Parte 6: Sebastián desata su fuerza sobrehumana tras sobrevivir al líquido tóxico y descubre la oscura verdad sobre las criaturas, su abuelo y su propio creador mientras un doble idéntico bloquea su huida

Parte 6: Sebastián desata su fuerza sobrehumana tras sobrevivir al líquido tóxico y descubre la oscura verdad sobre las criaturas, su abuelo y su propio creador mientras un doble idéntico bloquea su huida

 Parte 6: Sebastián desata su fuerza sobrehumana tras sobrevivir al líquido tóxico y descubre la oscura verdad sobre las criaturas, su abuelo y su propio creador mientras un doble idéntico bloquea su huida

El impacto contra el líquido denso y helado cortó la respiración de Sebastián, hundiéndolo en una penumbra rojiza que le quemaba los ojos y la piel. La viscosidad de la sustancia amortiguó la caída, pero el peso del agua amenazaba con arrastrarlo hacia las profundidades del pozo donde las decenas de cápsulas permanecían alineadas. Desesperado, pataleó hacia la superficie, emergiendo justo a tiempo para ver cómo la estructura metálica que acababa de colapsar se retorcía bajo el impulso de una masa oscura que emergía de las aguas: la mujer de la gabardina ya no poseía rasgo humano alguno; sus extremidades se habían alargado en ángulos imposibles y su piel exudaba la misma luz dorada que amenazaba con consumir el lugar.

Con los pulmones ardiendo por la mezcla de vapor carmesí y aire enrarecido, Sebastián nadó hacia el borde de concreto de una de las plataformas sumergidas. A escasos metros, entre el vapor espeso, la criatura que antes lo llamara por su nombre luchaba contra la forma mutada de la mujer. Ambas bestias se desgarraban con una ferocidad ciega, un choque de masa biológica y tecnología prohibida que hacía vibrar las paredes de la instalación.

—¡Sebastián! —el grito ahogado resonó desde arriba.

Al levantar la vista, el joven vio a la chica del bob sujetándose de una tubería expuesta mientras el hombre de la verde oliva intentaba fijar un punto de anclaje para volver a bajar. Sin embargo, detrás de ellos, proyectada contra la pared por la luz de las explosiones, la silueta del falso abuelo se recortaba en la entrada superior. El hombre no estaba solo; dos figuras armadas con trajes de aislamiento táctico avanzaban a sus espaldas, apuntando directamente hacia la cuerda de rescate.

El chico de la mezclilla no tuvo tiempo de advertirles. Un latigazo de la criatura femenina impactó contra la plataforma donde él intentaba escalar, fracturando el bloque de hormigón y lanzándolo de nuevo al fluido abrasador. Al sumergirse, el agua carmesí penetró por la herida abierta de su brazo. Sebastián esperó el dolor agónico de la mutación que el hombre de la verde oliva había advertido, pero en lugar de eso, una frialdad absoluta se extendió desde su hombro hacia el corazón. Su visión, antes borrosa por el líquido tóxico, se aclaró de golpe: ahora podía ver con nitidez absoluta en la penumbra del agua, distinguiendo los patrones lumínicos que recorrían cada una de las cápsulas subterráneas.

En el fondo del foso, una de las incubadoras no contenía a un clon dormido. La escotilla de esa cápsula en particular estaba abierta desde el interior, y sobre el panel de control sumergido parpadeaba una inscripción digital en letras rojas: SUJETO CERO: LIBERADO HACE 00:04:12.

Sebastián emergió a la superficie de un salto impulsado por una fuerza que no reconocía como propia. Se agarró a una rejilla metálica y ascendió por la pared vertical con una agilidad pasmosa, sintiendo cómo los músculos de sus piernas y espalda respondían con una potencia sobrehumana. La sustancia dorada de la jeringa no era un veneno; era el catalizador que la voz de la grabadora había mencionado, y el contacto de la mezcla carmesí con su propia sangre acababa de activar algo que había permanecido dormido en su sistema durante toda su vida.

Arriba, la chica del bob logró esquivar el primer disparo de los guardias del impostor, pero el impacto de una granada aturdidora cerca de su posición la hizo perder el agarre. Cayó en picado hacia el abismo.

Moviéndose por puro instinto, Sebastián se lanzó al vacío desde la rejilla, interceptando el cuerpo de la chica en el aire. Ambos cayeron fuertemente sobre una pasarela intermedia de mantenimiento. La chica, pálida y temblando por el impacto, lo miró fijamente a los ojos; las pupilas de Sebastián ya no eran marrones, sino de un azul luminiscente que reverberaba en la oscuridad.

—Tus ojos… —alcanzó a musitar ella, retrocediendo un centímetro por el impacto visual.

—Estoy bien, no dejes que te toque el vapor —dijo él, levantándola con un solo brazo sin hacer el menor esfuerzo—. Tenemos que salir de aquí antes de que el Sujeto Cero empiece a buscar lo que vino a recuperar.

El hombre de la verde oliva descendió de un salto junto a ellos, cubierto de hollín y con el rostro ensangrentado. Sostenía en la mano un disco duro extraído de la consola principal que chorreaba el mismo líquido dorado.

—No hay salida por arriba —sentenció el hombre, bajando la voz mientras el eco de los rugidos de las dos criaturas resoplaba en el fondo del pozo—. El tipo que tiene la cara de tu abuelo cerró las compuertas de presión. Va a inundar este nivel con el ácido de las tuberías secundarias en menos de dos minutos para borrar la evidencia.

—¿Quién es él realmente? —exigió saber Sebastián, sujetando al hombre por el chaleco táctico con una fuerza que hizo crujir la lona del equipo—. ¡Dímelo ya! ¡Tiene su rostro, tiene su reloj!

El hombre de la verde oliva miró la mano del muchacho sobre su pecho, sorprendido por la fuerza sobrehumana del joven, y luego fijó la vista en el foso.

—Ese hombre bajo la lluvia no es un clon de tu abuelo, Sebastián —dijo con la voz cortada por el pánico—. Tu abuelo nunca fue el científico que diseñó este lugar. Tu abuelo era el Prototipo Cero. Y el hombre que está arriba activando la secuencia de destrucción… es el verdadero creador de todos ustedes.

Un estruendo ensordecedor ahogó sus palabras cuando las paredes del pozo comenzaron a fisurarse, dejando salir chorros de un vapor verdoso que fundía el metal al simple contacto. Pero antes de que pudieran dar un solo paso hacia el túnel de evacuación, la puerta de acceso posterior de la pasarela se voló hacia adentro por una onda expansiva.

De entre la densa humareda no salió un monstruo ni un soldado armado. Caminó despacio una figura vestida con ropa de calle idéntica a la que llevaba Sebastián, con el mismo rostro, la misma cicatriz en la mejilla y la misma luz azul abrasadora ardiendo en sus pupilas. El individuo se detuvo, miró a Sebastián a los ojos, y sonrió mientras mostraba entre sus dedos el reloj de bolsillo del abuelo, marchito y cubierto de sangre fresca.

Related articles

Recommended Video

Video