Parte 9: El joven pierde el control de su cuerpo mientras la cuenta regresiva avanza hacia el abismo de servidores subterráneos

Parte 9: El joven pierde el control de su cuerpo mientras la cuenta regresiva avanza hacia el abismo de servidores subterráneos

 Parte 9: El joven pierde el control de su cuerpo mientras la cuenta regresiva avanza hacia el abismo de servidores subterráneos

El chico sintió cómo un espasmo violento le recorría el pecho mientras las cuerdas vocales vibraban por voluntad propia, emitiendo una risa aguda e infantil que no le pertenecía. La oscuridad de la cabina se rompió de golpe cuando una línea de luz carmesí comenzó a trazar formas geométricas directamente sobre los párpados cerrados del joven.
—No… ¡sácame esto de la cabeza! —intentó gritar, pero su mandíbula se trabó con un chasquido mecánico y la voz de la niña continuó resonando, amplificada por el eco metálico del hueco del ascensor.
El doctor, bañado por el fulgor rojo que emanaba de la propia cara del muchacho, retrocedió a trompicones hasta chocar contra la pared de reja oxidada. Sus manos temblaban mientras aferraba la navaja, incapaz de decidir si debía hundir la hoja en el ojo del chico o cortar los cables de emergencia que colgaban sobre sus cabezas.
—La sincronización está al ochenta por ciento —siseó el anciano, con los ojos inyectados en sangre—. Si el núcleo llega al cien, la red se expandirá a todos los dispositivos de la superficie.
Por encima de ellos, en lo más alto del hueco del ascensor, un zumbido ensordecedor comenzó a ganar intensidad, acompañado por el crujir de miles de engranajes moviéndose al unísono. Las paredes de concreto del conducto empezaron a vibrar con tanta violencia que una lluvia de polvo y fragmentos de cemento cayó sobre el techo de la plataforma.
El chico abrió los ojos de par en par. Su iris izquierdo ya no era humano; brillaba con un tono ámbar translúcido, surcado por microcircuitos que giraban en círculos concéntricos. A través de esa nueva perspectiva, el mundo dejó de verse en tres dimensiones: ahora contemplaba el entorno como una gigantesca matriz de datos donde cada tubería, cada cable y cada tornillo mostraban su código fuente en tiempo real.
—El viejo sistema ya no sirve, abuelo —dijo el chico con su propia voz, aunque el tono estaba perfectamente sincronizado con el eco infantil—. Construiste esta ciudad para enterrar el secreto, pero olvidaste que los cimientos están hechos de nuestros restos.
Con un movimiento espasmódico, el joven levantó la mano derecha y clavó los dedos directamente en el panel de control destrozado del ascensor. Sus terminaciones nerviosas desnudas hicieron contacto con los cables principales. Una descarga de chispas azules iluminó el habitáculo durante una fracción de segundo, haciendo que los frenos de emergencia del ascensor se liberaran de golpe.
La plataforma se desplomó hacia el abismo con un alarido metálico, cayendo a toda velocidad en dirección a las entrañas más oscuras del complejo subterráneo. El doctor se abalanzó sobre el chico y lo derribó contra el suelo justo cuando el techo del ascensor se desprendía por la fricción contra las guías.
El viento aullaba dentro de la cabina mientras el suelo descendía en caída libre. En medio del caos, una silueta gigantesca se recortó en la parte superior del hueco, bloqueando la tenue luz roja que filtraba desde arriba. La mujer rubia, con el cuerpo medio deshecho y los cables colgando de su torso abierto, caía tras ellos como una araña mecánica impulsada por un propósito letal.
—¡Agárrate de los tirantes! —gritó el doctor, estirando el brazo para sujetar un cable de acero oscilante.
El chico del sudaderón no respondió. Su mente estaba dividida en dos: una parte de él luchaba por retener su propia identidad, mientras la otra sentía cómo la conciencia del Sujeto Cero devoraba sus recuerdos como un virus informático voraz. Al mirar hacia abajo, a través del fondo abierto del ascensor, vio algo que lo heló hasta los huesos: el abismo no terminaba en el suelo, sino en un inmenso mar de servidores parpadeantes donde miles de cuerpos flotaban suspendidos en tanques de gel bioluminiscente.
Y en el centro exacto de esa colmena artificial, una pantalla gigante parpadeaba con una cuenta regresiva que apenas marcaba cuarenta y cinco segundos.

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