Parte 4: Rodrigo descubre una oscura traición familiar tras una escalofriante amenaza telefónica que pone en peligro a su esposa e hijos

Rodrigo contuvo la respiración, con el teléfono vibrando en su mano como un animal herido mientras la brisa marina mecía las copas de las palmeras con una indiferencia insultante. El silencio tras la amenaza duró apenas un latido, pero fue suficiente para que el sudor frío le recorriera la columna vertebral.

—¿Quién eres? —logró articular, con la voz rota por una rabia sorda que amenazaba con desbordarlo—. ¿Dónde está Clara?

—El tiempo vuela, Rodrigo, y los radares no perdonan los errores de navegación —respondió la voz metálica, filtrada por algún software que borraba todo rastro de humanidad antes de cortar la comunicación con un pitido seco.

La pantalla del móvil mostró inmediatamente un archivo de vídeo titulado El naufragio del patriarca. Rodrigo apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula; el destino de su esposa pendía de un hilo digital, pero ignorar la tarjeta de memoria significaba caminar a ciegas hacia una ejecución anunciada. Sin pensarlo más, pulsó el botón de reproducción mientras echaba a correr a toda velocidad hacia el helipuerto del complejo turísticos. Las imágenes en la pantalla comenzaron a reproducirse: una cámara oculta en la cubierta de un yate antiguo mostraba a su difunto padre discutiendo acaloradamente con un hombre joven cuyo rostro estaba oculto en penumbras, aunque el distintivo anillo de sello familiar brillaba claramente en su dedo anular. No había sido un accidente náutico. La tragedia que había marcado su infancia y unido a los hermanos en un pacto de dolor eterno había sido un asesinato premeditado, ejecutado a sangre fría por alguien de su propia sangre. De repente, el zumbido de unas hélices rompió el cielo despejado. Rodrigo levantó la vista: un helicóptero negro, sin insignias, descendía rápidamente sobre el helipuerto privado, bloqueando su única salida y levantando una densa nube de polvo y arena. La puerta de la cabina se deslizó con un estrépito metálico y de su interior descendió una figura alta, enfundada en un traje impecable que contrastaba con el entorno tropical, sosteniendo en la mano un maletín metálico y apuntándole directamente con un arma provista de silenciador.

—Se acabó el juego, hermano menor —dijo una voz familiar desde detrás de la máscara de gas del recién llegado, mientras el sonido de una sirena distante comenzaba a invadir el aire—. O subes ahora mismo con el maletín, o el próximo mensaje que recibas será el parte de defunción de tus hijos.

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