Parte 6: Elena rescata a su padre del océano y descubre que es la última base de datos biológica del proyecto Génesis antes de ser ayudada por un misterioso desconocido que revela que su padre era solo un clon

Parte 6: Elena rescata a su padre del océano y descubre que es la última base de datos biológica del proyecto Génesis antes de ser ayudada por un misterioso desconocido que revela que su padre era solo un clon

 Parte 6: Elena rescata a su padre del océano y descubre que es la última base de datos biológica del proyecto Génesis antes de ser ayudada por un misterioso desconocido que revela que su padre era solo un clon

El impacto contra la superficie helada del océano fue como golpear un muro de concreto. El agua salada le llenó la boca y las fosas nasales, quemándole los pulmones mientras la corriente del acantilado la arrastraba irremediablemente hacia el fondo. En la penumbra marina, Elena abrió los ojos de golpe; el dolor punzante en la base de su cuello regresó con una intensidad brutal, pero esta vez, en lugar de paralizarla, la descarga térmica que recorría su columna vertebral iluminó la oscuridad del agua con un tenue resplandor azulino que emanaba de su propia piel.

A pocos metros por debajo de ella, la figura de Alejandro se hundía inerte, envuelta en una estela de pequeñas burbujas. Elena pataleó con una fuerza sobrehumana, rompiendo la resistencia del mar para alcanzarlo. Le sujetó el chaleco por la espalda y comenzó a nadar hacia la superficie con brazadas desesperadas. La luz de las bengalas rojas lanzadas desde la cornisa por los hombres tácticos cruzaba el agua como lanzas de fuego, pero la corriente de resaca la empujó oportunamente hacia la sombra protectora de una grieta entre las rocas del acantilado.

Salió a la superficie jadeando violently, arrastrando el cuerpo inconsciente de su padre sobre una plataforma de piedra resbaladiza oculta bajo la entrada de una caverna marina. El aire dentro de la gruta era glacial.

—Papá… por favor, despierta —suplicó Elena, presionando rítmicamente el tórax de Alejandro con las manos temblorosas.

Tras tres compresiones, Alejandro expulsó una gran cantidad de agua de los pulmones, tosiendo con violencia mientras sus ojos se abrían de par en par. Estaba pálido, y las venas de su cuello lucían marcadas con un tono azulado ominoso, fruto del veneno del dardo o del proyectil eléctrico.

—Elena… —susurró él, apenas capaz de mover los labios—. No debiste… saltar.

—No iba a dejarte morir —respondió ella con firmeza, sacando rápidamente del bolsillo interior del saco de su padre el pequeño estuche metálico que contenía el microfilme—. Me dijiste que introdujiste algo en mi espina dorsal. ¿De qué hablas? ¿Qué me hiciste, Alejandro?

Alejandro la miró con una mezcla desgarradora de culpa y ternura. Levantó una mano temblorosa y le tocó la mejilla a su hija.

—No fui yo quien te lo puso… fui yo quien te lo salvó —murmuró él, esforzándose por mantener la lucidez—. El proyecto Génesis no buscaba clonar humanos. Buscaba almacenar la memoria colectiva y la secuencia genética de la red original en un huésped vivo. Tú no eres un experimento, Elena… tú eres la única base de datos biológica que queda en el mundo. La mujer… la que se parece a tu madre… es la interfaz de control que destruyó la instalación principal hace doce años.

Un eco distorsionado resonó en las paredes de la cueva. El chapoteo de botas pesadas sobre el agua salada anunció que la patrulla táctica había descendido por las rocas y se adentraba en las cavidades del acantilado.

—Se están acercando —dijo Elena, poniéndose de pie e intentando levantar a su padre.

—Escúchame bien —la interrumpió Alejandro, sujetándola con la poca fuerza que le quedaba en los dedos—. El microfilme contiene las coordenadas del laboratorio Alfa en la costa norte. Si colocas la llave en el servidor central… podrás sobrescribir el sistema y desactivar a las unidades de control. Pero tienes que dejarme aquí. Soy un lastre y mi corazón está fallando.

—¡No voy a dejarte! —exclamó ella, sintiendo cómo las lágrimas le abrasaban las mejillas.

—Elena… mírame a los ojos —pidió Alejandro, sonriendo débilmente mientras la luz roja de una linterna táctica comenzaba a barrer la entrada de la gruta—. Si ellos me atrapan a mí, solo recuperarán un contenedor obsoleto. Si te atrapan a ti, la humanidad perderá su última oportunidad. Huye.

Antes de que Elena pudiera protestar, Alejandro deslizó la mano hacia su propio cinturón y presionó la palanca de emergencia de una bengala de señalización táctica que llevaba guardada. La luz cegadora y el humo denso de color carmesí inundaron la gruta de inmediato, cegando temporalmente a los soldados que acababan de doblar la esquina y cubriendo la huida de la joven por una hendidura trasera de la pared de roca.

Elena corrió por el estrecho pasadizo natural, escuchando los gritos de los soldados y las detonaciones que resonaban a sus espaldas. El pasaje ascendía en una pendiente pronunciada hasta que, finalmente, desembocó en el exterior: una carretera desierta y rodeada de niebla que serpenteaba a lo largo de la cima del acantilado.

La lluvia comenzaba a caer con fuerza. Elena tropezó y cayó de rodillas sobre el asfalto mojado, sollozando en silencio mientras apretaba el microfilme y la llave metálica contra su pecho. De pronto, unos faros amarillos iluminaron la niebla a pocos metros de ella. Un viejo automóvil negro se detuvo con un chirrido de frenos justo a su lado.

La portezuela del conductor se abrió y un hombre de unos cincuenta años, vistiendo una gabardina empapada y con una cicatriz profunda que le cruzaba la ceja izquierda, bajó a toda prisa.

—Sube inmediatamente si quieres seguir respirando —dijo el hombre con una voz grave y urgente, sin mostrar sorpresa alguna al verla.

Elena retrocedió sobre las manos, desconfiada. —¿Quién eres tú? ¿Cómo me encontraste?

El hombre se detuvo a un paso de ella y se extrajo un pequeño objeto del bolsillo: era una réplica exacta de la llave de hierro que Elena llevaba en la mano, solo que la suya estaba fragmentada por la mitad.

—Me envía el verdadero Alejandro —dijo el desconocido—. El hombre que acaba de salvarte en la cueva… solo era la copia número cinco.

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