El chico detuvo sus manos en seco sobre el pecho inerte del anciano, con los nudillos temblando y los ojos fijos en los cables que caían del techo como serpientes hambrientas. Las estructuras metálicas se enroscaban en las lámparas de diseño, cortando los últimos circuitos eléctricos y sumiendo el penthouse en una penumbra parpadeante.
—Están buscando el transmisor —susurró el chico con la respiración cortada, limpiándose la sangre de la frente con el antebrazo—. No quieren matarnos… quieren la frecuencia que mi abuelo guardaba en el marcapasos.
La mujer de corte bob azabache se inclinó hacia atrás, buscando tientas el borde de la mesa de cristal mientras su pecho ardía por el gas de almendras. Uno de los cables descendió velozmente a pocos centímetros de su hombro, rozando la gabardina y dejando una marca humeante sobre la alfombra.
—No hay ningún transmisor —replicó la mujer con los dientes apretados, esquivando un segundo cable que azotó el aire con furia—. Ese viejo nos mintió desde el momento en que aceptamos este trabajo en la torre.
El hombre de la bomber verde oliva se arrodilló entre los escorpiones, ignorando el dolor punzante en su mejilla donde uno de los arácnidos lo había rozado. Sacó una navaja multiusos del bolsillo y cortó de tajo el extremo del cable más cercano; de inmediato, un líquido viscoso y fluorescente salpicó sus nudillos, emitiendo un zumbido eléctrico que perforaba los tímpanos.
—Esto no es tecnología militar humana —escupió el hombre, levantándose con el rostro desencajado por el pánico—. Es una red neuronal autónoma. Nos han cazado desde el segundo piso.
El médico principal, inmóvil junto a la columna, sacó el pequeño dispositivo de su bolsillo y pulsó el botón central sin apartar la vista del cadáver. En la pantalla diminuta apareció una cuenta regresiva en ceros, seguida por el logotipo parpadeante de la corporación que todos creían extinta.
—La esclusa de seguridad se acaba de sellar —anunció el médico con una sonrisa macabra en los labios—. Nadie entra, nadie sale. Y el gas que respiramos no es un veneno… es el catalizador.
El chico soltó un grito ahogado al ver que el cuerpo de su abuelo comenzaba a arquearse violentamente sobre el sofá, mientras cientos de diminutos puntos rojos se encendían bajo la piel del anciano como si estuviera cableado por dentro.
—¡Su cuerpo… se está moviendo! —chilló el muchacho, retrocediendo a gatas hasta chocar contra las piernas de la mujer.
Antes de que alguien pudiera asimilar la escena, la puerta blindada del ascensor privado estalló hacia adentro con un estruendo metálico, revelando una silueta alta envuelta en humo blanco que sostenía un rifle de pulso cargado.
Parte 4: Ataque letal y misteriosa reactivación cibernética atrapan a los sobrevivientes en el penthouse sellado mientras una nueva amenaza armada irrumpe en escena