Parte 6։ Un joven sintético descubre su naturaleza artificial y lucha por huir junto a un misterioso doctor mientras una peligrosa conciencia robótica toma el control de su cuerpo
El chico sintió cómo un frío paralizante le recorría la espina dorsal al ver a la mujer rubia ponerse en pie sobre la mesa de acero. Sus ojos, antes llenos de la fiereza de un animal acorralado, ahora permanecían completamente en blanco, carentes de cualquier vestigio de humanidad. Los orificios de bala en su pecho supuraban el mismo líquido transparente y brillante que continuaba brotando del hombro descompuesto del joven, tejiendo la carne con una precisión mecánica horripilante.
—Ella nunca estuvo viva, ¿verdad? —susurró el chico, tratando de liberarse del agarre de su doble, pero los dedos de su clon eran como tenazas de hierro forjado.
El hombre de la cicatriz no respondió. En lugar de eso, presionó dos dedos contra la yugular del chico, justo donde los hilos de fibra sintética comenzaban a ramificarse hacia su garganta. Un chispazo azulado saltó entre sus pieles, y la visión del joven se inundó de líneas de código estáticas que parpadeaban violentamente sobre la penumbra de la sala.
—Ninguno de los dos lo estuvo jamás —dijo el hombre de la cicatriz, arrastrándolo hacia el umbral de la celda mientras el gas verdoso comenzaba a condensarse en el suelo como una alfombra de hielo—. Pero tú tienes la secuencia completa del núcleo. Lo que hay en tu hombro no es un defecto de fabricación, es la llave.
A espaldas de ambos, la mujer rubia descendió de la mesa con un paso rítmico y pesado. Sus extremidades se movían con una rigidez antinatural, emiticoles chasquidos secos a cada paso, como si sus articulaciones estuvieran compuestas de engranajes mal lubricados. Extendió un brazo hacia el suelo, recogió el bisturí ensangrentado y comenzó a caminar directamente hacia ellos.
El chico del sudaderón amarillo intentó plantar los pies contra el concreto, pero la debilidad de su cuerpo sintético le traicionaba. —¡Déjame ir! ¡Si somos lo mismo, ayúdame a salir de aquí!
El doble de la cicatriz dejó escapar una risa amarga y carente de humor. —No hay salida para el número diez. Solo hay transferencia.
De pronto, el techo del pasillo cedió con un estruendo ensordecedor. Toneladas de escombros y tierra cayeron entre la celda y el corredor principal, bloqueando el avance de la mujer rubia y sepultándola bajo una montaña de piedras y tubos de metal retorcidos. El polvo denso ahogó la estancia, reduciendo la visibilidad a apenas unos centímetros.
Entre la humareda, una mano enguantada surgió de la nada y sujetó con fuerza el muñón ensangrentado del hombre de la cicatriz.
Un disparo sordo atravesó la niebla. El hombre de la cicatriz soltó un alarido de dolor cuando una detonación le destrozó la rodilla, obligándolo a hincarse sobre el suelo cubierto de líquido transparente.
—Suéltalo, clon de mierda —resonó una voz grave y raspada entre el polvo.
El chico del sudaderón cayó de rodillas, tosiendo violentamente mientras los filamentos de su hombro intentaban reconectarse desesperadamente para detener el dolor. Levantó la vista a través de la densa cortina de escombros y vio a una figura alta embozada en un abrigo de cuero desgastado, sosteniendo un revólver de cañón largo aún humeante.
La figura se agachó y le ofreció la mano. Cuando la luz de la alarma de emergencia iluminó la mitad de su rostro, el chico ahogó un grito de pura incredulidad. Era el doctor. El mismo hombre anciano que aparecía en los recuerdos de la biblioteca en 1988, exactamente con la misma edad, sin una sola arruga nueva en su piel, lucía exactamente igual que en la imagen que el chico acababa de recibir en su cerebro.
—Doctor… —balbuceó el joven, retrocediendo un centímetro sobre sus manos—. Usted… usted murió en el incendio. Yo lo vi en la memoria.
—Lo que viste fue la simulación que implantaron en tu disco cerebral para que no buscaras la verdad —dijo el anciano, tirando del chico con una fuerza insospechada para ponerlo en pie—. No hay tiempo. El sistema de autodestrucción no es de la celda, es de la ciudad entera.
El hombre de la cicatriz, desde el suelo, comenzó a reír rígidamente mientras la carne sintética de su pierna destrozada empezaba a fusionarse a una velocidad alarmante. —Llegas tarde, viejo. El patrón ya se descargó en su lóbulo frontal. En tres minutos, la conciencia del Sujeto Cero tomará el control total de su cuerpo y destruirá todo lo que construiste.
El doctor no perdió un segundo. Sacó del interior de su abrigo una jeringa de metal cargada con un fluido negro como la tinta y la clavó directamente en el cuello del chico del sudaderón amarillo.
Un dolor abrasador, diez veces más intenso que el de la bala, recorrió el sistema nervioso del joven. Sentía cómo las venas de su cuerpo se congelaban al instante, mientras las líneas geométricas de su visión comenzaban a fragmentarse y caer en la oscuridad. Sus piernas fallaron y cayó desplomado contra el pecho del anciano.
El doctor lo cargó sobre su hombro y echó a correr por el túnel colapsado, esquivando las vigas de hierro que continuaban cayendo desde el techo. A sus espaldas, la montaña de escombros comenzó a moverse violentamente; la mano de la mujer rubia emergió entre las piedras con un crujido metálico implacable.
Llegaron al final del pasillo, donde un ascensor industrial oxidado permanecía con las puertas de reja abiertas. El anciano arrojó al chico dentro, presionó el botón del piso superior y jaló la palanca de emergencia. Los cables de acero chillaron mientras la plataforma comenzaba a subir a toda velocidad hacia la superficie.
El chico, medio inconsciente en el suelo del ascensor, veía cómo el doctor sacaba una navaja de afeitar de su bolsillo con manos temblorosas.
—¿Qué… qué me hizo? —susurró el chico, apenas capaz de mover los labios mientras la parálisis se apoderaba de su rostro.
El anciano lo miró con una mezcla de piedad y terror absoluto. —Te salvé la vida, hijo. Pero para asegurarme de que el Sujeto Cero no despierte, tengo que extraer el microchip que te pusieron en la retina.
El doctor se inclinó sobre él, abrió de par en par el ojo izquierdo del joven con dos dedos rígidos y acerco la hoja afilada de la navaja directamente a su pupila.
Antes de que la cuchilla tocara la superficie del ojo, las luces del ascensor se apagaron por completo y la plataforma se detuvo en seco con un frenazo brutal que los arrojó contra el suelo. En la oscuridad absoluta, una voz infantil volvió a sonar, pero esta vez no venía de un altavoz, sino desde el interior de la propia garganta del chico.
—Demasiado tarde, doctor. Ya estoy despierta.