Parte 8։ Mateo enfrenta a su letal duplicado biológico en las alcantarillas antes de descubrir la oscura verdad sobre Elena en el Nivel B-4

Parte 8։ Mateo enfrenta a su letal duplicado biológico en las alcantarillas antes de descubrir la oscura verdad sobre Elena en el Nivel B-4

 Parte 8։ Mateo enfrenta a su letal duplicado biológico en las alcantarillas antes de descubrir la oscura verdad sobre Elena en el Nivel B-4

El impacto psicológico de ver su propio rostro al otro lado del cañón heló a Mateo por completo, sobrepasando incluso el latido sordo de su costilla rota. El duplicado no temblaba. Su postura era firme, la de un soldado entrenado durante años para ejecutar una orden sin margen de duda.
—No eres el primero en llegar a este nivel —continuó el hombre, manteniendo la mira fija en el entrecejo de Mateo mientras daba un paso lento sobre el barro—. Y si no te mueves rápido, tampoco serás el último en morir en estas alcantarillas. La Junta no fabrica réplicas de Elena para atraparnos, Mateo. Fabrica réplicas tuyas para asegurarse de que el código llegue intacto al reactor.
Mateo apretó los dientes, sosteniendo el cuerpo inerte del niño con la mano izquierda mientras su mano derecha buscaba el mango del cuchillo, oculto bajo la corriente de agua residual.
—Elena está viva en el nivel B-4 —dijo Mateo con la voz áspera, midiendo la distancia que los separaba—. El holograma del chico lo acaba de confirmar.
El desconocido dejó escapar una risa seca, desprovista de emoción.
—El holograma está programado para decirte exactamente lo que necesitas oír para seguir bajando. Yo vi a la verdadera Elena morir hace tres horas en la sala de contención, Mateo. Le borraron la memoria completa antes de arrojar su cuerpo al incinerador central.
Un escalofrío de rabia pura recorrió la columna de Mateo. Sin previo aviso, lanzó el cuerpo del niño androide directamente hacia el rostro de su doble. El movimiento tomó por sorpresa al agresor, quien desvió la pistola por una fracción de segundo para esquivar el impacto del androide. Mateo aprovechó ese instante para abalanzarse sobre él, hundiéndole el hombro en el estómago y estampándolo contra la pared de piedra del colector.
El arma del duplicado disparó a ciegas, perforando el techo de la tubería y provocando una lluvia de esquirlas de cemento. Mateo le sujetó la muñeca con ambas manos, forzando la articulación hasta escuchar un chasquido metálico. El hombre no gritó de dolor; en su lugar, un destello sintético brilló en el fondo de sus pupilas. No era humano. Era otro modelo biológico de alta precisión.
El doble le propinó un rodillazo feroz en el costado herido a Mateo. El dolor fue tan intenso que la visión de Mateo se volvió blanca durante un segundo, perdiendo el agarre de la muñeca. Su duplicado lo agarró por la pechera del chaleco, lo levantó del suelo con una fuerza descomunal y lo arrojó contra la reja de contención metálica.
El metal crujió con el impacto. Mateo cayó de rodillas sobre el agua, escupiendo sangre turbia. Su doble caminó hacia él con pasos deliberados, recogiendo la ampolla de nitrógeno líquido que había quedado flotando en la superficie.
—Tu código genético ya no es necesario —dijo el clon, levantando nuevamente la pistola—. Mi scanner ya absorbió la clave de tu antebrazo durante el contacto físico.
El clon apretó el gatillo.
Un chasquido metálico resonó en la galería, pero no hubo disparo. El arma se había encasquillado por el barro de la corriente.
Mateo no esperó una segunda oportunidad. Se impulsó desde el suelo y clavó el cuchillo de combate directamente en la cuenca del ojo derecho del clon. El metal atravesó el tejido orgánico fino y chocó contra el procesador central detrás de la órbita. El duplicado se paralizó de golpe; sus extremidades comenzaron a temblar convulsivamente mientras hilos de humo blanco y olor a plástico quemado salían por sus fosas nasales.
El clon cayó hacia adelante, arrastrando a Mateo al suelo. Agonizando, la criatura sujetó el brazo de Mateo con un agarre de hierro, clavando sus uñas sintéticas en la piel del antebrazo.
—El… nivel B-4… es una trampa de reinicio —logró articular el duplicado con una voz distorsionada y robótica—. No hay ningún reactor… El código que llevas… es la clave para activar la purga biológica de la ciudad…
Los ojos del clon se apagaron por completo y su cuerpo quedó rígido sobre la corriente. Mateo liberó su brazo del agarre del cadáver, respirando con dificultad mientras recogía la ampolla de nitrógeno que había caído a pocos centímetros de él.
Se puso en pie tambaleándose, apoyándose en la pared del túnel. La corriente subterránea comenzaba a ganar fuerza, arrastrando escombros más grandes desde los niveles superiores. La estructura del colector estaba colapsando. Mateo avanzó unos metros hacia la penumbra, arrastrando los pies hasta llegar a una pesada puerta de presión de acero con el símbolo del Nivel B-4 grabado en bajorrelieve.
A un lado de la escotilla, un panel de acceso biométrico parpadeaba con una luz roja intermitente. Mateo acercó la ampolla de nitrógeno al sensor para verificar su contenido. El líquido interior no era transparente; tenía una suspensión luminosa de nanobots plateados que reaccionaban a la proximidad de su piel.
Repentinamente, una voz resonó desde el altavoz del panel de acceso, pero no era la voz de la Junta ni la de la falsa Elena. Era la voz de un anciano, cansada y familiar.
—Has matado al modelo siete, Mateo —dijo la voz a través de la estática del intercomunicador—. Eso significa que tu libre albedrío sigue intacto. Abre la puerta. Ella te está esperando adentro… pero no como la recuerdas.
El panel emitió un pitido agudo y la luz roja cambió a un verde intenso. La pesada escotilla de acero comenzó a girar y a abrirse lentamente hacia adentro con un siseo de aire comprimido, revelando una sala totalmente a oscuras.
Mateo dio un paso hacia el umbral, iluminando el interior con la débil luz de su linterna. En el centro de la habitación, suspendida dentro de un enorme tanque de cristal lleno de un fluido gelatinoso, no había una sola Elena.
Había decenas de cuerpos de Elena flotando en hilera, todos conectados por mangueras a una gigantesca unidad central. Y en la plataforma frente al tanque, esperándolo de espaldas con un bisturí táctico en la mano, se encontraba la verdadera Elena, vistiendo el uniforme de la Directora Operativa de la Junta.
Ella se giró lentamente hacia él, revelando que la mitad de su rostro había sido reemplazada por una interfaz mecánica dorada.
—Bienvenido a casa, Mateo —dijo ella con una sonrisa gélida—. Tardaste más de lo previsto en traer tu propio reemplazo.

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