Parte 8: Rodrigo descubre que es un androide de la serie Valkiria tras ser rescatado y traicionado por su hermano Mateo para activar un ejército de clones subterráneos

El cañón silenciado apuntaba con precisión matemática al pecho de Rodrigo. El agua helada goteaba desde el ala de la gabardina de la mujer, creando un patrón de impactos rítmicos contra el suelo de concreto. Rodrigo sintió cómo se le congelaba la sangre; la mujer frente a él poseía el mismo rostro de las fotografías del despacho de su padre, pero sus ojos vacíos y calculadores pertenecían a una desconocida.

—Si das un solo paso más, presiono el disparador —amenazó Rodrigo, mostrando el cilindro metálico como si fuera un detonador remoto. Fue un farol desesperado, pero funcionó. Ella se detuvo a dos metros de distancia, ladando levemente la cabeza.

—Ese transceptor no es un explosivo, Rodrigo. Tu arquitectura neuronal aún no ha procesado el módulo de memoria sintética —respondió ella, sin bajar el arma—. Tu nombre real no es Rodrigo. Eres la tercera unidad de la serie Valkiria. Los recuerdos de tu infancia, el aroma del taller de tu abuelo, la cicatriz de tu rodilla… todo son archivos comprimidos cargados en tu hipocampo sintético.

Un zumbido agudo retumbó en los oídos de Rodrigo. Un dolor punzante, parecido a una aguja incandescente atravesando su lóbulo temporal, lo hizo hincarse de rodillas. En su mente floreció un relámpago de imágenes ajenas: salas de operaciones asépticas, luces estroboscópicas, un panel con códigos binarios y la cara de esa misma mujer observándolo desde detrás de un cristal reforzado mientras él yacía sumergido en un tanque.

—¿Quién eres? —logró articular él, ahogando un gemido de agonía mientras se sujetaba la sien con la mano libre.

—Me llamaban Dra. Valenzuela cuando lideraba el proyecto para tu padre. Ahora soy simplemente la persona que debe desconectarte antes de que Mateo use tu código de acceso principal —dijo ella, dando un paso al frente mientras amartillaba la pistola.

Antes de que la doctora pudiera apretar el gatillo, el rugido de un motor de alta cilindrada rasgó la noche. Un todoterreno blindado irrumpió en la gasolinera, destruyendo los pilares de la caseta de un solo impacto. El techo de madera y lámina se desplomó bruscamente sobre ellos.

El impacto lanzó a Rodrigo hacia un lado, librándolo por milímetros de la ráfaga de escombros. La Dra. Valenzuela reaccionó con una agilidad sobrehumana, rodando sobre el pavimento y disparando tres veces contra el parabrisas reforzado del vehículo. Las balas tropezaron contra el cristal blindado, dejando únicamente tres marcas estrelladas en la superficie.

La puerta trasera del todoterreno se abrió de golpe. Una mano enguantada atrapó a Rodrigo por la solapa de su chaqueta empapada y lo arrastró sin piedad hacia el interior del habitáculo. El vehículo aceleró a fondo, derrapando sobre el asfalto mojado y dejando atrás a la mujer, quien continuaba disparando con precisión implacable hasta que el coche se perdió en la penumbra de la carretera.

Rodrigo cayó sobre el suelo de moqueta del vehículo, jadeando. Al levantar la vista, el rostro del conductor se reflejó en el retrovisor. No era un desconocido. Era Mateo. Su hermano vestía un chaleco táctico sobre un traje a medida lleno de hollín, con una quemadura reciente cruzándole la mejilla derecha.

—Tuviste suerte de que interceptara la señal del transceptor antes que papá —dijo Mateo sin apartar la mirada de la vía, devorando la carretera a más de ciento sesenta kilómetros por hora—. Valenzuela no iba a hacerte preguntas. Ella solo busca el chip cuántico alojado en tu columna vertebral.

