Parte 6: Tras sobrevivir a un enfrentamiento mortal con una réplica de su esposa y descubrir oscuros secretos sobre sus recuerdos, Mateo se enfrenta a un doble idéntico que amenaza con arrebatarle la vida
El aliento frío de la mujer acarició la nuca de Mateo antes de que el cañón del fusil se clavara sin piedad contra su quinta vértebra. El hedor a ozono quemado y agua estancada impregnaba la oscuridad subterránea, pero el aroma a jazmines sintéticos que emanaba de ella era el mismo que Mateo había memorizado durante cinco años de matrimonio.
—No te muevas —ordenó la voz en la penumbra, rasposa y distante—. El pulso electromagnético frió la biometría del chico, pero mi armadura táctica tiene aislamiento analógico. Tienes tres segundos antes de que le dé al gatillo y recupere el hueso por la fuerza.
Mateo no respondió con palabras. Flexionó las rodillas, ignorando el dolor punzante de su costilla rota, y clavó el cuchillo de combate a ciegas hacia atrás, buscando la articulación del codo de su agresora. El metal chocó contra una placa de titanio flexible con un chirrido seco. La mujer maldijo en la oscuridad, desviando el disparo justo cuando un foguezo naranja iluminó la galería subterránea durante un segundo eterno.
La ráfaga no dio en Mateo, sino en el núcleo luminoso del niño.
Un alarido ensordecedor, agudo y mecánico, retumbó en las paredes de piedra. El tórax del pequeño comenzó a emitir destellos blancos y violetas mientras sus articulaciones se convulsionaban violentamente. Mateo aprovechó el destello de la explosión biológica para abalanzarse sobre la figura femenina, tacleándola contra el suelo lodoso de la canalización.
Rodaron sobre el agua helada. Mateo logró inmovilizar los brazos de la mujer contra el fondo de cemento, sintiendo la dureza inmaterial de sus facciones bajo sus dedos. La luz residual del núcleo defectuoso del niño iluminó el rostro de la agresora. No era un modelo sustituto cualquiera. La piel sintética rasgada en la mejilla izquierda dejaba ver un entramado de fibra de carbono, pero sus ojos verdes —los mismos ojos que Mateo había besado mil veces— lo miraban con una mezcla terrorífica de rabia y reconocimiento.
—No puedes detener el protocolo, Mateo —escupió ella, expulsando un hilo de fluido hidráulico azulado por la boca—. La Elena original nunca murió en el accidente. Ella es la Directora Operativa. Ella me diseñó a su imagen para atraerte hasta aquí.
Mateo apretó el agarre alrededor de su cuello mecánico, sintiendo cómo los servomotores de la réplica luchaban por liberarse con una fuerza sobrehumana.
—¿Dónde está la verdadera Elena? —demandó él, con la voz entrecortada por el esfuerzo y el dolor de su costado herido.
La réplica sonrió, revelando una dentadura impecable cruzada por cables delgados.
—Mira la ampolla que caíste a buscar. No contiene el virus. Contiene los recuerdos que le extirparon a ella antes de enviarte a la guerra. Tú no eres el protector, Mateo… eres el contenedor de sus secretos.
Un chasquido seco resonó bajo la superficie del agua. La réplica no estaba intentando zafarse; estaba activando una carga de detonación termobarica integrada en su propia espina dorsal. Una luz roja comenzó a parpadear con frenesí desde el centro de su garganta.
Mateo se impulsó hacia atrás con un movimiento desesperado, pateando el pecho del androide para alejarse justo cuando la carga se inició. La detonación no creó una bola de fuego, sino una onda de presión implacable que colapsó el techo de la galería. Toneladas de escombros, piedra y barro cayeron sobre la réplica, sepultándola al instante y sellando el túnel por el que habían caído.
El impacto de la onda expansiva arrojó a Mateo diez metros hacia las profundidades de la red de alcantarillado. El agua torrencial lo arrastró en la negrura absoluta, golpeando su cuerpo magullado contra salientes de roca y barras de hierro oxidadas. Agarrándose con las uñas a una reja de contención, logró sacar la cabeza de la corriente, jadeando torpemente mientras la sangre le nublaba la vista.
A pocos pasos de él, flotando sobre una lámina de poliestireno, el niño androide emitía chisporroteos débiles. Su panel torácico estaba completamente abierto, expuesto a la humedad.
—Biómetro… dañado —articuló el pequeño con una voz infantil interrumpida por estática—. Archivo final desbloqueado por la destrucción del modelo alfa. Reproduciendo…
Una proyección holográfica tridimensional de baja resolución se desplegó desde el ojo derecho del niño, proyectando una luz azul sobre el agua turbia. La imagen mostró una sala médica esterilizada. En el centro, una mujer atada a una camilla convulsionaba mientras varios científicos con trajes de aislamiento le extraían fluido cerebroespinal. Era Elena. La verdadera Elena.
La mujer en la proyección miró fijamente a la cámara con desesperación.
—Mateo… si estás viendo esto, significa que el duplicado cayó —dijo la Elena real en el holograma, con la voz quebrada por el llanto—. No confíes en tu memoria. El código grabado en tu hueso no abre la bóveda de la junta. Es la detonación de emergencia de la red neuronal. Si permites que te escaneen el brazo en el nivel inferior, borrarás la mente de todas las personas conectadas al proyecto… incluyéndome a mí. Estoy en el nivel B-4, debajo del…
La transmisión se cortó abruptamente con un chillido sordo. El niño cerró los ojos y su cuerpo quedó completamente inerte, hundiéndose lentamente en la corriente helada.
Mateo metió la mano en el agua y sujetó al niño por el cuello del traje para evitar que se perdiera en el abismo. Apoyó la espalda contra la pared de hormigón del colector central, tratando de procesar la revelación mientras la hemorragia de su costado amenazaba con dejarlo inconsciente.
De pronto, el silencio de la tubería fue interrumpido por el sonido de pasos pesados resbalando sobre el lodo. Mateo contuvo la respiración y deslizó la mano hacia el cuchillo, pero la linterna táctica de su chaleco, revivida de golpe por la descarga de los sistemas auxiliares, se encendió automáticamente, iluminando el final del túnel.
A menos de tres metros de él no había soldados de la junta ni réplicas mecánicas.
Frente a Mateo se encontraba un hombre idéntico a él, vestído con el mismo chaleco táctico, la misma cicatriz en el antebrazo izquierdo y sosteniendo en la mano una ampolla de nitrógeno líquido exactamente igual a la que se había destruido en la terraza.
El desconocido sonrió con amargura y levantó una pistola pesada, apuntando directamente al entrecejo de Mateo.
—Llegas tarde, número seis —dijo el hombre con la misma voz de Mateo—. Yo soy el único Mateo que saldrá vivo de esta instalación.