Parte 7: Rodrigo descubre un clon idéntico a él en un laboratorio subterráneo antes de escapar del incendio de la mansión y enfrentarse a revelaciones perturbadoras sobre su pasado
El cuerpo helado que yacía frente a él no tenía ni una sola cicatriz, ni una sola línea de expresión que marcara los treinta años que Rodrigo creía haber vivido. Era un duplicado idéntico, perfecto, flotando en un charco de fluido criogénico que humeaba al contacto con el suelo candente. Rodrigo dio dos pasos hacia atrás, tropezando con los restos de plexiglás y sintiendo cómo el estómago se le volcaba. El aire en la estancia era ya un veneno de humo espeso y plástico quemado que abrasaba su garganta con cada respiración.
Un crujido ensordecedor retumbó arriba. El techo de la mansión cedió parcialmente y una lluvia de vigas ardiendo cayó sobre la entrada del pasadizo, bloqueando por completo la vía de regreso. El calor era tan sofocante que la piel de sus brazos comenzaba a enrojecerse y ampollarse. Sin tiempo para procesar el horror que acababa de descubrir, Rodrigo se abalanzó sobre el cadáver inerte. Rebuscó torpemente en los bolsillos del mono térmico que vestía su doble, buscando cualquier indicio, cualquier respuesta.
En el bolsillo pectoral encontró un cilindro metálico del tamaño de un bolígrafo y una pequeña tarjeta magnética de color negro sin logos ni nombres. El metal del cilindro quemaba al tacto por el calor ambiental, pero Rodrigo lo apretó con fuerza en su puño. A su lado, los monitores del laboratorio comenzaron a estallar uno a uno debido a las elevadas temperaturas, lanzando chispas y esquirlas de vidrio en todas direcciones.
El fuego devoraba rápidamente las paredes de ladrillo y los paneles de control. Miró desesperado a su alrededor hasta que se fijó en la parte posterior del tanque criogénico destruido: detrás de la base de hierro por la que aún salía vapor helado, había un ducto de ventilación industrial con la rejilla entreabierta, diseñado para evacuar los gases del sistema de congelación.
Se arrastró hacia el ducto, utilizando el cilindro de metal para golpear las bisagras oxidadas de la rejilla hasta desencajarla. El espacio era tan estrecho que apenas cabían sus hombros. Mientras se introducía de cabeza en la oscuridad metálica del conducto, una explosión retumbó a sus espaldas: el depósito de refrigerante había alcanzado el punto crítico. La onda expansiva impulsó a Rodrigo a través del tubo con una fuerza brutal, arrojándolo violentamente hacia una pendiente de tierra y grava en el exterior.
Rodrigo rodó varios metros por la ladera embarrada, entre la maleza húmeda y las piedras afiladas, hasta detenerse contra el tronco de un pino ancestral. Tosió sin control, expulsando hollín y aire ardiente de sus pulmones mientras el agua de la lluvia nocturna le empapaba la ropa quemada.
A sus espaldas, en la cima de la colina, la mansión familiar era una pira gigantesca que iluminaba el cielo nocturno con un tono naranja sanguinolento. Las sirenas de los bomberos comenzaban a escucharse a lo lejos, resonando en el valle con un eco lúgubre. Sabía que no podía quedarse allí; si su padre o los mercenarios descubrían que había sobrevivido al colapso de la biblioteca, no dudarían en terminar el trabajo.
Arrastrándose entre los arbustos para mantenerse fuera de la vista de los caminos principales, caminó a tientas en mitad de la noche durante casi tres kilómetros. Cada paso era un suplicio. El dolor en sus costillas era punzante y la cabeza le retumbaba por la conmoción. Finalmente, llegó a la carretera secundaria que bordeaba la propiedad, donde la sombra de una gasolinera abandonada ofrecía un refugio momentáneo bajo la lluvia incesante.
Se refugió en la antigua caseta del encargado, con el corazón martilleándole el pecho. Sacó del bolsillo el cilindro metálico que había recuperado del cuerpo del tanque. Al presionarlo por ambos extremos, el cilindro emitió un suave pitido electromagnético y desplegó una pequeña pantalla holográfica que proyectó un mapa topográfico de la ciudad. En el centro del mapa, un punto rojo parpadeaba junto a una dirección muy concreta: un apartamento en el centro urbano a nombre de alguien que Rodrigo jamás había escuchado.
Junto a la dirección, una nota de audio cifrada comenzó a reproducirse automáticamente. La voz que salió del pequeño altavoz no era la de su padre, ni la de Mateo.
Era su propia voz.
«Si estás escuchando esto, significa que el primer espécimen ha colapsado y que ya descubriste el laboratorio subterráneo. No confíes en los recuerdos que tienes antes del accidente de coche de hace tres años. Son implantes. Tu hermano Mateo no está intentando vender la fórmula; está intentando destruirte antes de que te actives por completo.»
La voz en la grabación se interrumpió abruptamente por un chasquido de estática. Rodrigo sintió un escalofrío mortal recorrerle la espina dorsal. Llevó instintivamente la mano a su cabeza, palpando la cicatriz detrás de su oreja derecha, la misma que siempre había creído que era el resultado de un choque automovilístico durante su juventud.
De pronto, un vehículo negro con las luces apagadas se detuvo frente a la gasolinera. La puerta del copiloto se abrió lentamente y una figura femenina descendió, protegiéndose de la lluvia con una gabardina oscura. Rodrigo se pegó a la pared, conteniendo la respiración mientras apretaba el cilindro contra su pecho.
La mujer caminó directamente hacia la caseta desierta. Cuando la luz del faro de un camión lejano iluminó brevemente su rostro a través del cristal roto de la ventana, a Rodrigo se le cortó el aliento.
Era la misma mujer que había visto en el monitor, la misma que su padre había asegurado que volaba hacia Ginebra en ese preciso instante. Dio dos pasos hacia el interior del refugio, sosteniendo una pistola con silenciador adaptado.
—Sé que estás ahí, Rodrigo —dijo ella con una voz fría y desprovista de cualquier emoción—. Guarda la tarjeta. Tu padre cree que estás muerto en el incendio, pero Mateo sabe la verdad. Y yo no puedo permitir que ninguno de los dos llegue a ti primero.