Parte 7: Tras huir junto a un misterioso aliado y sobrevivir a un brutal accidente en la carretera, Elena descubre la perturbadora verdad sobre su identidad y el aterrador secreto orgánico que esconde la entidad sintética que la persigue

Parte 7: Tras huir junto a un misterioso aliado y sobrevivir a un brutal accidente en la carretera, Elena descubre la perturbadora verdad sobre su identidad y el aterrador secreto orgánico que esconde la entidad sintética que la persigue

 Parte 7: Tras huir junto a un misterioso aliado y sobrevivir a un brutal accidente en la carretera, Elena descubre la perturbadora verdad sobre su identidad y el aterrador secreto orgánico que esconde la entidad sintética que la persigue

La revelación golpeó a Elena con la violencia de una sacudida eléctrica. Se quedó inmóvil en el asfalto, mientras las gotas de lluvia fría le resbalaban por la frente y se mezclaban con las lágrimas. Miró fijamente la mitad del metal partido que sostenía el desconocido y luego la llave intacta en su propia palma. Las marcas de desgaste, la aleación oscura, la muesca en forma de espiral… eran exactamente iguales.

—Mientes —susurró Elena, con la voz quebrada por el pánico y el cansancio acumulado—. Su sangre… sus manos… él sintió dolor. Él dio su vida por mí en esa cueva.

—Sentir dolor es la primera directiva para garantizar la supervivencia de los modelos sintéticos —respondió el hombre de la gabardina, agarrándola firmemente del antebrazo para obligarla a ponerse de pie—. La unidad cinco creía que era tu padre. Tuvo que creerlo para que tú lo creyeras. Si dudaba un solo instante, los sensores térmicos de los rastreadores habrían detectado su patrón metabólico alterado. Ahora sube al auto, o la bengala que encendió para distratarlos no habrá servido para nada.

Elena volvió la cabeza hacia el borde del acantilado. Abajo, entre las crestas de las olas y el humo carmesí que aún salía de la grieta, un estampido seco silenció los ecos de la caverna, seguido por el estallido sordo de una descarga electromagnética. La luz azulina que emanaba de la base de su propio cuello parpadeó dos veces y se apagó de golpe, dejándole una sensación de vacío ensordecedor en la espina dorsal.

Sin aliento y acorralada por el frío, Elena se dejó empujar al interior del vehículo. El motor rugió de inmediato y el automóvil se lanzó a toda velocidad por la carretera sinuosas, internándose en la densidad de la niebla costera.

El habitáculo olía a gasolina vieja, café frío y ozono. El desconocido conducía con una sola mano, mientras con la otra ajustaba la frecuencia de un transmisor militar instalado en el salpicadero. Por la bocina solo salía estática intermitente, mezclada con fragmentos de voces codificadas.

—¿Quién eres? —exigió Elena, abrazándose las rodillas contra el pecho para frenar el temblor de sus miembros—. Y si tú tienes la mitad de la llave… ¿dónde está el verdadero Alejandro?

—Mi nombre es Gabriel. Fui el jefe de seguridad en el sector Alfa antes de que la instalación fuera purgada —dijo él, sin apartar los ojos de la ruta mojada—. Y el Alejandro que diseñó tu arquitectura original no está en ningún laboratorio norte. Murió hace diez años en el intento de extracción. O eso creíamos todos hasta que su firma cuántica volvió a transmitir desde la capital esta mañana.

Elena frunció el ceño, apretando el estuche metálico con el microfilme. —La mujer… la que usaba el rostro de mi madre en el acantilado. Alejandro me dijo que ella era la interfaz que destruyó todo.

Gabriel soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos. —¿Tu madre? Elena, esa unidad no es una interfaz cualquiera. Es la matriz sobre la que construyeron tu propio código. No es tu enemiga porque busque destruirte; busca reconectarse contigo porque tú tienes la única pieza que le falta para ser autónoma. La mitad de la memoria que te implantaron pertenece a su procesamiento lógico. Por eso te duele el cuello cada vez que ella se acerca. No es un rechazo biológico… es una sincronización de hardware.

Un golpe seco retumbó en el techo del automóvil.

El chasis de metal se deformó hacia adentro con un chirrido espantoso, justo sobre la cabeza de Gabriel. Elena ahogó un grito mientras el techo cedía varios centímetros. El automóvil coleó violentamente sobre el asfalto mojado, perdiendo la tracción mientras las llantas echaban chispas contra el guardabarros.

—¡Sujétate! —gritó Gabriel, pisando el acelerador a fondo.

A través del parabrisas delantero, entre los jirones de niebla, Elena vio una figura delgada de pie en medio de la carretera desierta. Llevaba el mismo abrigo oscuro que la mujer del acantilado, y sus ojos reflejaban la luz de los faros con un resplandor dorado y mecánico. Levanto una mano con la palma abierta hacia el vehículo.

Gabriel giró el volante con desesperación para esquivarla, pero el auto impactó lateralmente contra una barrera de contención de concreto, dando dos vueltas de campana sobre el pavimento antes de detenerse volcado sobre su costado derecho.

El olor a combustible inundó la cabina instantáneamente. Con la visión borrosa y la cabeza sangrando, Elena luchó por zafarse del cinturón de seguridad que la aprisionaba. A su lado, Gabriel yacía inconsciente, atrapado entre el volante y el asiento, con la mitad de la llave de hierro sobresaliendo de su mano inmóvil.

Elena estiró los dedos con agonía, tomó el pedazo de metal de Gabriel y guardó ambas mitades en su bolsillo junto al microfilme. Pateó la ventana rota del pasajero y se arrastró hacia el exterior sobre los vidrios desmenuzados.

La figura caminó despacio hacia los restos humeantes del vehículo. La lluvia no parecía tocar su piel; las gotas se evaporaban al contacto con su rostro perfectamente simétrico. Se detuvo a dos metros de Elena, observándola con una frialdad absoluta.

—Has recorrido un camino muy largo para traer las llaves a casa, Elena —dijo la mujer. Su voz no venía solo de su boca, sino que resonaba directamente dentro de la cabeza de la joven, haciendo vibrar cada vértebra de su columna.

—Aléjate de mí —masculló Elena, intentando ponerse de pie, aunque su pierna izquierda no respondía.

—No puedes huir de lo que eres —replicó la mujer, dando un paso más y extendiendo la mano derecha—. Alejandro te mintió. Gabriel te mintió. La unidad cinco te mintió. No eres la salvadora de la humanidad, Elena. Eres el protocolo de borrado.

La mujer se llevó los dedos a su propio cuello, presionó un punto detrás de la oreja y, con un sonido de sellado neumático, tiró hacia arriba. La piel sintética de su rostro se abrió a lo largo de la mandíbula, dejando al descubierto una estructura ósea de aleación dorada y circuitos bioluminiscentes. Pero dentro de la cavidad craneal descubierta, suspendido en una cápsula de fluido transparente, no había ningún procesador central.

Había un cerebro humano vivo, palpitando a un ritmo constante, y grabado en el lóbulo frontal en letras minúsculas se leía un único nombre: Elena.

Related articles

Recommended Video

Video