Parte 4: Atrapados en un pasadizo subterráneo, tres supervivientes descubren horripilantes clones e incubadoras humanas mientras huyen de una presencia aterradora solo para ser traicionados por uno de los suyos

Parte 4: Atrapados en un pasadizo subterráneo, tres supervivientes descubren horripilantes clones e incubadoras humanas mientras huyen de una presencia aterradora solo para ser traicionados por uno de los suyos

 Parte 4: Atrapados en un pasadizo subterráneo, tres supervivientes descubren horripilantes clones e incubadoras humanas mientras huyen de una presencia aterradora solo para ser traicionados por uno de los suyos

El choque del timbre metálico vibró en el concreto del pasadizo, cortando el aliento de los tres supervivientes. Nadie se movió durante dos pulsaciones de reloj; la mujer rubia permanecía petrificada con la palma pegada al cristal helado de la mirilla, incapaz de apartar la mirada de su propio rostro sumergido en el fluido amarillento.

El chico del sudaderón amarillo se dejó caer contra la pared rugosa, manchando la piedra de un rojo denso y oscuro. Se apretó la herida del hombro con la mano temblorosa mientras el dolor le nublaba la vista.

—No lo contestes —logró articular el joven con un hilo de voz rasposa—. Es una trampa… ese teléfono ni siquiera tiene cable conectado a la pared.

El hombre del jersey de cuello alto dio un paso al frente, con la mandíbula apretada y los ojos desorbitados. Señaló la base del aparato: en efecto, la manguera de cobre cortada colgaba inerte bajo la caja de baquelita. Y, sin embargo, el martillo interno continuaba golpeando las campanas de bronce con un ritmo frenético y ensordecedor.

—Si el doctor nos encerró aquí, alguien más está operando la red subterránea —murmuró el hombre del jersey. Sin esperar el consenso del grupo, extendió la mano y descolgó el auricular.

El repique cesó al instante. Un silencio denso invadió el túnel, interrumpido solo por los chasquidos distantes del vientre ondulante dentro de la cápsula de cristal.

El hombre se pegó el auricular a la oreja. Al otro lado de la línea, una voz infantil, pausada y limpia de cualquier emoción, rompió el estatismo del aire.

—Mamá ya casi termina de gestar —dijo la voz de una niña pequeña—. Pero la combinación de la celda nueve solo la tiene el hermano que lleva la marca en el hombro. Date prisa, el agua de la incubadora principal se está vaciando.

El hombre del jersey palideció, mirando de reojo al chico malherido. —¿Quién habla? —exigió el hombre, apretando el auricular hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. ¡El abuelo está muerto! ¿Quién eres?

—El abuelo nunca subió a la biblioteca —respondió la voz infantil con una frialdad absoluta—. El que cayó por la chimenea era el modelo de prueba de 1988. Si quieren salir con vida antes de que liberen el gas de purga, revisen el bolsillo interior de la bata que llevaba el viejo. No la carne… la tela.

La llamada se cortó con un tono seco y sordo.

El hombre colgó lentamente el aparato y se giró hacia la mujer rubia, quien acababa de retroceder un paso lejos de la mirilla. Sus manos temblaban de forma incontrolable mientras señalaba la cápsula del interior de la celda.

—No está dormida —susurró la mujer, con la voz quebrada por el terror puro—. Me vio. Abrió los ojos y me sonrió.

Antes de que alguno pudiera reaccionar, un chasquido neumático resonó al fondo del pasillo. Las compuertas pesadas de las celdas laterales comenzaron a desbloquearse una a una con un sonido metálico en cadena, abriéndose lentamente hacia el corredor helado.

Desde la penumbra de la primera celda, unos pasos descalzos y húmedos comenzaron a avanzar hacia la luz roja.

El hombre del jersey agarró al chico malherido del brazo sano y lo obligó a ponerse de pie de un tirón. —¡Muévanse al fondo del pasillo! —ordenó, empujando a la mujer rubia por delante de ellos—. ¡Busquen la celda nueve antes de que esa cosa salga!

Corrieron a través del corredor estrecho mientras el eco de los pasos descalzos se multiplicaba a sus espaldas, no como el andar de una sola persona, sino como el avance coordinado de una docena de cuerpos pesados. El chico del sudaderón amarillo trastabillaba en cada zancada, dejando un rastro continuo de sangre sobre el concreto. Al pasar junto a la celda marcada con el número nueve, la puerta blindada estaba entreabierta apenas un par de centímetros.

La mujer rubia empujó la lámina de acero y se deslizó hacia el interior, seguida por los otros dos. El hombre del jersey cerró de golpe y pasó el pasador de seguridad justo cuando un impacto brutal sacudió el exterior de la estructura, abollando la plancha metálica hacia adentro.

En el centro de la celda nueve no había mangueras ni fluido amniótico. Había una mesa de autopsias de acero inoxidable, e iluminada por una sola lámpara cenital, descansaba una caja fuerte de hierro forjado con un teclado numérico cubierto de sangre seca.

Pero lo que detuvo el corazón del chico del sudaderón amarillo no fue la caja. Sobre la pared del fondo, escrito con trazos apresurados de pintura fresca, figuraba su propio nombre completo junto a una fecha de nacimiento que expiraba al día siguiente. Y justo debajo de la inscripción, clavada con un bisturí a la pared, colgaba una fotografía reciente de la mujer rubia abrazando al doctor, ambos sonriendo frente a la entrada del mismo edificio donde se encontraban.

La mujer dio un paso atrás, negando con la cabeza frenéticamente. —Eso es imposible… —balbuceó, mirando al hombre del jersey con los ojos desorbitados—. Yo nunca he visto a ese doctor en mi vida. ¡Te juro que no sé quién es!

El chico del sudaderón amarillo dejó caer la mano que cubría su herida y sacó lentamente del bolsillo trasero de su pantalón un objeto que había recogido de la chimenea antes de huir de la biblioteca: la bata de seda azul del abuelo. Con dedos temblorosos, rasgó el forro interior de la tela, tal como lo había indicado la voz del teléfono.

De la costura no cayó una llave ni una nota, sino una pequeña diapositiva de vidrio con una fecha grabada en el marco: el día exacto en que la mujer rubia había nacido.

Un nuevo impacto brutal deformó la puerta de la celda, haciendo ceder los remaches superiores. Un tufo a moho y carne en descomposición se filtró por la rendija superior.

El chico sostuvo la diapositiva a la luz de la lámpara cenital. La imagen revelaba a tres recién nacidos descansando en la misma incubadora, cada uno marcado en la piel del hombro con un símbolo idéntico al que la criatura de la biblioteca había mostrado bajo sus grietas.

—No nos trajeron aquí para heredar —dijo el chico, mirando a la mujer y luego al hombre del jersey con una lucidez aterradora—. Nos trajeron porque la cosecha ya está lista.

Un segundo golpe reventó el pasador de la puerta. La plancha de acero voló hacia el interior de la habitación, y a través de la abertura no entró el doctor ni la criatura de la biblioteca, sino la figura erguida del hombre del jersey de cuello alto, vistiendo exactamente la misma ropa, pero con el rostro cubierto por una máscara quirúrgica manchada de formol.

El hombre del jersey que estaba de pie junto a ellos dentro de la celda no se sorprendió; simplemente dio un paso atrás, sacó una pistola pesada con silenciador del cinto y apuntó directamente a la cabeza del chico malherido.

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