Parte 6: Sofía cae al vacío tras ser emboscada por un falso Marcus en un edificio al borde del colapso

Parte 6: Sofía cae al vacío tras ser emboscada por un falso Marcus en un edificio al borde del colapso

 Parte 6: Sofía cae al vacío tras ser emboscada por un falso Marcus en un edificio al borde del colapso

El aire dentro de la habitación se volvió sofocante al instante. Las luces del techo comenzaron a parpadear en un tono rojo de emergencia mientras el siseo del sistema de sellado hermético resonaba por las paredes. El mecanismo blindado no solo había bloqueado la puerta principal; gruesas planchas de acero descendieron sobre la ventana destrozada, cortando de golpe la vista hacia el callejón y dejando a Sofía y a Marcus atrapados en la oscuridad.

—¡Nos encerró desde afuera! —gritó Marcus, abalanzándose sobre el panel digital junto a la puerta y tecleando con frenesí una secuencia de códigos que solo devolvía pitidos de error—. Julián tenía el control del edificio desde el principio.

Sofía no escuchaba las maldiciones de Marcus. En su mente solo se repetía la imagen que acababa de ver desde la ventana: su hijo, o lo que parecía ser él, caminando por su propia voluntad de la mano del hombre que juró destruirlos. La duda la paralizaba. Si el niño del abrigo rojo estaba abajo con Julián, ¿quién estaba en la azotea dentro del helicóptero? ¿Y qué había en la cámara subterránea?

Un chasquido seco proveniente del conducto de ventilación hizo que ambos se congelaran. Un vapor blanquecino y denso comenzó a brotar a presión, expandiéndose con rapidez por el suelo de la estancia.

—Gas adormecedor —advirtió Marcus, cubriéndose la boca con la manga de su chaqueta—. Quieren dejarnos fuera de combate antes de que la despresurización del sótano sea irreversible. Tenemos menos de treinta segundos antes de perder el conocimiento.

Sofía reaccionó por instinto. Sacó el arma de su cinturón, apuntó sin dudarlo al centro del panel de control de la puerta y vació la mitad del cargador sobre la placa de circuitos. Las chispas saltaron violentamente en todas direcciones. El sistema electrónico colapsó y, con un gemido metálico, los cerrojos hidráulicos cedieron unos centímetros.

Marcus usó todo su peso para palanquear la puerta pesada hasta abrir un hueco lo suficientemente ancho para que ambos se escurrieran hacia el pasillo. El aire del pasadizo estaba lleno de humo y el eco de las sirenas era ensordecedor.

—¡Tenemos que subir a la azotea! —gritó Marcus, señalando las escaleras de servicio—. Si el helicóptero despega, perderemos la pista del prototipo.

—No —respondió Sofía con firmeza, empuñando el arma con ambas manos mientras avanzaba hacia el hueco del ascensor—. Julián nos quería distraídos con el helicóptero. El niño que vi abajo tenía la marca en el abrigo que solo yo conocía. Voy al subterráneo.

—¡Si bajas ahí, te estás atrapando sola en una tumba de vacío! —Marcus la tomó del brazo para detenerla, pero Sofía lo empujó contra la pared con una fuerza nacida de la pura desesperación.

En ese preciso instante, la pantalla del transmisor que Marcus llevaba en la mano comenzó a emitir una señal de audio en directo. No era una llamada; era un micrófono ambiental abierto. A través del altavoz rasposo, se escuchó una respiración agitada y luego la voz de un niño, clara y aterrorizada:

—Mamá… no le creas al hombre que está contigo. Él no es Marcus.

Sofía se petrificó. La sangre se le heló en las venas mientras giraba lentamente la cabeza para mirar al hombre que estaba a su lado.

El rostro de «Marcus» perdió toda la urgencia y el sudor que lo cubrían hace un segundo. Una sonrisa helada y carente de emociones se dibujó en sus labios. Con una lentitud calculada, el hombre metió la mano dentro de su chaleco táctico, dejando ver un pequeño detonador remoto pegado a su muñeca.

—Llegas tarde a la deducción, Sofía —murmuró él, con una voz que ya no era la del agente de la Interpol, sino una modulada digitalmente—. El verdadero Marcus murió hace tres horas en el aeropuerto.

Antes de que Sofía pudiera apretar el gatillo, el impostor presionó el botón amarillo del transmisor.

Un estallido ensordecedor retumbó justo debajo de sus pies. El suelo del pasillo se fracturó en mil pedazos y la estructura colapsó por completo, tragándose a Sofía en una caída libre hacia la oscuridad del sótano mientras las llamas devoraban la planta superior.

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