El aire pareció congelarse durante un segundo interminable mientras la gravedad comenzaba a reclamar el vagón. El metal crujió con un alarido ensordecedor y la estructura entera cayó en barrena hacia el abismo, envuelta en una lluvia de chispas y escarcha.
Elena no lo pensó. Llevada por un instinto que no le pertenecía a su memoria reciente, sino a la mujer implacable que sus recuerdos desbloqueados comenzaban a revelar, se lanzó sobre el niño. Lo envolvió con su propio cuerpo mientras el suelo se inclinaba violentamente en un ángulo vertical. A su lado, los cuerpos de Marcos y del anciano salieron despedidos hacia la pared del fondo del vagón, chocando con fuerza brutal contra los asientos metálicos.
El foco del helicóptero militar los siguió en la caída, atravesando la penumbra del desfiladero como una lanza de luz blanca. Antes de que el vagón colisionara contra el saliente rocoso que prometía destruirlos a todos, un cable de acero con un arpón neumático atravesó el techo del vagón con un estampido ensordecedor. El impacto del frenazo de emergencia fue tan devastador que la clavícula de Elena crujió, pero la caída libre se detuvo en seco, dejando la estructura balanceándose torpemente a apenas veinte metros de las rocas afiladas del fondo.
El silencio volvió a instaurarse, interrumpido solo por el ensordecedor batir de las hélices sobre sus cabezas y el goteo constante de combustible desde el techo roto.
Elena se levantó como pudo entre los destrozos, tosiendo por el humo denso. El niño permanecía de pie a su lado, completamente ileso, mirando la pared de roca con la misma frialdad inexpresiva. Al girarse, Elena vio a Marcos de rodillas sobre un charco de aceite y sangre, sujetándose el muñón de la mano perforada. A un metro de él, el anciano yacía inmóvil, con el cuello doblado en un ángulo antinatural tras el impacto del frenazo. Estaba muerto.
«Marcos…», articuló Elena, con la voz rota por el esfuerzo y el miedo. «Dime que lo que dijeron desde ese helicóptero es mentira. Mírame y dímelo».
Marcos levantó la vista lentamente. Ya no quedaba rastro del hombre cálido que la había protegido en la estación, ni del compañero atormentado que juraba buscar la verdad. Sus ojos, antes llenos de resolución, mostraban una frialdad ejecutiva que a Elena le provocó una náusea profunda.
«No puedo decírtelo, Elena», respondió él, manteniendo la voz extrañamente pausada a pesar de la hemorragia de su mano. «Porque fui yo quien firmó la orden de ejecución de tus padres hace diez años. Y tú estabas en la misma sala cuando lo hice, aprobando el presupuesto de la operación».
La revelación cayó sobre Elena con el peso de un bloque de hormigón. Dio un paso atrás, tropezando con el cadáver del anciano. La cabeza le daba vueltas; los recuerdos desconectados comenzaban a encajar como piezas de un rompecabezas sangriento. Ella no era una víctima a la que habían perseguido por azar. Ella había sido una de las arquitectas del Consejo antes de que la traicionaran y borraran su mente.
«Mentira…», susurró, negando con la cabeza. «¡Yo no soy como vosotros!».
«Lo eras», replicó Marcos, poniéndose en pie con dificultad y apoyando la espalda contra el lateral del vagón. «Y el niño que tienes al lado no es un sujeto de prueba. Es la clave genética para acceder a la reserva estratégica que tú misma ocultaste antes de que te administráramos el protocolo de amnesia. Nos usaste a todos, Elena. Al anciano, a mí… e incluso a la mujer que agoniza ahí dentro y que creías que era tu hermana».
De repente, un cable de descenso se descolgó desde la compuerta del helicóptero. Un soldado equipado con traje táctico de asalto y casco opaco descendió rápidamente, aterrizando sobre el borde inestable de la plataforma. Sin pronunciar una palabra, el soldado apuntó con un subfusil con silenciador directamente a la cabeza de Marcos.
«Sujeto B neutralizado», dijo el soldado por la radio de su casco. «Procediendo a la extracción de la Directora y del activo».
Marcos no intentó defenderse ni huir. Miró a Elena con una sonrisa amarga y ensangrentada. «Crees que te están salvando, Elena… pero ese soldado no trabaja para el gobierno. Tampoco trabaja para la corporación».
El soldado apretó el gatillo. Un disparo sordo atravesó el tórax de Marcos, quien cayó hacia atrás, despeñándose finalmente por el borde del vagón hacia la oscuridad del desfiladero.
Elena ahogó un grito y dio un salto instintivo hacia atrás, protegiendo al niño tras sus espaldas. El soldado giró el cañón de su arma hacia ella, pero no disparó. Con un gesto lento, se llevó la mano al casco y se desabrochó el seguro, retirándoselo para revelar su rostro.
Elena sintió que el corazón se le detenía por completo.
Frente a ella, vistiendo el equipo de asalto y mirándola con unos ojos idénticos a los suyos, estaba la propia Elena.
«Hola, versión dos», dijo la mujer con la misma voz de Elena, mostrando una cicatriz quirúrgica que le recorría el lateral del cuello. «Llegas justo a tiempo para la fase final del experimento».