Parte 5: Un joven descubre su naturaleza sintética en medio de un violento enfrentamiento subterráneo donde los muertos resurgen y los recuerdos son transferidos

Parte 5: Un joven descubre su naturaleza sintética en medio de un violento enfrentamiento subterráneo donde los muertos resurgen y los recuerdos son transferidos

 Parte 5: Un joven descubre su naturaleza sintética en medio de un violento enfrentamiento subterráneo donde los muertos resurgen y los recuerdos son transferidos

El chico del sudaderón amarillo ni siquiera tuvo tiempo de parpadear antes de que la mujer rubia se lanzara brutalmente contra el brazo armado del hombre del jersey. El disparo resonó como un restallido sordo dentro del recinto de concreto, clavando la bala en la mesa de autopsias y haciendo saltar una lluvia de chispas ardientes.
El impacto del choque envió el arma rodando por el suelo de metal hacia los pies del recién llegado. La figura de la máscara quirúrgica no dudó: avanzó con movimientos inhumanamente veloces, atrapó la pistola antes de que tocara el suelo y la rastrilló con una sola mano.
—¡No lo toques! —gritó el hombre del jersey que estaba dentro de la celda, sujetando a la mujer por el cuello en un agarre sofocante—. ¡Si matas al sujeto de la marca, la secuencia de autodestrucción se activará antes de que extraigamos el suero!
El hombre de la máscara se detuvo en seco a un metro de distancia. A través de las aberturas de la gasa esterilizada, unos ojos amarillentos y sin pestañas miraron fijamente al chico malherido, quien yacía de rodillas sobre el concreto, jadeando mientras la sangre continuaba brotando de su hombro.
—Él no es el sujeto principal —murmuró el hombre de la máscara; su voz era una vibración metálica, artificial, como si saliera de un altavoz defectuoso instalado en su garganta—. La diapositiva no mostraba la marca del chico. Mírale la piel bajo la luz cenital.
El hombre del jersey soltó abruptamente a la mujer rubia, dejándola caer de rodillas sobre la mesa de acero. Con un movimiento brusco, le arrancó la tela del sudaderón amarillo al joven, exponiendo la herida de bala.
La carne desgarrada por el impacto no estaba sangrando con fluidez normal: los bordes de la herida supuraban un líquido espeso y transparente, dentro del cual diminutos filamentos metálicos se retorcían como lombrices vivas, intentando soldar los tejidos divididos. No había hueso visible, solo una estructura celular trenzada de fibra sintética.
El chico se miró el hombro descompuesto con el rostro desencajado por un horror insoportable. —¡No… no! —gritó, tratando de arrancarse los hilos plateados que se estiraban desde su propia carne—. ¡¿Qué me hicieron?!
—Tú no eres el hermano —dijo la mujer rubia desde el suelo, levantando la vista con una frialdad repentina que borró todo rasgo de pánico de su rostro—. Tú eres el contenedor.
Antes de que el chico pudiera reaccionar, la mujer extendió la mano hacia la mesa de autopsias, tomó el bisturí con el que estaba clavada su propia fotografía y se lo hundió directamente en la yugular al hombre del jersey que la sostenía.
Un chorro de fluido amarillento y caliente saltó en abanico sobre la caja fuerte. El hombre del jersey se llevó las manos a la garganta, emitiendo un gorgoteo ahogado mientras se desplomaba de espaldas contra la pared. Pero al caer, su rostro no mostró dolor, sino una sonrisa deforme que estiró su piel hasta rasgar los labios.
—El código… —susurró el hombre agonizante, señalando la caja fuerte con un dedo bañado en fluido transparente—. El código nunca fue numérico…
El hombre de la máscara apuntó inmediatamente la pistola hacia la mujer rubia, pero ella ya se había puesto en pie de un salto, utilizando el cuerpo inerte del hombre como escudo. Sin perder un segundo, extendió la mano y presionó con fuerza la palma ensangrentada contra el teclado de la caja fuerte.
El mecanismo interno de hierro crujió con un estruendo sordo. Un conjunto de engranajes pesados comenzó a girar detrás de la puerta blindada, mientras una alarma neumática resonaba en los conductos de ventilación del subterráneo.
De las paredes de la celda comenzaron a brotar chorros de gas denso y verdoso que helaban el aire al contacto.
El chico del sudaderón amarillo, paralizado por la revelación de su propia anatomía, sintió cómo los filamentos de su hombro se aceleraban, extendiéndose bajo la piel de su cuello hacia su mandíbula en una quemadura ardiente. La visión comenzó a tornarse roja y dividida en patrones geométricos.
La puerta de la caja fuerte se abrió de golpe con un chasquido metálico.
Dentro no había documentos ni sueros. Sobre un pedestal de terciopelo negro descansaba un frasco de cristal sellado al vacío que contenía un cerebro humano latiendo lentamente en una solución salina, conectado por docenas de electrodos de cobre a un pequeño transmisor de radio de época.
La mujer rubia metió las manos en la caja para tomar el frasco, pero el hombre de la máscara disparó tres veces seguidas. Dos proyectiles atravesaron el pecho de la mujer, arrojándola contra el pedestal.
El frasco de cristal voló por el aire y se estrelló contra el concreto, fracturándose en mil pedazos.
El fluido se derramó por el suelo, y el órgano suspendido comenzó a convulsionar violently al contacto con el aire contaminado. Al mismo tiempo, los altavoces montados en el techo del pasillo comenzaron a reproducir a un volumen ensordecedor la misma voz infantil que había sonado en el teléfono de la pared.
—Sujeto cero neutralizado —dijo la voz de la niña—. Iniciando transferencia de memoria al receptor secundario.
El chico del sudaderón amarillo cayó de espaldas mientras un dolor punzante le atravesaba el cráneo, como si miles de agujas ardiendo le estuvieran perforando el cerebro desde el interior. Recuerdos que nunca vivió comenzaron a inundar su mente: la imagen de la biblioteca ardiendo en 1988, el rostro del doctor sonriéndole desde una cuna de incubadora y la visión clara de su propio cuerpo flotando en una cápsula con el número diez grabado en el cristal.
A través de la niebla de gas verdoso, vio cómo el hombre de la máscara se acercaba a él lentamente, guardando el arma en el cinto.
El hombre de la máscara se agachó a su lado, se llevó las manos a la nuca y desabrochó las tiras de la tela quirúrgica, dejándola caer sobre el suelo manchado de fluido.
Al descubrirse el rostro, el chico del sudaderón amarillo sintió que el último aliento de aire se le escapaba de los pulmones. La cara debajo de la máscara era idéntica a la suya, pero con una cicatriz profunda que le atravesaba el ojo izquierdo de arriba a abajo.
—Bienvenido a la tercera fase, hermano —dijo el hombre de la cicatriz con una voz impecable, levantando al chico del cuello del sudaderón con una fuerza sobrenatural—. Ahora mira detrás de ti.
El chico giró la cabeza con torpeza. En la penumbra del pasillo, la mujer rubia que yacía muerta sobre la mesa de autopsias comenzó a erguirse lentamente, mientras sus heridas de bala se cerraban en un chasquido seco de tejidos entrelazados.

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