Parte 7։ Tras enfrentarse al Sujeto Cero y descubrir que su vida es una simulación para la creación de un contenedor, Sebastián logra abrir una bóveda secreta solo para hallar su propio cuerpo en coma y presenciar cómo la chica que lo acompaña comienza a deformarse frente a la verdadera mentora de la instalación

Parte 7։ Tras enfrentarse al Sujeto Cero y descubrir que su vida es una simulación para la creación de un contenedor, Sebastián logra abrir una bóveda secreta solo para hallar su propio cuerpo en coma y presenciar cómo la chica que lo acompaña comienza a deformarse frente a la verdadera mentora de la instalación

 Parte 7։ Tras enfrentarse al Sujeto Cero y descubrir que su vida es una simulación para la creación de un contenedor, Sebastián logra abrir una bóveda secreta solo para hallar su propio cuerpo en coma y presenciar cómo la chica que lo acompaña comienza a deformarse frente a la verdadera mentora de la instalación

La mirada del recién llegado era una copia fiel de la de Sebastián, pero desprovista de cualquier atisbo de duda. Sostenía el reloj de bolsillo como si fuera un trofeo, dejando que la sangre espesa goteara lentamente sobre la rejilla de metal. La temperatura en la pasarela cayó drásticamente a medida que el vapor verdoso de ácido rodeaba sus siluetas, corroyendo las barandillas a pasos agigantados.

—Llegas tarde —dijo la réplica de Sebastián, con una voz que resonó idéntica a la suya, aunque cargada de un eco frío e impersonal—. Él me liberó primero.

El hombre de la verde oliva reaccionó al instante, alzando su arma automática para apuntar directamente a la cabeza del intruso.

—¡No te muevas! —gritó el veterano, con los nudillos blancos alrededor del empuñadura—. ¡Sebastián, no lo escuches! ¡Es el Sujeto Cero!

Antes de que el hombre pudiera apretar el gatillo, el Sujeto Cero se movió a una velocidad que desafiaba la física. En un parpadeo, acortó la distancia de diez metros, sujetó el cañón del fusil con la mano desnuda y lo dobló hacia arriba como si fuera de cera blanda. El impacto del codo del doble contra el tórax del soldado resonó con el chasquido seco de varias costillas rompiéndose. El hombre de la verde oliva salió despedido hacia atrás, chocando contra la pared de concreto antes de desplomarse, inconsciente, a pocos centímetros del borde del abismo.

La chica del bob ahogó un grito y sacó una navaja táctica del cinturón del soldado lesionado, interponiéndose entre el impostor y Sebastián.

—Aléjate de él —amenazó ella, aunque sus manos temblaban violentamente al notar el brillo azul que se intensificaba en los ojos del atacante.

El Sujeto Cero ni siquiera la miró. Le bastó un leve manotazo para desviarla, enviándola a rodar por el suelo helado. Sebastián sintió cómo un torrente de adrenalina pura inundaba sus venas. La luz azul de sus propios ojos destelló con más fuerza, e impulsado por el instinto de protección, se lanzó contra su propio rostro.

Ambos cuerpos colisionaron con una fuerza brutal. Sebastián sujetó al Sujeto Cero por el cuello, estampándolo contra el panel de control de la pasarela. Los monitores sobrevivientes se fracturaron bajo la presión, soltando chispas eléctricas que iluminaron la penumbra. El duplicado no pareció sentir dolor; en su lugar, soltó una carcajada ahogada que heló la sangre de Sebastián.

—¿Sientes la fuerza, verdad? —susurró el Sujeto Cero, atrapando las muñecas de Sebastián para liberarse con sorprendente facilidad—. Crees que esa energía es tuya. Crees que estás tomando tus propias decisiones.

Con un giro rápido, el Sujeto Cero invirtió las posiciones, estrellando a Sebastián de espaldas contra la barandilla desgastada. La estructura de metal cedió con un crujido ominoso sobre la fosa que continuaba llenándose del fluido tóxico.

—Nosotros no somos los salvadores de esta historia, Sebastián —continuó el intruso, acercando su rostro hasta que apenas un centímetro los separó—. Éramos el contenedor. Él necesitaba un cuerpo que resistiera la mutación completa para poder transferir su conciencia antes de que el tumor lo matara. Por eso creó cientos de nosotros.

Sebastián apretó los dientes, intentando zafarse del agarre de acero de su doble.

