Parte 4: El inspector Vargas irrumpe en la mansión para revelar una conspiración sobre el hermano desaparecido de Elena y una oscura baliza activa

El chasquido seco del maletín al abrirse resonó en el invernadero como el disparo de un arma, rompiendo la frágil barrera de silencio que mantenía a los invitados inmovilizados en las puertas. Dentro del estuche, una serie de indicadores digitales parpadeaban con una luz roja intermitente, emitiendo un zumbido agudo que hacía vibrar el aire y provocaba un dolor punzante en las sienes de Elena. Las rodillas que hacía un instante le habían devuelto la libertad ahora volvían a flaquear, pero esta vez no por debilidad física, sino por una premonición helada que le recorría la columna vertebral. El inspector Vargas ni siquiera se inmutó ante la mirada furiosa de Alejandro; sus ojos oscuros y imperturbables estaban fijos exclusivamente en el medallón de plata que ella aún aferraba contra su pecho, como si ese trozo de metal oxidado fuera el detonante de una catástrofe largamente planeada.
—No tienen jurisdicción aquí —espetó Alejandro, dando un paso al frente con la autoridad de quien está acostumbrado a que el mundo entero obedezca sus órdenes con un simple parpadeo—. Esta propiedad es privada y exigencia inmediata…
—Las leyes que conocía, señor Vega, dejaron de tener vigencia en el momento exacto en que el chico de la camisa de lino tocó el suelo de este invernadero —le interrumpió Vargas con una calma glacial, sacando del maletín un dispositivo rectangular que comenzó a emitir un parpadeo más rápido—. Lo que acaba de presenciar no fue un milagro médico, ni un capricho del destino. Fue una baliza. Y usted, Elena, acaba de responder a la llamada.
Antes de que Alejandro pudiera abalanzarse sobre él, uno de los hombres de negro dio un paso al frente y extendió la mano, proyectando un haz de luz láser que iluminó el rostro de Elena desde los pies hasta la cabeza. El haz se detuvo exactamente a la altura de sus rodillas recuperadas, donde la luz comenzó a refractarse en un patrón geométrico imposible, dibujando bajo su piel venas de un tono azulado que brillaban con intensidad propia. Elena soltó un grito ahogado al sentir una quemadura helada que le recorría las piernas, obligándola a caer de rodillas sobre el mismo mármol donde el niño se había desvanecido en polvo dorado. El dolor no era físico, sino una vibración profunda, como si algo ajeno a su cuerpo estuviera intentando sincronizarse con los latidos de su propio corazón.
—¡Déjala en paz! —bramó Alejandro, perdiendo por completo la compostura y lanzándose contra el agente que sostenía el emisor.
El forcejeo duró apenas un segundo. Con un movimiento rápido y mecánico, el segundo escolta de Vargas inmovilizó a Alejandro contra una columna de hierro forjado, presionando un artefacto en su cuello que lo dejó sin aliento, incapaz de emitir un solo sonido mientras sus ojos suplicantes se clavaban en su hija. Elena, con las manos apoyadas en el suelo frío y las lágrimas empañándole la vista, vio cómo el medallón en su palma comenzaba a calentarse de forma alarmante, desprendiendo un olor a tierra mojada y ozono que llenó todo el espacio. En la superficie del metal, la fecha grabada empezó a cambiar ante sus propios ojos, borrando el año original y reescribiendo los números en tiempo real hasta marcar el día de mañana.
—El bosque del norte ya no está abandonado, Elena —susurró el inspector Vargas, inclinándose lentamente hacia ella mientras los invitados huían despavoridos hacia los jardines exteriores, tragados por una neblina antinatural que había comenzado a devorar los terrenos de la mansión—. Lo que su familia enterró hace cuarenta años acaba de despertar, y su hermano mayor no está tan muerto como le hicieron creer en el certificado de defunción.

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