Parte 5: La modelo Cuarenta y Siete escapa del colapso del laboratorio subterráneo tras el sacrificio de sus aliados y el despertar de sus clones para quedar cara a cara con su misteriosa creadora en el borde de un acantilado

Parte 5: La modelo Cuarenta y Siete escapa del colapso del laboratorio subterráneo tras el sacrificio de sus aliados y el despertar de sus clones para quedar cara a cara con su misteriosa creadora en el borde de un acantilado

 Parte 5: La modelo Cuarenta y Siete escapa del colapso del laboratorio subterráneo tras el sacrificio de sus aliados y el despertar de sus clones para quedar cara a cara con su misteriosa creadora en el borde de un acantilado

Los ojos abiertos de los clones no tenían brillo ni rastro de conciencia; eran esferas opacas y fijas que convergían directamente hacia ella. En el fondo de los cilindros, un borboteo violently acelerado comenzó a turbia el líquido transparente con un tinte amarillento.

—El proceso de maduración acelerada se activó con la señal de la torre —murmuró Ocho, dando dos pasos atrás hacia la puerta mientras el panel biométrico chispeaba—. En menos de tres minutos, sus sistemas nerviosos colapsarán si no destruimos el transmisor principal. O peor aún… tomarán el control de sus cuerpos sin una mente propia.

Mateo intentó ponerse en pie, apoyando la espalda contra el marco de metal, pero sus piernas cedieron. Escupió una bocanada de fluido denso y oscuro sobre el suelo reflectante.

—Mi cabeza… —logró articular Mateo, con la voz distorsionada por la interferencia electrónica de los implantes destruidos—. Doctora… no dejes que me vuelvan a conectar.

La mujer caminó a tropezones hacia el cilindro más cercano, rozando el cristal con los dedos temblorosos. La criatura al otro lado, una réplica exacta de su rostro cuando tenía apenas veinte años, pegó la palma de la mano contra la superficie de vidrio y entornó los labios en un gesto silencioso. Formó una palabra en el vacío: Corre.

Un zumbido ensordecedor sacudió el túnel. El agua a sus pies comenzó a calentarse rápidamente, soltando densas columnas de vapor que dificultaban la visibilidad. Desde el techo de la sala circular, tres torretas defensivas automatizadas descendieron con un chirrido metálico, apuntando sus sensores láser rojos hacia el centro de la habitación.

—¡Nos encerraron! —gritó la mujer, arrojándose al suelo justo cuando una ráfaga de proyectiles de alta velocidad destrozó las tuberías superiores, inundando el lugar con agua hirviendo y chispas.

Ocho extendió su brazo mecánico hacia la consola central del salón, intentando interceptar el sistema de defensas. Los circuitos de su extremidad emitían un chispazo azul violeta que le quemaba la piel sintética del cuello, arrancándole un gemido de agonía.

—¡No puedo anular el código maestro! —exclamó el niño con desesperación—. ¡Alguien está operando el sistema desde dentro de la red neural! ¡Hay una mente viva bloqueándome!

—¿De qué estás hablando? —preguntó ella, arrastrándose entre los escombros hasta llegar a la terminal donde el niño trabajaba.

—No es una inteligencia artificial, Doctora —dijo Ocho, girando la vista hacia ella con los ojos desencajados por el terror—. Es la modelo número cuarenta y seis. Tu predecesora… no murió cuando destruyeron el laboratorio anterior. Está integrada en el servidor central.

Un chasquido seco resonó en las altavoces del complejo, seguido por el sonido de un respirador artificial lento y pausado. Una voz identica a la de la mujer, pero grave, fría y distorsionada por capas de procesamiento sintético, retumbó en las paredes de titanio.

—Te estaba esperando, Cuarenta y Siete —dijo la voz desde los altavoces—. Tardaste más de lo previsto en descubrir la verdad.

El aire en la habitación se volvió irrespirable. Las torretas detuvieron sus disparos y alinearon sus mirillas láser directamente en la cabeza de la mujer. Mateo, sacando las últimas fuerzas de su cuerpo maltrecho, se lanzó sobre ella, empujándola hacia una brecha en el suelo por donde corrían los cables de alto voltaje. Los disparos zumbaron a milímetros de sus espaldas, perforando el metal donde segundos antes ella estaba tendida.

Mateo cayó pesadamente a su lado en el foso de servicio, con el chaleco táctico destrozado. La mujer apretó la herida de su propio hombro, intentando contener el llanto y la confusión mientras el dolor le nublaba la vista.

