Parte 6: Cuarenta y Siete arriesga su vida arrojándose al océano y retirándose su propio microchip para salvar a Mateo, solo para descubrir que la traición la rodea y que él ha sido poseído por el control enemigo

Parte 6: Cuarenta y Siete arriesga su vida arrojándose al océano y retirándose su propio microchip para salvar a Mateo, solo para descubrir que la traición la rodea y que él ha sido poseído por el control enemigo

 Parte 6: Cuarenta y Siete arriesga su vida arrojándose al océano y retirándose su propio microchip para salvar a Mateo, solo para descubrir que la traición la rodea y que él ha sido poseído por el control enemigo

Mateo no había muerto en la explosión. El brillo pulsante de la llave de cristal mostraba un ritmo cardíaco acelerado pero firme, registrando noventa pulsaciones por minuto junto a una lectura de coordenadas que se profundizaban en la fosa marina.

—Él no soportará la presión de la fosa más de diez minutos —dijo Cuarenta y Seis, dando un paso lento pero firme hacia ella—. Su implante respiratorio está drenando la batería de emergencia. Si quieres la frecuencia para descompresionar su cápsula de rescate, dame el microchip que llevas alojado en la base del cráneo.

La mujer llevó la mano instintivamente a la nuca. La cicatriz reciente ardía bajo el frío aire de la noche, y podía sentir un chasquido sutil bajo la piel cada vez que intentaba articular una palabra. Si se quitaba el chip sin instrumental médico, el choque neuroquímico la dejaría en coma cerebral irreversible. Si no lo hacía, el corazón de Mateo se detendría en la penumbra del fondo del mar.

—Tú no eres Cuarenta y Seis —dijo la mujer, apretando los puños mientras la brisa marina le azotaba la cara con fuerza—. Ella estaba integrada en la red de la torre. Vi su firma neuronal en la consola.

La desconocida esbozó una sonrisa helada, mostrando una dentadura perfecta en la que faltaba el canino izquierdo, la misma marca de nacimiento que la mujer recordaba haber visto en sus propios reflejos de infancia.

—Cuarenta y Seis era solo una partición de mi memoria, un cortafuegos para entretener a Ocho mientras yo aseguraba el verdadero espécimen —respondió la mujer del abrigo, elevando la mano libre hacia el aire.

De la penumbra de los matorrales que bordeaban el acantilado emergieron tres siluetas vestidas con trajes tácticos oscuros. Llevaban rifles de pulso electromagnético apuntando directamente a su pecho. A su lado, el cuerpo inerte de Ocho comenzó a emitir un zumbido agudo. Un pulso rojo parpadeó en el centro del pecho del niño, y sus ojos mecánicos se encendieron de golpe, fijos en la mujer, pero carentes de todo afecto.

—Unidad Ocho recalibrada —articuló el niño con una voz monocorde y sintética, poniéndose de pie con movimientos rígidos—. Sujeto Cuarenta y Siete localizado. Iniciando protocolo de extracción de memoria.

El estómago de la mujer se contrajo en un nudo de pánico. Ocho, la única persona que la había guiado a través del laboratorio, había sido una marioneta programada desde el principio para conducirla hasta ese preciso acantilado.

—¿Incluso él? —susurró ella, dando un paso en falso hacia la orilla del precipicio, donde la tierra floja cedió y rodó hacia el abismo.

—Nunca hubo un bando rebelde, querida —dijo la creadora, haciendo una leve señal con los dedos.

Ocho avanzó dos pasos, extendiendo la mano mecánica cuya palma se abrió para desplegar una cuchilla quirúrgica retráctil de titanio. La luz de la luna rieló sobre el filo ensangrentado. La mujer miró hacia abajo: noventa metros de caída libre hasta las rocas afiladas golpeadas por las olas embravecidas. El indicador de la llave de cristal parpadeó en rojo intenso; las pulsaciones de Mateo habían descendido drásticamente a cuarenta por minuto.

Sin pensarlo un segundo más, la mujer se arrojó de espaldas al vacío.

El aire helado le cortó la respiración mientras caía a toda velocidad hacia la oscuridad del océano. Escuchó el chasquido seco de los disparos electromagnéticos cruzando la noche por encima de su cabeza, rozando su ropa sin tocarla. El impacto contra la superficie del agua fue brutal, como golpear una pared de hormigón armado. El frío del mar la envolvió al instante, sofocando el sonido de la tormenta y llenándole la boca con el sabor amargo de la sal.

Buceó a ciegas entre la corriente subterránea, empujada por la marea hacia las grietas de la pared rocosa. En la penumbra abisal, una luz verde intermitente pestañeaba entre las algas a quince metros de profundidad. Era la cápsula de evacuación de Mateo, atascada entre los restos del fuselaje sumergido de la torre.

Se impulsó con las pocas fuerzas que le quedaban, tragando agua al sentir cómo su propio pulmón izquierdo colapsaba por el impacto del salto. Llegó a la escotilla de la cápsula y golpeó el cristal reforzado. Mateo yacía inconsciente en el interior, sumergido hasta el cuello en una sustancia gelatinosa que evitaba la aplastante presión del fondo, pero su rostro estaba pálido como el mármol.

La pantalla digital del cierre de emergencia solicitaba una clave biométrica de ocho dígitos. La mujer pegó la palma de la mano al escáner.

Acceso denegado, parpadeó la pantalla en rojo. Sujeto no autorizado. Iniciando purga de nitrógeno en 30 segundos.

Un borbotón de burbujas comenzó a salir del tanque de Mateo, y su tórax convulsionó violentamente al quedarse sin oxígeno. La mujer buscó desesperadamente a su alrededor algún objeto para hacer palanca, pero solo encontró el metal pulido de la estructura. Desesperada, llevó la mano a su propia nuca, clavó sus dedos ensangrentados en la herida abierta de la cicatriz y, tras un desgarrador grito ahogado bajo el agua, arrancó el microchip de raíz.

El dolor fue una descarga eléctrica que le paralizó la mitad del rostro. Con la vista nublada por la sangre y el agua, presionó el chip directamente contra el puerto de transferencia del escáner.

El panel emitió un tono agudo y cambió a color verde. La escotilla se abrió de golpe con un chasquido neumático, expulsando a Mateo fuera de la estructura. La mujer lo agarró por el chaleco táctico y comenzó a nadar hacia la superficie, sintiendo que sus piernas pesaban quintales mientras la conciencia se le escapaba por momentos debido a la hemorragia del cuello.

Rompieron la superficie del agua jadeando en busca de aire. La playa de piedras negras estaba a solo unos metros. Arrastró el cuerpo de Mateo hasta la orilla seca, cayendo de rodillas a su lado, exhausta y tiritando de frío.

Mateo tosió una gran cantidad de líquido azulino y abrió los ojos lentamente. Su mirada, sin embargo, ya no era la de siempre. Las pupilas de Mateo se habían vuelto completamente doradas, reflejando la luz de la luna exactamente de la misma forma que los ojos de la mujer del acantilado.

—Gracias por liberar la frecuencia de acceso, Cuarenta y Siete —dijo Mateo con una voz fría y ajena que no le pertenecía, levantándose sin el menor esfuerzo mientras sacaba un arma corta oculta en su bota—. El chip que acabas de destruir no era tu memoria… era el único freno de seguridad que me impedía matarte.

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