—Me dijiste que querías venderme… Que estabas negociando con la fórmula —espetó Rodrigo, incorporándose torpemente en el asiento del copiloto mientras apretaba los puños.

Mateo soltó una carcajada amarga, carente de humor.

—Le hice creer eso a papá para que concentrara sus mercenarios en la mansión y te dejara desprotegido. Si supiera que ya has comenzado a recordar, habría enviado a la unidad de limpieza a ejecutarnos a ambos. Papá no construyó una empresa farmacéutica, Rodrigo. Construyó un centro de ensamblaje orgánico. Y tú eres su producto estrella.

Rodrigo miró sus propias manos, las venas azuladas que recorrían sus muñecas, la calidez de su propia piel. Todo se sentía dolorosamente real, trágicamente humano.

—El cuerpo en el tanque… —murmuró Rodrigo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones—. Tenía mi rostro.

—Era el prototipo número dos. Colapsó porque su sistema inmunológico rechazó los implantes cerebrales —reveló Mateo, sacando un dispositivo de diagnóstico de su bolsillo y lanzándolo sobre las piernas de Rodrigo—. Conéctalo a la toma situada tras tu oreja derecha. Si no calibramos tu pulso electromagnético en los próximos diez minutos, el microchip comenzará a derretir tu tejido cerebral.

Rodrigo sostuvo el dispositivo con manos temblorosas. La pequeña pantalla marcaba una cuenta regresiva que ya rozaba el cero: 08:42… 08:41…

—¿Por qué debería confiar en ti? —preguntó Rodrigo, sintiendo la desconfianza Royendo cada rincón de su mente.

—Porque soy el único que sabe dónde está la matriz original —respondió Mateo, girando bruscamente el volante para adentrarse en un túnel subterráneo sin iluminación—. Y porque la mujer que nos atacó hace un momento no es la verdadera Dra. Valenzuela. Es la unidad número uno. La primera que logró escapar del laboratorio hace cinco años.

El todoterreno avanzó en la oscuridad del túnel hasta detenerse junto a una puerta de servicio blindada. Mateo apagó el motor y las luces, sumiendo el espacio en una penumbra absoluta solo interrumpida por el parpadeo verde del contador en el regazo de Rodrigo.

El todoterreno avanzó en la oscuridad del túnel hasta detenerse junto a una puerta de servicio blindada. Mateo apagó el motor y las luces, sumiendo el espacio en una penumbra absoluta solo interrumpida por el parpadeo verde del contador en el regazo de Rodrigo.

—Conéctalo ya —ordenó Mateo, sacando una linterna táctica y alumbrando el rostro de su hermano.

Rodrigo llevó el conector del dispositivo a la cicatriz detrás de su oreja. Al contacto con el metal, una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal, paralizándole los músculos. El monitor del aparato emitió un pitido agudo y una barra de progreso comenzó a llenarse rápidamente.

Sin embargo, en lugar de estabilizar sus constantes vitales, una nueva serie de datos comenzó a desplegarse en la pantalla del dispositivo. No era una herramienta de calibración. Era un programa de extracción de datos.

Rodrigo intentó desenganchar el cable de su cabeza, pero sus brazos no respondieron; la descarga había bloqueado temporalmente sus funciones motoras. Mateo sonrió lentamente, una sonrisa fría y ajena que Rodrigo jamás le había visto.

—Gracias por recuperar el transceptor, hermano —susurró Mateo, acercándose para arrebatarle el cilindro metálico de la mano inerte—. El viejo creía que yo quería destruirte, pero en realidad solo necesitaba que abrieras el archivo cifrado con tu huella genética. Tu código es la llave para activar a los otros cincuenta que están almacenados bajo la ciudad.

El sonido de múltiples pasos metálicos resonó en la penumbra del túnel. Desde la oscuridad, decenas de figuras con rostros idénticos al de Rodrigo comenzaron a emerger, rodeando el vehículo con la mirada perdida y las luces azules de sus implantes parpadeando al unísono.

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