Parte 3: Un misterioso hombre de traje impecable intercepta a Elena y a su hijo en la terraza tras la detención de Mateo

El neumático delantero izquierdo del todoterreno reventó el bordillo de piedra con un estruendo metálico que hizo que los camareros de la terraza se agacharan por instinto. El vehículo frenó en seco a escasos dos metros de donde Elena seguía arrodillada, protegiendo con su cuerpo el temblor de su hijo pequeño. Antes de que el polvo levantado por la maniobra pudiera disiparse, las puertas traseras se abrieron con un chasquido sincronizado y dos hombres de corbata negra descendieron como una sola máquina. Elena intentó levantarse, pero sus piernas, hechas gelatina por la adrenalina, la traicionaron y volvió a caer de rodillas sobre la madera caliente, con el corazón golpeándole contra las costillas con la fuerza de un martillo neumático. «¡Atrás! ¡No se acerquen!», gritó con la voz desgarrada, estirando un brazo para blindar al niño, mientras los transeúntes que apenas segundos antes aplaudían la detención de Mateo ahora corrían en direcciones opuestas buscando refugio. Los gigantes de negro la ignoraron por completo; con movimientos fríos, profesionales y absolutamente robóticos, rodearon a la madre y al hijo sin pronunciar una sola palabra, cerrando el perímetro de huida con una precisión quirúrgica. Un instante después, la puerta del lado opuesto del todoterreno se abrió con suavidad y el hombre de cabello plateado y traje impecable descendió a la luz del sol, ajustándose los puños de la camisa blanca con una calma pasmosa que contrastaba grotescamente con el caos reinante. Caminó despacio, sus zapatos de cuero pulido crujiendo levemente sobre los cristales rotos que habían saltado del escaparate cercano. Elena contuvo el aliento, reconociendo de inmediato en esos ojos grises y vacíos el origen real de todas sus pesadillas, la sombra alargada que creía haber dejado atrás al cruzar la frontera. «Buenas tardes, Elena», saludó el anciano con una voz suave, aterradoramente educada, mientras se detenía a un paso de ella y extendía una mano enguantada de piel oscura. «El señor de la casa ha reclamado lo que es suyo, y me temo que las deudas de sangre no prescriben por cambiar de país». El aire se congeló de golpe alrededor de la terraza, dejando a Elena atrapada en un silencio mortal, justo en el milisegundo en que la mano enguantada comenzó a descender lentamente hacia el hombro de su hijo.

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