Parte 6: Rodrigo descubre que su padre está vivo en un laboratorio subterráneo antes de escapar del fuego y hallar un clon de sí mismo en un tanque criogénico
El aire helado de la estancia subterránea traía consigo un olor sofocante a amoníaco y metal oxidado. Rodrigo se congeló, incapaz de procesar la visión del hombre que se erguía a escasos pasos de él, impecable en un traje gris hecho a medida que no lucía ni una sola arruga. El rostro de su padre, marcado por la misma cicatriz en la mandíbula que Rodrigo recordaba haber acariciado en su lecho de muerte, no mostraba ni un destello de arrepentimiento. —Siempre fuiste el más impulsivo de los dos, Rodrigo —dijo su padre con esa voz grave, pausada y destructiva que solía congelar a toda la familia en los banquetes de navidad—. Mateo entendió el juego desde el primer día. Tú, en cambio, sigues buscando héroes en una casa llena de verdugos.
Los tres hombres armados avanzaron en perfecta sincronía, manteniendo sus armas apuntadas directamente a la cabeza de Rodrigo. La luz blanca que emanaba de la pared giratoria dejaba al descubierto un laboratorio privado repleto de pantallas de monitoreo, tubos de ensayo con muestras biológicas y un gran ventanal de plexiglás blindado. Detrás de ese cristal, sumergida en un tanque de fluido criogénico, flotaba una figura humana exactamente idéntica a la mujer que Rodrigo acababa de ver en el monitor hacía apenas unos instantes.
—¿Qué es todo esto? —consiguió articular Rodrigo, retrocediendo un paso hasta que su espalda chocó contra la mesa metálica del monitor apagado—. ¿A quién enterramos en el panteón familiar? —A nadie que deba preocuparte —respondió su padre, sacando del bolsillo interior de su saco una pequeña petaca de plata y tomando un sorbo parsimonioso—. Enterramos una versión obsoleta del problema. Tu madre nunca pisó Francia, Rodrigo. La mujer que viste en la pantalla está a tres mil metros de altura en este preciso instante, volando hacia Ginebra con la única copia del protocolo que Mateo acaba de entregarle.
Un chasquido metálico resonó justo detrás de la pared de ladrillos por la que Rodrigo acababa de bajar. Las llamas de la biblioteca habían comenzado a devorar la estructura del corredor subterráneo, y un denso humo negro comenzó a filtrarse por las grietas del techo. Los tres mercenarios ni siquiera parpadearon, pero su padre desvió la mirada hacia las vigas superiores con un leve gesto de fastidio.
—No tenemos tiempo para sentimentalismos —dijo el hombre, haciendo una señal casi imperceptible con el índice.
Uno de los guardias avanzó rápidamente y le propinó a Rodrigo un culatazo seco en las costillas. El dolor lo doblegó de inmediato, enviándolo de rodillas al suelo de cemento helado. Mientras luchaba por tomar aire, sintió cómo el guardia le arrebataba la chaqueta y le sujetaba los brazos a la espalda con una brida de plástico de alta resistencia. Su padre se inclinó sobre él, tomándolo del mentón con una mano enguantada en cuero.
—Tu hermano no se llevó el maletín por avaricia, hijo. Se lo llevó para salvarte a ti —murmuró el anciano, fijando sus ojos fríos en los de Rodrigo—. Pero olvidó un pequeño detalle. Para que el mundo crea que toda la familia murió en el incendio de la mansión, necesitamos un cadáver identificable con nuestro ADN entre los escombros de la biblioteca.
Rodrigo intentó zafarse, pero la brida cortaba su circulación y los guardias lo mantenían inmovilizado. El suelo tembló de nuevo cuando un tramo de la escalera de piedra colapsó a pocos metros, llenando el pasadizo de escombros e incandescencia. El fuego ya estaba allí, devorando las paredes de madera del laboratorio provisional y haciendo sonar las alarmas de emergencia con un pitido ensordecedor.
—Descansa, Rodrigo. Hiciste tu trabajo mejor de lo que esperábamos —dijo su padre antes de darse la vuelta y caminar hacia un ascensor neumático oculto al fondo del laboratorio.
Los tres hombres armados retrocedieron tras él, cerrando la escotilla blindada del ascensor y dejando a Rodrigo completamente solo en el suelo, rodeado por el humo denso que avanzaba rápidamente y las llamas que comenzaban a consumir los cables del laboratorio.
Con los pulmones ardiendo y la visión nublada por las lágrimas que le provocaba el humo, Rodrigo arrastró su cuerpo por el suelo hasta el borde de la mesa metálica. Usó la esquina afilada de la pata de hierro para rasgar la brida de sus muñecas, cortándose la piel en el proceso pero logrando liberar sus manos justo cuando una chispa gigante cayó del techo, prendiendo fuego a una de las consolas centrales.
Escupió sangre y se puso en pie a duras penas. El ascensor neumático estaba bloqueado, y la escalera de retorno era una pira infernal. La única salida era el ventanal de plexiglás blindado que protegía el tanque criogénico. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Rodrigo levantó la pesada mesa de metal y la estampó con rabia contra el cristal.
El plexiglás se agrietó con un estruendo ensordecedor, pero no se rompió. En su lugar, el líquido helado del tanque comenzó a filtrarse por las fisuras, inundando el suelo a sus pies. Rodrigo golpeó una y otra vez con la mesa hasta que el cristal cedió por completo, liberando una ola de fluido helado que sofocó parte del fuego a su alrededor y arrojó el cuerpo sumergido directamente a sus pies.
Rodrigo cayó de rodillas sobre el líquido congelante, jadeando por aire. Al limpiar el fluido del rostro de la persona que flotaba en el tanque, la luz de las llamas iluminó las facciones del cuerpo. No era su madre. Tampoco era un desconocido.
Era su propio rostro.