Parte 7: Atrapada en el subterráneo tras sufrir una traición, Sofía Vance descubre una oscura verdad sobre su pasado y el inquietante origen de su supuesto hijo

Parte 7: Atrapada en el subterráneo tras sufrir una traición, Sofía Vance descubre una oscura verdad sobre su pasado y el inquietante origen de su supuesto hijo

 Parte 7: Atrapada en el subterráneo tras sufrir una traición, Sofía Vance descubre una oscura verdad sobre su pasado y el inquietante origen de su supuesto hijo

El viento violento de la caída le cortó la respiración antes de que el suelo impactara con una fuerza brutal contra su costado. Sofía rodó sobre el concreto roto entre el polvo denso, el fuego y los escombros que caían a su alrededor como una lluvia de metralla. El dolor eléctrico en sus costillas le robó el aire, pero la adrenalina la obligó a arrastrarse hacia la sombra de una columna destruida para protegerse del derrumbe.

A través del velo de humo, la figura del impostor no descendió tras ella. Las llamas en el nivel superior enmarcaron su silueta en la brecha del techo mientras arrojaba el dispositivo de modulación de voz al vacío.

—Gracias por abrir la puerta del subterráneo, Sofía —resonó la voz del falso Marcus desde la altura, amortiguada por el crepitar del fuego—. Julián te envía sus saludos.

Un segundo detonador sonó en la distancia, y una compuerta metálica cayó con un impacto sísmico, sellando la brecha del techo y dejando el sótano sumido en una penumbra sofocante iluminada solo por parpadeos de luz de emergencia.

Sofía tosió, ahogándose con el polvo picante. Se tocó el costado, sintiendo la tibieza de la sangre colándose por su ropa táctica, pero apretó los dientes y recuperó su arma del suelo. El silencio que siguió al derrumbe era inquietante, roto únicamente por el goteo constante de un tubo roto y un zumbido electromagnético que hacía vibrar las suelas de sus botas.

Se puso en pie apoyándose contra la pared fría de hormigón. El pasillo subterráneo se extendía hacia la oscuridad, marcado por líneas amarillas pintadas en el suelo que conducían a una puerta de acero reforzado con un letrero grabado: PROTOTIPO ALPHA — ACCESO RESTRINGIDO.

Sacó su linterna táctica y la encendió. Al iluminar la puerta, notó que el panel de acceso biométrico ya estaba encendido y con la huella de alguien marcada en sangre fresca. No era sangre seca; las gotas aún resbalaban por el cristal óptico.

Un gemido débil llegó desde el otro lado de la puerta.

Sofía avanzó con el corazón martilleándole en el pecho, la linterna en una mano y el arma apuntando al frente. Apoyó la mano sana sobre el sensor manchado y la pantalla parpadeó en verde.

Acceso concedido: Dra. Sofía Vance.

El mecanismo de cierre giró con un sonido pesado y la puerta blindada se abrió de par en par. La escena dentro de la cámara de experimentación congeló a Sofía en su lugar.

No había ningún laboratorio sofisticado ni servidor de datos. En el centro de la sala circular, dentro de una cápsula de cristal reforzado, estaba sentado un niño. Vestía la misma chaqueta roja, pero estaba de espaldas, conectado a una serie de monitores médicos que registraban impulsos cerebrales en tiempo real.

Y frente a la cápsula, tirado en el suelo en un charco de sangre, yacía el verdadero Julián.

Sofía se acercó despacio, con el arma firme. Julián presionaba una herida profunda en su abdomen, respirando con dificultad. Sus ojos llenos de pánico se fijaron en ella al verla entrar.

—Sofía… —susurró él, con los labios manchados de rojo—. No me mires a mí… mira la pantalla…

—¿Dónde está mi hijo? —exigió ella, arrodillándose a un metro de él sin bajar el pistola—. ¿Quién es el niño de la cápsula?

—Tú nunca… nunca tuviste un hijo —tosió Julián, señalando con un dedo tembloroso la terminal principal que mostraba un historial clínico fechado hace diez años—. La criatura que ves ahí no es tu hijo. Es el molde genético del que borramos tus recuerdos. Tú fuiste la primera prueba del prototipo.

Un escalofrío helado recorrió la espina dorsal de Sofía. Antes de que pudiera procesar la revelación, el niño dentro de la cápsula de cristal giró lentamente la cabeza.

El rostro del pequeño era completamente liso, sin ojos, sin nariz y sin boca, sustituidos por un panel digital que parpadeó en azul y proyectó la voz exacta de Sofía en el aire:

—Bienvenida a casa, mamá. El reinicio del sistema ha comenzado.

Un pitido agudo comenzó a acelerarse desde la cápsula y las puertas de la cámara subterránea comenzaron a sellarse herméticamente desde afuera.

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