Parte 4: Un intento de ejecución desata una descarga electromagnética y la huida a un laboratorio secreto donde despiertan docenas de clones de la Doctora

Parte 4: Un intento de ejecución desata una descarga electromagnética y la huida a un laboratorio secreto donde despiertan docenas de clones de la Doctora

 Parte 4: Un intento de ejecución desata una descarga electromagnética y la huida a un laboratorio secreto donde despiertan docenas de clones de la Doctora

El pitido del brazo del niño marcaba los segundos como una bomba de tiempo imparable. La mujer dio un paso atrás, sofocada, observando cómo la luz dorada iluminaba los circuitos expuestos entre la carne sintética de Ocho.

—Él miente —dijo el niño, aunque su voz sonó por primera vez desprovista de emoción, completamente robótica—. No es un protocolo de auto-eliminación. Es un pulso de sincronización.

—¡Da igual lo que sea, apágalo! —gritó ella, mirando desesperadamente hacia el hombre del parche metálico, quien mantenía el dedo apoyado sobre el botón del control remoto con una sonrisa calculadora.

—Tarde, mi querida Doctora —intervino el hombre, dando dos pasos lentos hacia adelante. Sus botas de combate resonaron sobre el suelo de concreto como latigazos—. Ocho no tiene la capacidad de detenerlo. Tú misma programaste su núcleo para que se detonara en presencia de las frecuencias de este edificio. Querías asegurarte de que ningún espía se llevara la red neural.

El sonido aceleró su ritmo, volviéndose un zumbido agudo que hacía vibrar las paredes de cristal y acero. La mujer sintió una punzada lacerante en la base del cráneo; las lentes de filtrado neural en sus ojos comenzaron a sobrecalentarse, tiñendo su visión de un rojo sangriento y parpadeante.

—No… no puede ser —murmuró ella, llevándose las manos a las sienes mientras caía de rodillas sobre la fría superficie de la sala.

De pronto, un estruendo ensordecedor sacudió el pasadizo. El muro de concreto por el que habían entrado saltó por los aires en una lluvia de escombros y polvo. De la columna de humo surgió Mateo. Tenía la mirada completamente vacía, las pupilas dilatadas hasta el límite y un hilo de sangre negra brotándole de la nariz. Sostenía un rifle de asalto táctico, pero sus movimientos no eran humanos; avanzaba con una rigidez espantosa, guiado como una marioneta.

—Se los dije —dijo Ocho sin alterar su tono—. La aguja contenía el suero de anulación voluntaria. Ya no es tu guardaespaldas, Doctora. Es su soldado.

Mateo alzó el arma y encañonó directamente a la mujer.

—Apunta a la cabeza, Mateo —ordenó con frialdad el hombre del parche—. Termina con el experimento de una vez.

El pulgar de Mateo se posó sobre el disparador. La mujer congeló el aliento, incapaz de moverse, esperando el impacto letal. Sin embargo, en el instante preciso en que el martillo del arma iba a caer, el niño se interpuso en la trayectoria del disparo a una velocidad inhumana.

La bala impactó en el pecho de Ocho con un chasquido metálico. El niño no cayó; el golpe liberó una onda de choque electromagnética que apagó de golpe todas las luces de la sala y desactivó los visores tácticos de la habitación. En la penumbra absoluta, la luz dorada del brazo de Ocho explotó en un resplandor cegador.

Mateo soltó el arma y se llevó las manos a la cabeza, lanzando un alarido desgarrador mientras los circuitos del suero en su cerebro colapsaban por la descarga. El hombre del parche retrocedió, cegado, tropezando contra las mesas de autopsia mientras intentaba presionar el botón de su control.

—¡Ahora! —gritó la voz de Ocho, que volvía a sonar humana y desesperada—. ¡La mesa del centro! ¡Acciona la palanca hidráulica!

La mujer no lo pensó. Guiada por la visión infrarroja que volvió a estabilizarse en su retina, corrió hacia la mesa metálica central y tiró con todas sus fuerzas de una barra de acero oxidada. El suelo bajo la cápsula criogénica cedió, revelando la entrada a una rampa de evacuación subterránea que descendía verticalmente hacia las profundidades del complejo.

Ocho agarró a Mateo del chaleco táctico, arrastrando el cuerpo semiinconsciente del hombre hacia el abismo.

—¡Salta! —le gritó el niño a la mujer.

El hombre del parche recuperó la visión y alzó una pistola silenciada, disparando tres veces consecutivas. Una de las balas rozó el hombro de la mujer, arrancándole un grito de dolor y llenando el aire con el olor a carne quemada.

Cayó de espaldas por la rampa en medio de la oscuridad total. El descenso fue rápido, brusco y destructivo, golpeándose contra las paredes de metal inclinado hasta salir despedida hacia una piscina de agua helada en el nivel más profundo del subterráneo.

Salió a la superficie jadeando, escupiendo agua química y tiritando de frío. Ocho ya estaba en la orilla, ayudando a un debilitado Mateo a sentarse contra la pared de un túnel inundado de tuberías masivas.

—¿Dónde estamos? —articuló ella entre dientes, presionando la herida de su hombro.

—En el centro de procesamiento de datos —contestó Ocho, mirando hacia el fondo del túnel, donde una enorme puerta acorazada de titanio parpadeaba con luces rojas de emergencia—. Aquí es donde te guardaron.

—¿A qué te me refieres con que ‘me guardaron’? —demandó ella, poniéndose en pie con dificultad.

El niño se acercó a la puerta acorazada y colocó su mano de circuitos sobre el escáner biométrico. El pesado mecanismo giró con un estruendo metálico y la puerta se abrió lentamente, dejando al descubierto un salón circular gigantesco iluminado por tubos de neón azul.

En el centro del salón, sumergidas en enormes cilindros de cristal llenos de líquido transparente, flotaban docenas de cuerpos idénticos.

Eran mujeres de todas las edades. Todas compartían exactamente su mismo rostro.

La mujer retrocedió paralizada, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

—Ninguna de ustedes es la Doctora original —dijo Ocho en voz baja, sin girarse a mirarla—. La verdadera murió hace treinta años. Tú eres solo el modelo número cuarenta y siete… y la razón por la que te buscan es porque llevas dentro el código de activación de las demás.

De pronto, los monitores de la sala circular se encendieron al mismo tiempo. En todas las pantallas apareció la imagen en vivo de la ciudad superior: la torre principal del complejo acababa de activar una antena gigantesca que emitía un haz de luz roja hacia el cielo.

Dentro de los tanques de cristal, los ojos de las docenas de clones se abrieron simultáneamente.

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