—Mentira… —logró decir Sebastián, mientras sentía cómo el metal detrás de su espalda continuaba dobles por el peso de ambos—. Mi abuelo me protegió…

—Tu «abuelo» era el científico original —interrumpió el Sujeto Cero, clavando sus dedos en los hombros de Sebastián con una presión que le hizo sofocar un gemido de dolor—. El hombre que nos dio forma. Pero hace veinte años, cuando descubrió que el proceso requería sacrificarnos uno a uno, intentó escapar con el primer modelo viable: conmigo. Falló. Lo capturaron, borraron su memoria y lo mantuvieron sedado en este laboratorio como un experimento más. Tu vida entera en la superficie fue solo una simulación para monitorear el desarrollo de la enzima en tu sangre.

Un estallido retumbó en lo alto de la estructura. El techo del nivel superior comenzó a ceder en grandes bloques de hormigón. Arriba, en la pasarela más alta, el hombre con el rostro del abuelo los observaba fríamente desde detrás de un cristal blindado, sosteniendo un detonador remoto en la mano.

—El tiempo se acabó —dijo el Sujeto Cero, relajando de golpe su agarre sobre Sebastián—. Él va a sellar el complejo ahora mismo. Pero solo uno de los dos puede llevar la enzima pura en la sangre para abrir la bóveda principal antes de la detonación.

Sin previo aviso, el Sujeto Cero deslizó el reloj de bolsillo de sangre en el bolsillo de la chaqueta de Sebastián. Acto seguido, en lugar de atacar, el clon se impulsó hacia atrás y se dejó caer voluntariamente al vacío del pozo tóxico, desapareciendo en medio de la penumbra rojiza antes de que Sebastián pudiera reaccionar.

—¡Sebastián, muévete! —el grito de la chica del bob lo sacó del estado de shock.

Ella ya había logrado arrastrar al hombre de la verde oliva hacia el túnel de evacuación posterior, cuya puerta de emergencia empezaba a bajarse lentamente por el sistema de cierre automático. Sebastián se puso de pie, tambaleándose por el desgaste de la transformación, y corrió a toda velocidad hacia la abertura.

Deslizándose por debajo del portón de metal justo medio segundo antes de que se secara de golpe contra el suelo, Sebastián quedó a oscuras junto a la chica y al soldado herido. El estruendo de la explosión principal ensordeció sus oídos desde el otro lado de la barrera blindada, haciendo temblar el estrecho túnel de hormigón por el que avanzaban.

Caminaron a tientas durante varios minutos por el pasadizo en penumbra, siguiendo la tenue luz azul que emanaba de la propia piel de Sebastián, hasta llegar a una intersección bloqueada por una puerta esférica de acero macizo. En el centro de la puerta no había un teclado de acceso ni una cerradura convencional, sino una cavidad circular del tamaño exacto del reloj del abuelo.

Con las manos temblorosas, Sebastián sacó el reloj ensangrentado que su clon le había entregado. Al limpiarlo contra su pantalón, notó algo que no había visto antes: las agujas de metal no marcaban la hora; giran en sentido contrario a toda velocidad, deteniéndose en números que no pertenecían a un reloj común.

Sintiendo la mirada aterrorizada pero expectante de la chica del bob a su lado, Sebastián encajó el reloj en el mecanismo de la puerta.

El metal crujió. Un resplandor dorado iluminó las rendijas del túnel y la pesada escotilla giró sobre su eje, abriéndose lentamente hacia el interior. Pero al mirar hacia el otro lado de la estancia iluminada, la respiración de Sebastián se detuvo por completo.

La habitación detrás de la puerta blindada no era una salida ni un refugio de evacuación. Era una sala médica perfectamente pulcra e iluminada por potentes reflectores blancos. En el centro, sobre una camilla rodeada de monitores cardíacos que emitían un pitido constante, yacía el verdadero cuerpo de Sebastián, sumido en un coma profundo y conectado a decenas de mangueras de soporte vital.

Y junto a la camilla, de pie con un bisturí en la mano, la chica del bob los esperaba con una sonrisa helada, vistiendo una bata blanca de laboratorio idéntica a la que llevaba la mujer de la gabardina. Sebastián giró lentamente la cabeza para mirar a la chica que había estado caminando a su lado durante toda la huida, solo para ver cómo su rostro comenzaba a distorsionarse y derretirse bajo la fría luz del pasillo.

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