El mundo pareció detenerse en el preciso milímetro en que los dedos enguantados del anciano rozaron la cazadora de lona del niño, pero el grito que Elena tenía preparado nunca llegó a cruzar sus labios. Un destello metálico, fugaz e implacable como el relámpago de una tormenta de verano, atravesó el espacio entre las mesas de la terraza y se clavó con un sonido seco directamente en el marco de la puerta del todoterreno, a escasos centímetros de la cabeza del hombre de cabello plateado. Los dos guardaespaldas de negro reaccionaron por instinto militar, desenvainando armas cortas con una velocidad aterradora y cubriendo a su superior mientras giraban en redondo buscando el origen del disparo. «¡Al suelo! ¡Todos al suelo!», bramó una voz ronca desde la esquina opuesta de la calle, rasgando el aire con una urgencia desesperada que hizo que el anciano retirara la mano del hombro del niño y frunciera el ceño por primera vez, perdiendo esa máscara de frialdad absoluta. Elena no lo dudó: aprovechando la confusa distracción y el despliegue defensivo de los sicarios, tiró de su hijo con fuerza brutal, rodando por debajo de una mesa de hierro forjado mientras las primeras sirenas de policía comenzaban a ulular a lo lejos, acercándose a toda velocidad. El hombre de cabello plateado, lejos de mostrar pánico, se acomodó la solapa de la chaqueta con total parsimonia, miró hacia la azotea desierta de enfrente y sonrió con una mueca desprovista de toda humanidad, murmurando algo inaudible para sus subordinados antes de que una cortina de humo denso y verdoso brotara de los bajos del vehículo, cegando la calle entera en cuestión de segundos.
El humo químico picaba en la garganta como cristales molidos, obligando a Elena a toser mientras arrastraba a rastras a su hijo por el callejón lateral que conducía al mercado central. Sus manos, manchadas de tierra y sangre seca, se aferraban al abrigo del pequeño con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto completamente blancos. «No mires atrás, mi amor, no mires atrás», repetía como un mantra obsesivo, con la respiración entrecortada y las lágrimas abriéndose camino a través del sudor y la ceniza. Doblaron la esquina a toda velocidad, esperando encontrar la protección de la multitud, pero el callejón estaba completamente vacío, extrañamente desierto para ser la hora punta en el corazón de la ciudad. Al fondo, bloqueando la única salida hacia la avenida principal, una silueta solitaria aguardaba apoyada contra la pared de ladrillo visto, fumando un cigarrillo cuyo extremo encendido brillaba como un ojo rojo en la penumbra. Elena se detuvo en seco, frenando al niño con el brazo extendido, mientras el desconocido daba una última calada lenta, arrojaba la colilla al suelo y se giraba lentamente hacia ellos. Su rostro apareció bañado por la luz tenue del atardecer: era Mateo, el mismo hombre que minutos antes había sido esposado y introducido en un coche patrulla a tres manzanas de allí. Con una sonrisa torcida y una llave plateada colgando entre sus dedos, el hombre al que creía detenido por la Interpol la saludó con un leve movimiento de cabeza y le dijo en un susurro gélido: «Te dije que el sistema no te protegería, Elena; ahora dame el maletín si quieres ver salir el sol mañana».
El eco de esas palabras resonó contra las paredes estrechas del callejón con la fuerza de un trueno, descolocando por completo las pocas certezas que a Elena le quedaban en el mundo. Si Mateo estaba allí, libre y sonriente, ¿a quién demonios se habían llevado los agentes frente a la terraza? Antes de que su cerebro pudiera procesar la trampa en la que acababa de caer, un clic metálico y familiar resonó justo detrás de su cabeza, seguido por el frío inconfundible del cañón de un arma presionando contra la base de su cráneo. «Suéltale la mano al crío y date la vuelta despacio, preciosa», surró una voz femenina y desconocida a pocos centímetros de su oreja. Elena sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies mientras el peso del mundo entero se desplomaba sobre sus hombros; no solo la habían estado cazando desde el momento en que pisó la ciudad, sino que cada paso que había dado formaba parte de un tablero invisible diseñado milimétricamente por personas que conocían sus secretos más oscuros. Frente a ella, Mateo extendió la mano abierta esperando el objeto que ella juró llevarse a la tumba, mientras el frío del metal en su nuca le recordaba que la distancia entre la vida y la ejecución se medía ahora en fracciones de segundo.