—Tienes que matarme —dijo Mateo en un susurro, agarrándole la muñeca con una fuerza sobrehumana—. El suero no se neutralizó… solo cambió de frecuencia. Cuarenta y Seis está usando mi implante como repetidor. Si no me detienes, mi cuerpo te asesinará en cuanto tome el control total.

—No voy a hacer eso —respondió ella, negando con la cabeza violentamente—. Encontraremos la forma de purgar el sistema.

—No hay tiempo —intervino Ocho, descendiendo al foso junto a ellos mientras la escotilla superior comenzaba a sellarse por presión hidráulica, amenazando con dejarlos atrapados en la oscuridad—. Los tanques de arriba están a punto de romper el cristal. Cuarenta y Seis va a transferir la conciencia colectiva a todos los cuerpos simultáneamente. Si eso pasa, no habrá forma de detener la purga en la ciudad.

El suelo del foso empezó a vibrar con una fuerza sísmica. Un estruendo de vidrios rotos resopló desde el nivel superior, seguido por el sonido masivo de toneladas de agua eufórica derramándose sobre el salón circular. Decenas de pasos mojados resbalaron sobre la superficie de metal, avanzando al unísono hacia la entrada del foso.

La mujer alzó la vista hacia la rejilla de ventilación del suelo. A través del enrejado, pudo ver a docenas de sus propios rostros mirándola fijamente desde arriba, con las manos empapadas en líquido amniótico, intentando levantar la pesada tapa de hierro.

—Hay un solo camino —dijo Ocho, señalando una tubería de presión de gas que cruzaba el fondo del túnel subterráneo—. Si sobrecargamos el reactor del subsuelo, toda la instalación volará en pedazos. Pero la detonación borrará los datos del microchip que llevas en la cabeza… y olvidarás quién eres para siempre.

—Hazlo —ordenó la mujer sin dudarlo un segundo.

El niño hundió sus dedos mecánicos directamente en el núcleo expuesto de la tubería central. Las luces del túnel parpadearon violentamente mientras una alarma crítica comenzó a aullar en frecuencia ultrasónica, haciendo que a la mujer le brotara sangre de ambos oídos.

De pronto, el techo del foso colapsó por completo bajo el peso de las réplicas. Una de las mujeres cayó justo sobre Mateo, sujetándolo del cuello con una fuerza descomunal mientras las demás comenzaban a derramarse hacia el foso como una marea humana.

Mateo sacó una granada de fragmentación de su cinturón y retiró el anillo de seguridad con los dientes, mirando fijamente a la mujer a los ojos.

—Sal de aquí —dijo él, sonriendo por primera vez desde que la conocía.

Ocho sujetó a la mujer por la chaqueta y la arrastró hacia el conducto de escape trasero justo cuando la granada detonó en el espacio reducido. La onda expansiva la proyectó a través del tubo de metal seco, haciéndola rodar violentamente hacia una cámara exterior iluminada por la luz de la luna.

Salió despedida hacia una repisa de roca al borde de un precipicio costero. La torre del complejo ardía a lo lejos, envuelta en llamas azules y colapsando sobre el mar. El agua del océano golpeaba con furia contra las rocas metros más abajo.

La mujer se puso de pie, sofocada, con la piel cubierta de quemaduras y hollín. Ocho yacía a unos metros de distancia, completamente inerte; su luz dorada se había apagado por completo y sus ojos mecánicos estaban en blanco.

Se arrodilló al lado del niño, tocándole el rostro frío y desprovisto de vida. Estaba sola.

Un sonido suave de pasos sobre la grava mojada la hizo dar la vuelta de golpe.

A pocos metros de ella, bajo la tenue luz de la luna y vistiendo un abrigo impecable de corte militar, una figura caminaba lentamente hacia el borde del acantilado. La persona se detuvo, se retiró la capucha y dejó ver su rostro. Era una mujer idéntica a ella, pero con los ojos completamente dorados, resplandeciendo en la penumbra.

—Felicidades, Cuarenta y Siete —dijo la mujer del abrigo, sacando una pequeña llave de datos de cristal brillante de su bolsillo—. Sobreviviste a la primera fase de la prueba. Ahora, es momento de que conozcas a tu creadora.

La mujer dio un paso atrás, sintiendo el vacío del precipicio bajo sus talones, pero al bajar la mirada hacia la mano de la desconocida, notó algo que le congeló la sangre en las venas: la llave de cristal grababa en tiempo real el pulso cardiaco de Mateo, transmitiendo desde las profundidades del mar.

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