El terror se condensó en el aire viciado del penthouse cuando la oscuridad tragó la última luz, dejando solo el crujido metálico de las pinzas sobre el suelo de obsidiana. El chico de cabello cobrizo soltó un tirón salvaje que liberó su brazo derecho del agarre del hombre con la bomber verde oliva, y de inmediato se arrodilló entre la marea negra, ignorando el peligro inminente.
—¡No se muevan! —ordenó el muchacho con la voz quebrada, metiendo las manos desnudas entre los escorpiones para apartarlos del cuerpo del anciano.
El médico principal retrocedió hasta chocar contra una de las columnas de concreto bruto, con las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada.
—Es biotecnología clandestina… —susurró para sí mismo, negando con la cabeza en un bucle de negación—. No tiene sentido. Esa fibra de carbono se diseñó en laboratorios bajo estricto secreto militar… ¡no debería albergar vida orgánica!
La mujer de corte bob azabache se aferró a la solapa de su gabardina negra, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus zapatos. Sus ojos, fijos en la pierna fracturada del viejo, captaron un detalle aún más aterrador: de la grieta abierta no solo salían arácnidos, sino un humo denso y dulce que olía a almendras amargas y formol.
—El gas… nos están inyectando algo a través del aire acondicionado —advirtió la mujer, con la garganta cerrándosele por un ardor repentino.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, el hombre de la chaqueta bomber dio un paso al frente y pateó con fuerza a un escorpión que trepaba por su bota, pero el golpe provocó que una decena más saltara directamente hacia su rostro. Un rugido de dolor ahogado retumbó en las paredes.
—¡Están blindados! —gritó el hombre, agitando las manos frente a su cara mientras intentaba quitárselos de encima.
En el sofá, el anciano dejó de gritar; su cabeza cayó ladeada hacia el hombro con una pesadez inerte, mientras una espuma pálida comenzaba a teñir la comisura de sus labios. Su respiración se detuvo por completo.
—¡Abuelo! —chilló el chico, abandonando el enjambre y arrojándose sobre el pecho del viejo para comenzar compresiones desesperadas con las manos ensangrentadas.
El médico principal avanzó un paso, pero se detuvo al ver que los escorpiones no atacaban al muchacho, sino que formaban un círculo perfecto alrededor del sofá, apuntando con sus aguijones hacia el centro como si respondieran a una frecuencia de radio invisible.
—No intentes revivirlo —dijo el médico con voz gélida, sacando un pequeño dispositivo de bolsillo—. Él ya no es parte de este mundo. Y nosotros tampoco tenemos salida.
Un siseo ensordecedor interrumpió el momento: los conductos de ventilación del techo cedieron de golpe, y cientos de cables negros empezaron a descender como zarcillos vivos sobre la sala.
Parte 3: Terroríficos escorpiones cibernéticos y un gas letal atrapan a los sobrevivientes en un penthouse sumido en la oscuridad mientras el abuelo perece sin vida