar palabra, el aparato que este sostenía se fragmentó en decenas de piezas metálicas que saltaron por los aires.

El anciano retrocedió horrorizado, perdiendo por completo la compostura. «Imposible… el enlace psicosomático debería estar inactivo…», balbuceó, dando pasos atrás hacia el borde del precipicio.

Marcos aprovechó la distracción para abalanzarse sobre el anciano, arrastrándolo en una lucha encarnizada cerca del límite de la estructura. Elena, tambaleándose por la conmoción cerebral y el torbellino de recuerdos restaurados, corrió hacia el niño para alejarlo de la grieta. Al tocarle el hombro, una descarga estática le recorrió los brazos y una voz resonó en su mente, clara y helada, pero no provenía del niño ni de sus recuerdos. Era la voz de una cuarta persona que no estaba en ese vagón.

«Excelente trabajo, Sujeto Cero. El cebo ha funcionado a la perfección».

Elena se petrificó. La estructura del puente cedió un metro más hacia el vacío. Al girarse, vio cómo Marcos lograba desarmar al anciano, pero antes de que pudiera someterlo, el anciano le susurró algo al oído a Marcos. La expresión de Marcos cambió instantáneamente de rabia a un gesto de absoluta sumisión. Sin dudar un solo segundo, Marcos levantó el arma que le había arrebatado al anciano y la apuntó directamente al corazón de Elena.

«Lo siento, Elena», dijo Marcos con una voz plana, desprovista de cualquier rasgo de la humanidad que había mostrado minutos antes. «Las órdenes directas del Consejo acaban de entrar en vigor».

Un disparo resonó en la noche, cortando el viento. Pero el proyectil no vino del arma de Marcos, sino del helicóptero militar que acababa de emerger de la niebla justo encima de ellos, proyectando un foco de luz cegadora sobre el vagón colgado. La bala atravesó la mano de Marcos, haciendo volar la pistola.

Desde el altavoz del helicóptero, una voz atronadora resonó sobre la tormenta: «Elena, mantén la posición. El niño que tienes al lado no es tu hijo ni un experimento… es el único heredero legítimo de la corporación que tú misma destruiste, y el hombre que está a tu lado es el asesino de tus padres».

El vagón dio un último chasquido metálico y los remaches principales del viaducto se rompieron, haciendo que toda la estructura comenzara a caer libremente hacia las rocas del fondo del desfiladero.

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